¿Se acabó el Mundo en 1960? - Dimas Yanes.

El triunfo de la muerte - Es la hora del Juicio Final. Pieter Bruegel
 Flandes, 1563

¿Se acabó el Mundo en 1960?

Dimas Yanes

- ¡El Mundo se va a acabar! ¡El Fin de los Tiempos está cerca!; ¡el Puerto se ha convertido en Sodoma y Gomorra, con esas extranjeras desnudas en pelete en las playas! ¿Saben lo que va a pasar?, ¡Qué lloverá fuego sobre el Puerto!
Así exhortaba don Federico, el cura, a sus feligreses desde el púlpito de la Iglesia de la Peña de Francia, en un lejano mes de noviembre de los aún más lejanos años 60.
- ¡“El Coludo” la volvió a hacer compadre!, decía Leoncio, el taxista, atracado en el mostrador del guachinche mientras se mandaba otro vaso del Puerto al buche.
- Es que le tiene cogido el comer al “Palilla” -, refrendaba “Lita”, aún excitado por la tremenda lucha que acababan de ver en Santa Úrsula, y en la que “El Coludo”, un luchador de la cola del equipo del Puerto había vuelto a dar las dos seguidas al “Palilla”, una de las estrellas emergentes en la lucha de la época.
- Es que lucha todavía más bajo que él -, apostilló Pepe “El Lisa”, - y te aseguro-, dijo con tono de entendido – que cada vez que se encuentren lo va a botar más fácil todavía.
- Las “señas” están claras, como cuando se “mudaron las estrellas” en el año 36 y vino “El Movimiento”. ¿Ya no se acuerdan cómo bailó el Sol el día de San Juan hace unos años? ¿Es que se olvidaron ya que hace poco se hizo de noche en pleno día?, ¡Qué hasta los gallos cantaron al mediodía! Don Federico seguía asustando a la gente, que se revolvía inquieta en los largos bancos de la iglesia, recordando aquella extraña puesta de sol, en la que el astro pareció una pelota brincando en el horizonte, y aquel eclipse que dejó todo en penumbra hacía algún tiempo. Alguno se acordó también de aquella plaga de cigarrones que tapó el sol… y acabó con toda la cosecha, como en la Biblia.
Los tres amigos seguían festejando por la victoria de su equipo mientras se largaban una hondilla de asaduras, a la espera de las chuletas que hacían tan conocida aquella casa de comidas de La Victoria.
En ese momento, un alegre grupo de niños entró en el guachinche, vestidos con sábanas, con las caras pintadas de blanco y portando cestas con frutas y golosinas.
- Hombre, los Santitos -, dijo el dueño de la taberna, - vengan por aquí, que tengo algo pa’ ustedes-, mientras sacaba unas manzanas reinetas de debajo del mostrador.
Los niños, que estaban celebrando al estilo tradicional el 1 de noviembre, agradecieron al ventero su regalo y después, con el permiso de éste, se dieron una vuelta entre los clientes.
- Váyanse pa’l carajo-, exclamó “El Lisa” cuando los niños se acercaron a él. – Ni chica mierda de celebración, esto es como el “Pan por Dios” de Los Silos… ¡Así los extranjeros se burlan de nosotros!
- Chacho, ¿será verdad lo que dice don Federico? - preguntó la mujer a su marido, al salir de la iglesia, con cierto tono de preocupación.
- Si mujer, nos vamos a morir todos, pero de risa. ¡Ni chico sermón pa’ atoletados!
- Hombre, mi madre me habló de lo del 36, y lo del Baile del Sol y el eclipse lo vimos nosotros…Aunque mi madre también siempre me dice que mientras haya niños chicos, el Mundo no se puede acabar, que Dios no castiga a inocentes…
- ¡Ves, mujer!, tú hazle caso a tu madre y olvídate de las boberías del cura.
Los tres fulanos habían pegado con la bandeja de chuletas con papas fritas y pedían otro litrito de vino, cuando “Lita” se dio cuenta de la presencia de un viejillo que estaba sentado en una esquina y que los miraba atravesado. En verdad no sabía si ya estaba cuando ellos llegaron, o si acababa de entrar cuando montaban el numerito con los chiquillos.
Lo cierto es que el aspecto del viejo le hizo gracia, con aquel sombrero medio escachado, más viejo que el propio viejo, ¿y qué me dices de la manta?, seguro que, si se levantaba, se quedaría tiesa de la mierda que tenía.
- Vamos a reírnos un rato -, comentó “Lita” por lo bajo, clavando un codo en las costillas de Leoncio. – Voy a vacilar un poco del mago ese.
- No eres capaz…-, corearon sus dos amigos al unísono.
“Lita” se levantó y fue a dar con el viejo, que lo miraba desde debajo del ala de su sombrero, que medio tapaba un rostro cuyas arrugas parecían hechas con cincel y martillo.
- ¿Qué pasa, es que ya estamos en Carnavales? ¡Ni chico disfraz, compadre! - dijo “Lita” al viejo, echándole su asqueroso hedor a alcohol en la cara. El dueño del guachinche, consciente de las consecuencias que traería el comportamiento de los tres abusadores, llamó a su hijo pequeño y le dijo:
- Hazme un mandado ahorita mismo, vete a casa de don Florencio y dile a su nieto que venga enseguida, ¡záfese!
Y el niño salió a toda prisa.
- ¿Será verdad que se acaba el Mundo? -, pensaba la madre mientras cantaba el cadencioso arrorró a su hijo pequeño. - ¿Cómo va a ser que este chiquillo no tenga derecho a hacerse hombre?
- ¡Chacha, duérmete ya!, ¿No ves que el niño se durmió hace rato?
- ¡Ay, Dios mío, el mar esta noche no para, ¡parece que la casa se va a ir abajo con los truncunazos!
- Todo lo que se menea no se cae, sé yo de una cosa que tenemos los hombres que se mueve pa’ un lado y otro y…
- ¡Cállate, eslenguado! -, susurró la mujer, ahogando la risa que le produjo el comentario del marido.
- Vamos a dormirnos que mañana será otro día. Ya sabes; sal sol, ponte sol, un día pa’tras.
La mujer se echó en la cama e intentó dormir, aunque la idea del Apocalipsis no se terminaba de ir de su cabeza.
Cuando Jorge Yumar entró en el guachinche, su abuelo estaba en pie entre los tres tipos, que le habían tirado el sombrero al suelo entre risas. De dos zancadas se plantó entre los cuatro y exclamó con su vozarrón:
- ¿Qué pasa aquí?
Los tres pollabobas se echaron atrás ante la planta y el semblante de Jorge.
- ¡Chacho, déjate de boberías! -, dijo “El Lisa” a sus compañeros, - cualquiera le dice nada al lebrancho este…, es más grande que “El Caterpillar”
Los tres recularon hacia la mesa y el gigante hizo ademán de ir a por ellos, pero sintió la mano de hierro de su abuelo, que lo sujetó por la cintura, diciéndole:
- Vamos pa’casa, olvídate de estos tres, que se piensan que porque hacen reverencias delante de los extranjeros en los hoteles son mejores que nosotros.
- Sí, abuelo, como usted diga.
Jorge recogió el sombrero del suelo y acompañó a su abuelo hasta la puerta, pero antes de salir lanzó una mirada de odio a los tres que les quitó las ganas de fiesta.
- ¡Mira, muchá!, ¡yo no sé cuántos eran, pero lo cierto es que nos dejaron sarsaliando! -, exclamaba “Lita”, mostrando las señales que la traquina había dejado en su cara y en su cuerpo, al grupo de curiosos que se reunieron a oír su historia en el chorro del Muelle. – Pero “El Lisa” y Leoncio alcanzaron más…
- ¿Y cómo fue eso?, preguntó “El Americano”.
- Pues nada, salíamos tan tranquilos del guachinche de La Victoria, y en la oscuridad nos estaban esperando. Yo no sé qué se piensa esa gente.
- Siempre se ha dicho que, al mago y al cochino, no te los cruces en el camino… ¡Algo habrán hecho ustedes! - apostilló “El Americano”, lanzando una mirada de complicidad a los demás presentes, que estallaron en una tremenda carcajada…

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