Garachico Souvenir - Pedro González Cánovas
Garachico’s souvenir - Pedro González Cánovas
Había
acuerdo entre los dos grupos de Juego del Palo canario, como siempre. La
exhibición se les solicitó a los del Puerto de la Cruz, Hirgwan, pero como
acostumbraban, tiraron de la gente del palo de Las Mercedes, los Moros de Las Mercedes. Así que ese año se
juntarían en Garachico formando, de nuevo, un poderoso equipo.
Las
fiestas lustrales de Garachico se celebran todos los años acabados en cinco o
cero. Como acto más destacado se conmemora la erupción volcánica de 1706, que
cubrió la Villa y Puerto, con una exhibición pirotécnica impresionante delante
de la procesión parada del Cristo de la Misericordia. Pero son muchos los actos
festivos en el municipio norteño. En 1995, el Juego del Palo estaría en la
víspera del día grande de las fiestas, a principios de agosto, junto con otras
modalidades tradicionales como el Salto del Pastor.
Para
ello, en la plaza adoquinada del puerto había montado un andamiaje. En esa
época se intentaba recuperar, poco a poco, el Salto del Pastor; entonces apenas
se veía en el Archipiélago, pues caía en pérdida junto con la propia ganadería.
Por eso solían montarse andamios fuera de lugar, que rompían el ambiente
tradicional y festivo, en los centros neurálgicos de las fiestas tradicionales,
para llevar a cabo exhibiciones que podrían confundir a alguien hasta que
afirmaran: «sí, ya sé, es cuando saltan con lanzas grandes desde andamios». Por
eso muchos saltadores de entonces no éramos partidarios de llevar ese
espectáculo donde no se diera la orografía propicia, con el fin de demostrar
cómo se movían los pastores canarios por el terreno. Ese año se montó en
Garachico un andamio de varios pisos que sobresalía entre el gentío de la plaza
del puerto, y allí era donde se llevaría a cabo también la exhibición de Juego
del Palo.
Le
tocó primero a los del palo. Empezaron los de Hirgwan; ese año destacó un
jovencito menudo, muy rápido y preciso: Dimas. Era un pibito de la Montañeta,
del Realejo Alto. Así que no vivía en Puerto de la Cruz, como la mayoría de la
gente de Hirgwan, sino en el municipio colindante. Pero él asumió como propio
el grupo que lo enseñó a jugar y ellos sentían orgullo de contar en sus filas
con un jugador tan afinado y joven. Además, como casi todos los jugadores que
estaban presentes ese día, era un buen saltador.
La
exhibición de Palo la cerró la gente de Las Mercedes. Los Moros, como siempre,
lo dieron todo, mostrando lo mejorcito de esta práctica en Tenerife. Entre
ellos había varios jóvenes de la envergadura y edad de Dimas, chicos y chicas
que no desmejoraban por razón de edad, tamaño o género.
Los
del palo consiguieron concentrar mucha gente en el lugar, llamados por los
aplausos de los más tempraneros. Al acabar se reunieron en el adoptado como
terrero de juego y saludaron alzando el palo hacia el público. Era su manera de
brindar una exhibición. Partían de la premisa de que los jugadores eran los
afortunados que disfrutaban de la práctica, pero el auténtico propietario de
ese arte es el pueblo canario; con él tenían una deuda los jugadores.
A
continuación, le tocó el turno al Salto del Pastor. Ya sabían que ese día, la
exhibición estaba a cargo un tal David, de La Matanza. Era un hombretón de casi
dos metros, con más peso del propio para su altura; famoso por la construcción
de lanzas, aunque para algunos no tenían la diferencia de grosor apropiada
entre el regatón y la punta, lo que dificultaba la frenada. Desde entonces
trabajaba muy bien la madera, conseguía unos acabados demasiado perfectos,
impropios de ese material o del concepto que teníamos los nativos para el uso
de la madera de los instrumentos de comunes.
Cuando
se subió al doble andamio le alcanzaron un micrófono y habló y habló sobre el
salto. Los del palo se habían dispersado y colocado en buenas posiciones para
la observación. David contó cómo se utilizaba la herramienta y que los pastores
eran los dueños de la técnica; que la culpa era de nuestra abrupta orografía, y
también que en aquellos días se intentaba recuperar por parte de algunos
jóvenes que, dicho sea de paso, no ponían tanto empeño en regresar al pastoreo.
Empezó
a saltar. Antes de cada acción definía con sus propias palabras los detalles
que la diferenciaban de la siguiente o la anterior. Intercalaba la descripción
del implemento que, como constructor especializado, conocía bien. Y por fin
llegó a la narración de ciertos desafíos que se daban entre pastores: se
suponía que tiraban una moneda y pretendían acertarle con la punta del metálico
regatón. Así que probó una vez con una moneda de cinco pesetas y erró. Probó
otra vez y otra vez erró. El murmullo del público se convertía en burla y el
exhibicionista, picado, no tuvo mejor ocurrencia que justificar lo suyo con lo
difícil que era, sin reprimirse para retar a que alguien del público lo
intentara. Muy extrañas maneras, hay que admitirlo.
Fue
entonces cuando un pibito menudo y despelujado levantó la mano y dijo que
quería probar. Era el pequeño Dimas, de La Montañeta. David, en principio,
intentó detenerlo, alegando que aquello no era un juego y se podía lesionar.
Pero algunos conocidos del chiquillo lo increparon y aseguraron que el pibe
sabía saltar. Así que el niño subió ágilmente al andamio, le alcanzaron la
lanza, se paró un instante buscando el duro con la vista y por fin saltó.
¡Clin! Sonó la moneda en el silencio y una ovación bañó el ambiente. El
pequeño, orgulloso, había cogido el duro y lo levantaba para hacerlo más
visible. El de La Matanza lo achacó a la suerte y, sin darle tiempo a nada, el
pequeño volvió a subir al andamio, esta vez cargando la lanza consigo. Se
volvió a parar arriba y, mientras el murmullo del público se acercaba al
silencio, Dimas el chico volvió a
saltar al vacío con aquella lanza «de turistas» y… ¡Clin! Repitió la hazaña.
Tuvimos que frenarlo para que no dejara en ridículo al supuesto saltador por
tercera vez.
Mientras
comíamos en el desaparecido restaurante Isla Baja, juntos los de Hirgwan y los
de Las Mercedes, no paraba de darle vueltas a lo ocurrido. Dimas el chico le ofreció el duro a su maestro
Isidro Cedrés. Este se lo dio a su hijo Benza, que por aquel entonces tenía
apenas diez años, y aún hoy lo conserva como recuerdo. Aquello se grabó en mi
memoria de tal manera que más de veinte años después no lo olvido. No sé si
David lo recordará.
Soy
de la idea de que Isidro debería cogerle el duro a Benza y grabarle un
‘recuerdo de Garachico’ o también vale un ‘Garachico’s souvenir’. Cuenta con la
gran ventaja de que no se encontrará un ‘Made in China’ ni en el recodo más
oculto.