Una puerta en la vereda - Santiago Díaz Bacallado



UNA PUERTA EN LA VEREDA - Santiago D. Bacallado


 UNA PUERTA EN LA VEREDA - Santiago D. Bacallado

Un aire frío recorría la cumbre y la luna, cortada por una espada, dejaba caer sus tenues rayos de luz entre las nubes iluminando la senda que ascendente serpentea por la medianía. Fran abría camino con su paso seguro, era la quinta o sexta vez que transitaba por aquellos parajes y, como decimos en las islas, lo tenía pulseado. Los senderos de Anaga eran para él como los pasillos de su casa, a pesar de que era la primera vez que lo recorría a oscuras.

Había culpables del retraso pero no quería pensar en ello en aquel momento, pretendía disfrutar de un día en la naturaleza, y alimentar el cabreo por la demora y por tener que cargar con una  pesada mochila, no era precisamente la mejor actitud para ello, menos aún, siendo  él el más animoso del grupo.

Tras él marchaba Pedro, que por una vez, cosa extraña en él, iba en silencio ensimismado entre sus propios pensamientos. A unos metros lo seguía Luís, el hermano de Fran, y algo más alejados Ernesto y Chago cerraban el grupo de cinco.

Fran hizo una parada al llegar a lo alto de una cuesta con la clara intención de dejar coger resuello al resto, y recordarles que debido a la demora en la salida, habían decidido encontrarse con los compañeros en el pequeño llano protegido por dos rocas que parecen hermanas donde tenían previsto acampar y pasar la noche.

- ¡Siempre pasa lo mismo! ¡Esta vez se demoraron Juanito y Faina! ¡Siempre con disculpas! ¡Qué si la guagua!  ¡Qué si el reloj retrasa! ¡Qué si la lenta de Faina! Y encima nos cargan con lo más pesado. En este momento mejor no saber quién fue el iluminado al que se le ocurrió la idea. -  dijo Fran intentando moderar su cabreo.

A cierta distancia se podían distinguir como dos gigantes observando desde la altura las dos peñas parcialmente iluminadas cuando la luna, jugando al escondite con las nubes, se alongaba creando claroscuros sobre el terreno y envolviéndolo todo en un halo de misterio casi mágico. Embelesados por aquel maravilloso escenario, con la estela de la luna reflejada sobre el mar, la silueta montañosa de la isla al frente y un cielo que hacía comprender a cualquier mortal su insignificancia si se comparaba con aquel firmamento iluminado por millones de estrellas, cogieron aliento y retomaron el paso vereda arriba.  

Al doblar la primera curva se sobresaltaron, pues sin ningún sonido previo, como si aparecieran de la nada, se cruzaron con un pequeño rebaño de cabras de unas quince o veinte cabezas, y entre las sombras distinguieron la figura  borrosa de un joven pastor guiando al rebaño a su paso.

Se detuvieron sorprendidos por la inesperada escena y observaron atónitos  como las cabras pasaban por su lado en sentido contrario. Al llegar a su altura se apartaron para dejarles paso libre, y al pasar junto a ellos apreciaron el olor ácido y penetrante que desprende el ganado.

Tras el rebaño el joven pastor cerraba la fila y al pasar le dieron las buenas noches incrédulos aún por la inesperada aparición que parecía sacada de otros tiempos. El pastor pasó por su lado como si no existieran, sin mirarlos siquiera.

Cuando Fran intentó reemprender la marcha se sintió extraño, como si lo visto fuera ajeno a todo sentido y la escena estuviera fuera de contexto.  

- ¡Qué raro! ¡Un cabrero por aquí a estas horas! ¡No dio ni las buenas noches, el cabrón! - y a renglón seguido, - ¿Se fijaron en la ropa? No eran telas, parecían pieles de haira.

Tras un breve silencio de incredulidad y movidos por una curiosidad común, echaron la vista atrás buscando al rebaño que pocos segundos antes había pasado junto a ellos, pero sorprendentemente no había rastro del pastor ni del rebaño.

Luís, el hermano de Fran, incluso descendió un tramo de vereda para intentar verlos, pero no encontró a nadie, habían desaparecido ante sus ojos sin poder dar explicación a lo ocurrido. Confundidos por lo extraño del suceso, comprendieron que no habían tenido tiempo para evaporarse de aquella manera, habían transcurrido solo unos segundos, tal vez un minuto desde el encuentro, y era físicamente imposible que se esfumasen de aquella manera.

Sobresaltados aún por lo insólito del encuentro, continuaron la marcha especulando e intentando dar sentido a la misteriosa aparición y posterior desaparición del  joven pastor y su rebaño, pero resultaban incoherentes y, para no terminar hablando boberías prefirieron callar.

Al llegar al llano donde habían quedado con el resto, contrariados aún por lo sucedido, se instalaron y se tumbaron en silencio margullando individualmente todo lo ocurrido. Solo a Fran se le escuchó decirse a sí mismo ¡Chica movida! Al no encontrar forma de dar sentido al encuentro.  

Llevarían una hora esperando la llegada de los amigos demorados, cuando la luz de una linterna se abrió paso en la oscuridad. Eran el resto de compañeros que llegaba siendo ya noche cerrada. Al sentirlos llegar salieron a su encuentro para ayudarlos a portar sus mochilas, pero sin dejarlos descargar siquiera, preguntaron al unísono:

- ¿Vieron al pastor con el rebaño cuando subían?

Los recién llegados extrañados por la pregunta, se miraron  entre ellos con caras de no saber de qué estaban hablando.

Fran, quizás el más reflexivo del grupo, al verlos extrañados comenzó a contarles la experiencia vivida hacía escasamente un ratito cuando tuvieron un inexplicable encuentro y posterior desaparición con un rebaño de hairas guiado por un joven pastor vestido con ropajes guanches. También intentó transmitirles la confusión que les había producido el hecho de esfumarse ante sus ojos sin poder darle explicación a lo ocurrido. 

Al terminar de contarles se hizo un silencio incómodo, tenían cosas que contarse y preguntarse pero por alguna razón no lo hicieron y el sonido del viento sobre sus cabezas creó un ambiente lleno de interrogantes que nadie se atrevió a formular, unos porque cansados prefirieron dar carpetazo al asunto, y otros, no fueran a tomarlo por fantasiosos ante lo inexplicable del suceso, pensaron ¡Calladito estás más bonito!   

La idea de pasar un fin de semana diferente se estaba cumpliendo, así pues entre los supersticiosos y los temerosos, acordaron la idea de marcharse de aquel lugar que tanto les había afectado en cuanto las condiciones de luz lo permitieran.  Sabemos que los seres humanos tememos todo aquello que no somos capaces de explicar, y aquel era un claro ejemplo.

Eran las 6:15 cuando el sol asomó sobre el horizonte, la niebla se resistía a abandonar la cumbre, y el fresco de la aurora te espabilaba nada más salir del saco. Fran no había pegado ojo intentando, diría obsesivamente, dar explicación lógica a lo ocurrido la noche anterior. Su mente científica se enfrentaba a la realidad de lo vivido y esto lo contrariaba.  

Una vez se echaron la necesaria gotita de café se encaminaron a Taganana, que en principio no era el destino elegido, pero ahora tras la noche en vela les  parecía el más razonable.

Durante el camino y animados por las bromas y vacilones de Fran, intentaron ignorar las sensaciones que les había dejado aquel encuentro fortuito en los montes de Anaga. Así que ni lo mencionaron, intentando no darle más importancia de la necesaria y protegiendo su mente de especulaciones imposibles.

Pasaba el mediodía cuando llegaron a la altura de Fajanetas y el solajero pegaba sobre sus cabezas como el plomo. Al llegar a la desviación a la izquierda te conduce al camposanto se sentaron a descansar en los chaplones de la plaza de la iglesia comentando las bellezas de Anaga y sus maravillosos parajes.

Habían acelerado el paso durante la bajada, y llegaron al pueblo cansados y hambrientos, así que Faina tras comprobar que llevaba dinero en la cartera, propuso ir a echarse argo a una ventita que conocía donde hacían un café colado buenísimo y unos bocatas de mechada que con hambre, sabían mejor que el caviar.

Efectivamente en una de las trasversales del pueblo encontramos una ventita de las de antes, con los estantes atiborrados de latitas de conserva y aquel olor característicos a vino nuevo y tabaco Kruger.

Al entrar, el señor que atendía el negocio tras el mostrador, Emilio creo que se llamaba, los miró uno por uno según iban entrando, y sin pudor, es decir de forma directa, preguntó muy seriamente si les  había pasado algo en el monte, porque llevaban el susto dibujado en el rostro.

Su pregunta los dejó aún más confundidos, no conocíamos a aquel señor, ni lo habíamos visto nunca, no sabía nada de nosotros, sin embargo algo vio para preguntarnos aquello de forma tan directa, como si supiera algo que ellos desconocían.

Todos los miembros de la partida comenzaron a explicarle atropelladamente lo ocurrido formando un rebumbio donde unas voces solapaban a las otras, haciendo ininteligible la conversación.

El ventero con el tono de un maestro que pide orden a su clase les sugirió que hablaran de uno en uno, porque así era imposible entenderlos. Así pues, Fran con el permiso al resto, relató la experiencia vivida la noche anterior con todo lujo de detalles. El ventero tras escuchar atentamente el relato les dijo.

 - Gua, ¿Y ustedes se asustan de eso? Nosotros aquí en Anaga llevamos viendo al guanche desde hace mucho. Ya mi abuelo me hablaba de él y no hay cogerle miedo, es el espíritu de la tierra, una memoria del pasado atrapada entre dos mundos que vaga por la isla y se niega a desaparecer.

Entre los chicos se hizo el silencio, la respuesta del ventero los había trastocado aún más que antes de habar con él, nadie hizo ni una sola pregunta dejando en el aire la interpretación de las palabras de don Emilio. Por sus cabezas pasaron preguntas como ¿Hablará en serio el viejo o nos está vacilando? ¿Será verdad que un alma errante sigue vagando por la isla con su rebaño como antaño?...

El ventero consciente del efecto de sus palabras solo elevó las cejas, como si dijera sin decirlo ¡Hay cosas que no somos capaces de explicar, y no por ello son menos ciertas! - para concluir diciendo - El mundo es misterioso y maravilloso ¡No se olviden!

Solo habían pasado unas semanas desde el encuentro con el guanche en los altos de Anaga, y Fran, tal vez por ser el más curioso del grupo, seguía margullando lo ocurrido sin poder desprenderse de aquel pensamiento que se había vuelto obsesivo.

- ¿En virtud de qué prodigio aparece y desaparece un niño guanche, que según dijo el ventero es el espíritu de la tierra que se niega a marchar y vaga por la isla velando por la memoria de otro tiempo? ¿Estamos locos para creer ahora en fantasmas y boberías? – se decía - En su mente matemática y lógica todo aquellos sucesos tenían alguna explicación que se le escapaba, y dentro de su pragmatismo científico se negaba a aceptar todo aquella patraña de supersticiones y  espíritus de la tierra que vagaban por la isla.  Tenía que haber una explicación razonable y estaba decidido a encontrarla.

Llamó a su amigo Pedro para que lo acompañara de nuevo al llano, pero le puso mil excusas. Cuando intentó convencer a su hermano Luís, este no vio motivo para volver a aquel lugar después del mal rato.

- Iré solo. - se dijo – Este sábado voy e intentaré recorrer el camino como la últimas vez, y a ver qué pasa.

La Avenida de la Trinidad estaba concurrida con el movimiento de viajeros que se acercaban a la parada de guaguas, cuando Fran tras unos churritos en la churrería Buen Paladar se subió a la guagua que hacía la ruta de la dorsal de Anaga.

El vehículo, una tartana de las que tenían un cable que hacía sonar la campana para avisar al chofer de que deseabas apearte, iba medio lleno entre vecinos de la zona y guiris con tablas de surf y sandalias con calcetines. Al entrar tomó asiento en la parte trasera y acomodó su pequeña mochila y su bastón a la espera de que el destartalado vehículo arrancara y tomara dirección al monte de las Mercedes.

Durante la espera intentó recordar todo lo ocurrido semanas atrás, y prudente como era, se planteó la conveniencia de subir solo, pero optimista se dijo.

- Conozco bien el camino, no va a pasar nada. 

El destartalado vehículo temblaba con cada pequeño bache, lo que provocaba el traqueteo de los cristales de las ventanillas y el sonido metálico del motor al cambiar de marcha, en fin, una sinfonía de percusión desafinada sin ritmo ni melodía que te volvía loco, y obligaba a los viajeros a gritar para entenderse.

Tras media hora de guagua llegó a la Cruz del Carmen y Fran preguntó al guaguero si tenía algún inconveniente en dejarlo unas curvas más adelante aunque no hubiera parada señalada, y amablemente le dijo que no había problema, así pues, tres curvas más adelante, se apeó agradecido.

- ¡Gracias jefe! Es usted muy amable ¡Qué tenga un buen día!

- ¡De nada, mi niño! ¡Vaya con cuidadito!

Echó a andar vereda abajo tomando como referencia el roque de la carretera, y cuando llegó a la bóveda de los grandes brezos que esconde Anaga la brisa movía las hojas de los árboles creando una melodía muda que afectaba a los sentidos y lo envolvía todo en una manto de calma, una sensación maravillosa que te alejaba de la inquietud y celeridad del día a día en la  ciudad.

Al parar para beber en un rellano del camino pudo escuchar claramente el canto del pinzón y el batir de alas de las palomas torcaces. También sintió el sonido de la hojarasca cuando los lagartos la transitan. Todo aquel conjunto de fenómenos a su alrededor lo trasportaron a un estado de conciencia limpio y sereno donde la soledad se volvía grata y las columnas que se formaban al atravesar la luz la espesa copa de los árboles producían un ambiente mágico e imperturbable.  

Estaba recorriendo el mismo camino que hicieron con el grupo semanas atrás y todo le resultaba familiar, la vegetación, el entorno era el mismo que recordaba de su excursión anterior, los roques de Dos Hermanas y el llano donde acamparon, sólo que en sentido inverso, recorrido desde la cumbre. Tampoco pudo hacer coincidir el horario, y no había ni rastro de la espesa niebla tan presente la noche de los hechos.

Paró en un rincón soleado del camino para calentarse un poco con los rayos del sol y pensó que aquel sería un buen lugar para comer algo antes de continuar. Tras el tente en pie y la pereza propia de la sobremesa, empezó a cuestionarse seriamente el sentido de aquella absurda búsqueda, y cansado se dijo.

-Se acabó, hasta aquí llegué, media vuelta y pa`casa ¡Parezco bobo! ¿Qué hago yo aquí intentando dar explicación a lo inexplicable?

Cansado y reconfortado por los rayos del sol se recostó, cerró sus ojos y quedó un instante dormido, o al menos eso fue lo que le pareció. Una vez descansado se incorporó y comenzó a recorrer el camino ascendente de vuelta hacia la carretera general donde unas horas antes lo había dejado las guagua.

Tras media hora de ascenso levantó la mirada y se orientó por el risco tras el cual estaba la carretera. Le sorprendió el ensordecedor silencio que se sentía, parecía que fuera la única persona en el mundo, y solo de cuando en cuando, se escuchaba  el trinar de las aves. Una vez llegó al roque miró a ambos lados del camino y exclamó extrañado.

- ¿Cómo es posible?

Volvió a mirar a un lado y a otro  sin encontrar ni rastro de la carretera que, horas antes lo había llevado hasta aquel mismo lugar. Confundido una vez más y víctima de su falta de fe, lo fácil fue negar lo que estaba sucediendo así que en su mente cuadriculada y lógica se dijo.

-Me equivoqué, debí confundir este risco con otro. Lo mejor será que baje por la ladera hasta Almaciga y desde allí a Taganana, un paso.

Esta vez estaba seguro de haber tomado el camino correcto, viviendo en una isla más pronto que tarde se encontraría con la costa, y desde allí todo será más fácil. La vereda, aunque angosta y pedregosa lo llevaría hasta la playa de Almaciga y desde allí cogería la guagua de vuelta a La Laguna.  

Demoró casi tres horas en llegar a la playa, se descalzó y se sentó sobre la arena mojada y se sintió pleno, reconfortado tras la larga caminata. La marea estaba baja y la arena negra absorbía el agua tras cada ola que llegaba mansa a la orilla formando curiosas figuras. Tras un rato con la vista perdida en el horizonte, se levantó y caminó descalzo por la arena, observó cómo sus huellas se borraban tras él con el  manso avance de las olas. Se acercó a un charco que había sobre un espigón rocoso, recogió unos burgados, y se embelesó pasándoselos de una mano a la otra.

Una vez repuesto se dirigió al pueblo por un camino estrecho que bordeaba la costa y conduce a la explanada de Casa Eloy, justo frente a la parada desde donde cogería la guagua de regreso a La Laguna habiendo disfrutado de un día fabuloso. Pensaba que a pesar de no haber encontrado al pastor, ni a su rebaño, haberse confundido de camino al subir la lomas harían que aquel día fuera inolvidable por muchas razones.

Le llamó la atención no haberse cruzado con nadie, y desde el camino vio a un niño en cuclillas entretenido buscando algo en los charcos. Frank voceando le hizo señales desde lejos y al ver que no respondía a su llamada pensó.

- Seguramente el sonido de las olas no lo dejan oírme.

Efectivamente, cuando se acercó y escucho sus gritos se levantó sorprendido, y cuando consideró que se  acercaba demasiado, se agachó para recoger un tenique del suelo y, con la precisión que da la práctica, lo lanzó rozando la sien izquierda de Frank y haciéndolo caer al suelo aturdido y sangrando. Allí, desparramado sobre la arena, por el rabillo del ojo le pareció ver la imagen de un niño vestido con pieles corriendo ladera arriba...

…despertó  al sentir una ramita caer sobre su rostro. Se encontraba en el terraplén donde horas antes había parado a calentarse y comer algo antes de continuar la marcha. Allí donde se había recostado a descansar y había cuestionado la conveniencia de continuar la búsqueda.

- ¿Me quedé dormido?

Se preguntó extrañado por recordar los detalles de su sueño de forma tan nítida, parecía haberlo visto en una película y las imágenes se movieran libremente por su mente como si fuera algo  vivido.   

Tras incorporarse y estirar las piernas, tomó camino de regresó al lugar donde aquella misma mañana lo había dejado el guaguero. En esta ocasión no tuvo problema para encontrar la carretera tras la peña, y unos minutos después llegó la guagua que lo regresaría a La Laguna.

Cuando llegó, el sol se ocultaba por occidente y el fresco de las tardes de Aguere se hacía notable. Subió los dos pisos por la escalera y mientras lo hacía los olores a tortilla de papas le dieron la bienvenida, la gasusa lo hizo olvidar por un instante el  extraño sueños con un niño en la playa de Almaciga, y toda aquella inexplicable experiencia en los montes de Anaga.

El cansancio lo derrotó y se recogió en su cuarto a intentar relajarse, pero no podía borrar de su mente las imágenes del pastor huyendo y haber despertado en el llano soleado. Se desvistió  y al coger los pantalones por las perneras para sacudirlos y doblarlos, de uno de sus bolsillos cayó un poquito de arena negra sobre las sábanas y cuatro burgados rodaron por el suelo de la habitación cuestionando cualquier razonamiento lógico y dejando en la cuadriculada mente de Fran el recuerdo de las palabras del ventero de Taganana cuando dijo.

- ¡El mundo es misterioso y maravilloso!

 

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