Amador y el nuevo mundo
Amador y el nuevo mundo
Este libro conforma el cuarto trabajo de Carlos Darias en un claro intento de salirse de estereotipos y escribir algo diferente a lo escrito hasta entonces, pero que conservase el humanismo crítico siempre presente en sus obras.
Novela del género de aventuras donde el personaje principal realiza un viaje iniciático por Europa y norte de África. Durante su recorrido se irá formando para afrontar con preparación un gran reto que se le presenta por delante, liberar a su pueblo de la tiranía de un Rey que no quería a la gente.
Aunque en esta ocasión el autor intente presentarse como alguien más plural, más mundano, no pudo evitar que Canarias jugase un papel en la trama mientras sobrevolaba las islas de Tecknizín Tekneriyin, lugar donde los hijos del sol forjaron la espada Thimanfaya sobre el volcán Echéyde con el acero de las minas de Tarim, el espíritu de los hijos del sol que perdieron la vida haciéndola, y la justicia contenida en un cabello de Alá...
Un libro entretenidísimo donde en un ejercicio brillante de imaginación, cargado de personajes entrañables y reconocibles no paran de suceder cosas, y mantiene al lector curioso por el devenir de la trama. Diría que se trata de un trabajo diferente a lo escrito hasta entonces por el autor.
…Cogió un trozo de carbón y dibujó un cuadrado entre dos signos de interrogación y pidió a las pretendientas que completaran el dilema.
Una a una, las aspirantes fueron pasando y hacían una interpretación distinta. La primera era una mujer guapísima con ojos negros y profundos como la oscuridad de la noche, pero como no se le ocurrió nada coherente que decir, hizo un discurso de alabanza a los rectos y seguros trazos del cuadrado y el buen gusto que tenía para retener aquella perfecta figura entre los dos signos de interrogación. Otra, expuso que ninguna princesa que se precie osaría comprender los enigmas de su señor, para eso estaban los hombres. También hubo quien resaltó la preciosa caligrafía, pero ninguna se acercó ni por casualidad a la resolución del enigma que el joven príncipe había planteado.
Ayatima, la princesa Z’nat, volvió a ser la última en entrar. Se acercó en silencio hasta el lugar donde el príncipe había escrito con carbón una ecuación expresada con dos interrogantes conteniendo un cuadrado, y tras pensarlo un instante, arrancó un pedazo de yeso de la pared y puso junto a ésta en color blanco dos signos de exclamación y un círculo entre ellos. Luego, se despidió sin mirar al príncipe y regresó con los suyos al Teneré…
(Fragmento)