La decisión de Aday - Carlos Darias
LA DECISIÓN DE ADAY
Carlos Darias
Detuvo su coche en el Mirador de Humboldt con la intención de acercarse a pie hasta la Cueva de Bencomo. Apuró la última calada del cigarrito y tras desparramar la vista por el valle, aquel fecundo y grandioso que en un pasado no muy lejano, colocaba en boca de propios y extraños, los más deliciosos adjetivos para describirlo, y hoy aún bello, presenta un aspecto más deteriorado fruto de la agresión del hombre que, cautivado por su belleza, quiso poseerlo sin respeto con aquella mentalidad tan humana de “Es mío y hago lo que quiero”.
Aday había sido testigo de los cambios sufridos en Auratapala durante las últimas décadas. Desde niño lo había caminado con su padre desde la cumbre hasta la costa, y aquellas caminatas sirvieron para transmitirle el amor a la Patria, a los atardeceres mágicos, a la tierra de uno que generosa nos ofrece su espacio, su escenario, el decorado perfecto donde construir los cimientos de nuestra felicidad futura.
- ¿A que es lindo, Aday? - le comentaba el viejo orgulloso de formar parte de aquella naturaleza. - Mira que el mundo es grande y tiene parajes maravillosos, los he visto, pero desde hoy te digo que ningún lugar te provocará las emociones que transmite tu tierra. No porque sea más linda que las demás, es por ser tuya, por dar sentido a tu persona, a tu pensamiento, a tu alma, a ese conjunto de invisibles que nos constituye como pueblo y personas.
A veces, egoístamente, pensamos que forma parte de nosotros, sin darnos cuenta de que somos nosotros los que formamos parte de ella, pues nos sobrevive y la heredan otros.
Aquel niño creció y se hizo hombre, era uno de esos seres que tienen como primera condición la humanidad y desde temprana edad se rebeló ante todo lo que consideró injusto. En su formación siempre llevó el andar firme y sin vacilación que lo alejaba de la mediocridad, e intentó colocar su voluntad por encima de su ánimo. Un pibe de impulso poderoso e inquieto, de los que construyen su propio pensamiento.
Su espíritu necesitaba expresarse como los ojos añoran la belleza, como las flores anhelan la luz… y saber, pues solo el conocimiento adquirido avala la correcta decisión, y sentía que había mucho por decidir.
Leyó, leyó mucho, pues las lecturas eran vivencias, excursiones por el conocimiento universal, referencias en las que proyectarse y aprender de otras formas de vivir ¿Y cómo no? para valorar la suya en su justa medida, por propia, por buena. Así leyó a Dante y Voltaire, a San Juan de la Cruz y Maquiavelo, a Cervantes y Spinoza, a Castaneda y Redfield, a Hesse y Gibran, pero nunca menospreció a Benito Pérez Armas y Secundino, Rafael Arozarena y Figueroa, a Estébanez y Cabrera. Vibró más con los poemas de Tarajano que con los de Lorca, y aprendió más de José Martí que del Catecismo cristiano, y según adquiría conocimientos y se hacía más sabio, mayor era su contrariedad. Indignado con lo que hacían los que llegaron, decepcionado con la actitud de los propios, frustrado por la sensación de impotencia que le producía el hecho de no saber si mañana habría algo que transmitir, y rebeldía porque esa era su naturaleza de guanche alzado.
El sol se ocultaba junto a Benahoare en el horizonte cuando comenzó a ascender el trecho que conduce desde el mirador hasta la cueva. Entre matorrales y la tubería que abastece de agua a la comarca, distinguió una veredita que lo condujo hasta la gruta que cinco siglos atrás había servido de morada al Mencey de los Menceyes, al Quebehi Bencomo, Rey de Taoro.
Las vistas eran grandiosas, con el valle de Taoro a sus pies, Echéyde a la izquierda vigilante y majestuoso, y el monte coronando las cumbres e intensificando el verdor que trepaba desde la costa. Al frente, el ocaso de Magec, el benefactor de la tierra que se expresaba con pinceladas de distintas tonalidades, pasando del rojo más intenso al violeta más sutil, parodiando con ello cualquier creación humana. Desde el lugar donde se encontraba podían atisbar las cimas de Aceró, donde Tanausú fue traicionado en la hermana isla de Benahoare.
Aday miró a su alrededor e intentó ver más allá de aquel espacio vacío, imaginó lo que sentiría Bencomo cada mañana al despertar en aquel lugar maravilloso. Y así, comenzó un ameno monólogo donde intentaba explicarse el porqué de muchas cosas.
Entre debate y reflexión se le oyó decir alto y claro – Lo comprendo, alguien al que cada aurora se le ofrece la belleza de esta manera tan grandilocuente ¡Tiene que amarla por cojones! ¿Cómo iba a rendirse? ¿Cómo iba a poner en juego o tan siquiera arriesgar la posibilidad de perderla?
Mientras deambulaba por la entrada de la cueva tomó asiento en una roca plana donde aún calentaban los rayos del sol, y pensó - ¿Cuántas veces se habrá sentado en este mismo lugar a meditar alguna decisión, o simplemente a contemplar su reino? – y así, poco a poco, arrullado por la brisa de la tarde, sus parpados fueron cediendo hasta cerrarse suavemente…
- ¡Aday! ¡Aday! – se oyó desde el fondo de la cueva - ¡Aday, soy yo! - ¿Quién anda ahí? - preguntó, y la voz respondió - Soy al que has llamado desde niño la memoria de tu Patria, tu amigo de tertulias, aquel al que has abierto tu alma para contarle tus inquietudes, soy Bencomo, Mencey de Taoro, y vengo a ofrecerte beber de los arcanos de mi memoria.
Aday para su sorpresa reaccionó con total naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo que un rey guanche muerto quinientos y pico años atrás se presentase a hablar con él.
- Acércate Mencey, pues tantas veces te he creado en mi mente que quiero verte - añadió con cierta desconfianza. Desde la oscuridad de la cueva salió un hombre seco y fibroso como vara de aceviño, vestía un tamarco corto y sencillo, en su frente lucía la corona de conchas, y en su mano portaba la añepa que distinguía su linaje, una larga melena caía por su espalda y su mirada era cálida y serena. Por su aspecto sería difícil determinar su edad, porque a pesar de las canas que lucía en su testa, su cuerpo era atlético y su planta de joven.
- ¿Realmente eres tú? ¿No me estarás engañando? Además ¿En virtud de qué prodigio puedes presentarte después de tanto tiempo a hablar conmigo? Mira que aunque nunca te había visto antes, sé quién eres y te conozco. Habla que pronto descubriré si eres quien dices ser, o solo un mercader más.
- Te he elegido a ti para que despiertes del letargo a los hijos de tu pueblo. Te he elegido porque en ti me reconozco y sé que sabrás llevar a cabo la misión que te encomiendo. Quiero que hables a tu pueblo, pero no como le han hablado otros. Quiero que corras el velo que han tendido sobre su memoria, no le cuentes lo evidente, háblale de sus penas, de sus protestas y legítimas reivindicaciones. No les cantes odas a la belleza, a las flores, a los pájaros o la aurora, recuérdales quienes son, quienes han sido, y pregúntales quienes quieren ser.
Recuerda que te querrán callar, tal vez tu propio hermano, y utiliza como única herramienta el Amor, por ser el arma más poderosa que jamás haya existido y la única capaz de llevarte a la victoria.
Nunca dividas a tu pueblo, pues este ha sido el mayor lastre que ha arrastrado y cuéntale que has hablado con las entrañas de la tierra, que está triste y se muere, le queda poco tiempo.
No dejes de decirle que se siente como aquella madre de muchos hijos que crio y amamantó, y un día, seguramente por comodidad, abandonaron en una gasolinera, pues cuidar a una madre llevaba consigo dispensarle amor, caricias y tiempo, un compromiso, y eso era un gran esfuerzo para estos hijos egoístas y tiranos.
Lo más curioso de este asunto era que, cuando uno de ellos se cruzaba con hijos de otras madres, se deshacía en elogios y manifestaciones de amor a la viejita, comentando la suerte que tenían al ser hijos suyos y lo buena que había sido con ellos, para olvidarla de nuevo según se despedían sin ningún remordimiento.
Coloca todos estos argumentos sobre la mesa y dales la oportunidad de valorarlos. Si no surte efecto ni reacción alguna entre nuestro bando, si no deciden rescatar a su madre del asilo para devolverla a la vida. Si no somos capaces de asumir ese compromiso - recalcó con tono sereno y semblante serio – tampoco seremos dignos ganadores de nuestra propia libertad, y madre, nuestra madre, morirá…-
…Aday despertó sobresaltado cuando Magec ya se había ocultado. La brisa del Valle refrescaba la noche y un sinfín de luces del Puerto, La Orotava y los chalets de los extranjeros delataban la superpoblación de la isla.
- Patria querida, ahora que he bebido de la fuente de tus arcanos, acepto el compromiso y solo espero que mi intento esté a tu altura.
Aday bajó la ladera de la montaña en silencio iluminado por su linterna, pero algo había cambiado en él, ya no sentía contrariedad, ni frustración, ni rebeldía, sentía que él ya había decidido.
