Poker en Sta. Lastenia - Carlos Darias
Poker en Sta. Lastenia
Carlos Darias
El pasado 22 de octubre sobre las 8.30 de la noche me invitaron a jugar una partida de póker en Santa Lastenia. La verdad es que siempre fui más de tute y envite, pero ya saben, las putas modas.
La invitación dejaba bien claro que las apuestas serían elevadas y llevase todo mi capital conmigo, pues allí se perdía o se ganaba, no había término medio.
Ya me mosqueó muchísimo el emplazamiento de la partida ¡Anda que no hay lugares mejores donde disfrutar de una partidita! pero curiosamente y sin que mi voluntad hubiera participado para nada, allí estaba, en el cementerio municipal buscando las señas indicadas en la invitación:
Cementerio de Santa Lastenia, solar 7, patio interior, bajo el ciprés, y entre paréntesis “Área de los Pobres”.
Tras media hora deambulando por el camposanto di con las señas de la tarjeta, miré el reloj y comprobé que me había adelantado un poco, así que me acerqué hasta la tumba de los míos para sanear el nicho y dejarles un recuerdo.
Al llegar al pasillo de nichos donde estaban enterrados algunos de mis familiares una señora que me resultó tremendamente familiar, me pidió acercarme con un gesto de manos y una amplia sonrisa dibujada en su rostro ¡Era mi madre! La reconocí por sus manos ¡Cuantas veces había intentado traer a mi mente su rostro y se difuminaba! Sin embargo sus manos siempre estuvieron claras, siempre las reconocería.
Me acerqué corriendo confundido - ¿Viejita, que haces aquí? ¿En virtud de que prodigio te presentas ante mí? - Ella me acarició el rostro y me preguntó por sus nietos, le conté que Aarón se había hecho un hombre y lo orgulloso que estaba de él, también le dije que se había tatuado su nombre en el brazo y siempre la tenía presente. Le hablé de Aday, de lo buena persona que era y lo mucho que la habíamos echado de menos. Quería contarle tantas cosas que me atropellaba entre palabras.
Me preguntó si era feliz como era su costumbre, y me apresuré a contestarle - ¡Mucho, mamá! - Le hablé de mi mujer Angélica, de cuanto le habría gustado conocerla, de como llenaba mi vida y me hacía ser mejor persona de lo que realmente era. Se la describí y le expliqué que la amaba como no había amado a nadie antes y mientras lo hacía sentí que se alegraba por mí.
En un momento dado me interrumpió para preguntarme - ¿Trajiste todo tu capital como rezaba en la invitación? - le respondí que llevaba lo que tenía y esperaba fuera suficiente. Se acercó para besarme en la mejilla e introdujo una carta en el bolsillo de mi camisa - ¡Por si la necesitas! - para desaparecer ante mí de la misma manera que había aparecido. La busqué por los alrededores pero se había esfumado ante mis ojos, y confuso regresé al lugar de la partida.
Al llegar me esperaban muchos de mis amigos fallecidos, Maruco con sus melenas y su eterna camiseta de los Zeppelin, Alvarito liando petas como un loco, también estaba Chencho vestido de buzo, Juanma el tutti y Chemita, me alegré tanto al ver a Nandito animándome - ¡A esta te la comes con papas Chispón¡ - me dijo.
Recuerdo que pensé ¡Joder! esto más que partida de póker parece combate de boxeo, pero seguí andando hacia el lugar donde me esperaba mi rival.
Según me iba acercando, me daba cuenta de que mi oponente era una jugadora vestida de negro, con chupa de cuero y pantalones ceñidos, me fijé en su escote y sus nalgas apretaditas y me dije, - ¡Está buena la cabrona¡ - porque la Muerte a veces resulta muy atractiva. Su expresión era neutra, no sabría decir si estaba contenta o enojada, y menos cuando me invitó a tomar asiento y se bajó un punto la cremallera para mostrarme un fisco más de su escote. Actué como si no fuera conmigo toda aquella provocación como me había aconsejado mi amigo Nando que ya había perdido aquella partida unos años atrás - ¡No dejes que te engatuse con sus encantos y mentalizarte de que es una final, y lo importante es ganarla¡ - así pues, teniendo en cuenta su experiencia intenté emularlo.
Me senté frente a ella y comenzó a barajar, repartió tres cartas para mi y tres para ella, y preguntó si estaba servido. Sin mirar el juego le respondí afirmativamente, volvió a barajar y repartió dos más, para seguidamente bajarse dos puntos de su cremallera con la clara intención de desconcentrarme. Cogí la del centro sin saber que carta era y la cambié por la que mi madre introdujo en mi bolsillo y sin más preámbulos le hice seña de mostrar lo que tenía.
La de negro, mirándome fijamente a la cara, fue volteando una por una sus cartas para terminar diciendo, full de ases y reyes. En el rostro de los amigos pude leer ¡Uff¡ pero yo estaba tranquilo, sabía que no podía perder una mano en la que mi vieja me diera un comodín. Así que, con la misma chulería que el pibón de negro fui girando las cartas una por una, y según las volteaba el grupo de amigos acompañaba con un ¡Ainnn¡
Cuando giré la cuarta descubrí un póker, y con la quinta un repóker. Maruco improvisó un solo sin guitarra, Alvarito lo celebró liándose un nuevo peta, y Nando se me tiró encima - ¡Te lo dije Chispón¡ - me dijo.
La pibona de negro se levantó, me felicitó y cerró su cremallera hasta el cuello emplazándome para otra partida. Le estreché la mano y me despedí con un ¡Hasta la vista! prometiéndole acudir a nuestra próxima cita lo más tarde posible y sabiendo que algún día perdería…
El día 23 de octubre desperté en la planta de cuidados intensivos. Al abrir los ojos me sentí confundido, no reconocía el lugar, ni comprendía qué hacía allí rodeado de aparatos y pitidos. Pronto se acercó una enfermera aplaudiendo mi despertar, y al momento, mi mujer y mis hijos que esperaban fuera.
Me sentí frágil y vulnerable, sentía haber recibido el mayor baño de humildad de mi vida, y en aquel momento solo tuviera que sobrevivir, de lo demás, ya me ocuparía más tarde. Un sentimiento contradictorio para alguien que se creía indestructible.
Lo más inexplicable de todo fue que, al palpar el bolsillo del pijama azul que llevaba, sentí un ligero bulto, una carta de póker, un Jocker concretamente que me llevó a cuestionar todo lo ocurrido ¿Cómo había llegado hasta allí?
La llevo guardada en mi cartera aún sabiendo que es de un solo uso. La guardo para recordar que la vida es finita, y nada es seguro salvo la partida ineludible, donde a veces ganas, pero tienes garantizada la derrota más pronto qué tarde. También que si la tratas bien te capacita para la vida y te ayuda a enfrentarte al temor, porque cuando le pregunto me responde con honradez y verdad, ¡Aprovecha tu tiempo hasta que las cartas estén dadas!