La verdadera ayuda - Carlos Darias
La verdadera ayuda - Carlos Darias
Había una vez, en un
pueblo costero de algún lugar muy próximo, un pescador que vivía con su hijo
adolescente en una casa humilde a orillas de una playa. El pueblo había quedado
casi sin hombres tras la última gran guerra, y las calles estaban llenas de huérfanos
y viudas pobres que sobrevivían a duras penas.
El pescador salía a bordo
de su falúa acompañado por su hijo, y el mar les proporcionaba mucho más de lo
que realmente necesitaban, así que al regresar a puerto cada tarde con la barca
llena, y comprendiendo que la gente padecía por hambre, iban por las casas regalando
el pescado que les sobraba y paliando el hambre de medio pueblo.
Cada mañana zarpaban y cada tarde regresaban cargados con las capturas de la jornada. Los
hambrientos acostumbrados al reparto diario, esperaban en el puerto para
garantizar el sustento del día, y asegurar que les tocaran los peces mayores y
más sabrosos, y al recogerlo les decían:
-
¡Usted y su hijo tienen el cielo ganado! ¡Nunca
podré agradecer lo que hacen por nosotros!, ¡Gracias por no permitir que
muramos de hambre! … y un montón de agradecimientos, a los que
ellos restaban importancia y solo sirvieron para generar la ilusión de echarse
al mar a la mañana siguiente.
Durante meses, los dioses
del mar fueron generosos y proporcionaron las capturas suficientes para dar de
comer a su pueblo, y tanto el pescador como su hijo eran admirados y respetados
por todos.
Un día inesperado, el mar
dejó de dar tanta pesca y lo que antes eran generosas capturas que llenaban
prácticamente la cubierta del barco, fueron mermando y dejaron de ser
suficientes para sustentar a tanta gente. Los pobres esperaban su alimento
diario y al comprobar lo poco que había para repartirse, se peleaban entre
ellos discutiendo sobre el derecho que cada quien tenía.
Lo que antes fueron
reconocimientos y agradecimientos, se fueron tornando en insultos y desprecios.
Aunque explicaron que no tenían culpa de que los peces se hubieran ido, hubo
quien dijo que eran unos pescadores malísimos. Otro llegó más lejos y aseguró
que no traían peces porque ya no tenían interés en ayudar a nadie. Una viuda
mal encarada los llamó mamarrachos y los acusó de posponer su muerte, que ya
podían haberla dejado en la miseria, y así a esas alturas yacería en una tumba
fría y habría dejado de sufrir… En fin,
lo que en abundancia fueron parabienes, en la pobreza se transformaron en desprecios
y reproches.
El pescador seguía
saliendo al mar con la misma ilusión de antes, pero con lo que traía de vuelta,
escasamente daba para sustentar a su hijo. Así que la gente que antes admiraba
su generosidad, ahora lo acusaba de egoísta, y tanto le afectó el hecho de no
poder cumplir la responsabilidad que él mismo había asumido, que enfermó y
murió de tuberculosis, la enfermedad de la tristeza, como la llamaban por aquel
entonces.
Su hijo lo enterró solo y desconsolado con sus propias manos. Ni uno solo de los que un día ayudaron se dignó a acompañar el féretro hasta el cementerio, y su hijo enojado y rabioso ante tanto desagradecido, embarcó y marchó a otra playa lejana donde olvidarlos a todos.
Pasaron los años y el
niño se hizo hombre, descubrió que las personas no somos lo que queremos, somos
lo que podemos ser, y sin querer, tal vez porque de tal palo tal astilla, se
reconoció en las bondades de su padre, en la carencia de rencor que siempre
manifestó a pesar de tanto abuso, y un día, sin saber muy bien por qué, regresó
a la playa que abandonó enfadado con el mundo años atrás.
Tras amarrar la vieja
falúa a uno de los noráis, dio un paseo por el pueblo y comprobó que las cosas
habían empeorado desde su partida. El hambre y la miseria se había extendido
entre la gente, y el pueblo antes bello, lucía ajado y desatendido.
Tras pensarlo un rato y
recordando la experiencia de su padre, marchó a la ferretería del pueblo y
compró una caja de anzuelos de 5mm. y bobinas de hilo de seda. Luego se acercó
a la plaza y a voces convocó a la ciudadanía:
-
Los que deseen alejar a la miseria y el
hambre de sus hogares que se acerquen, pues tengo la receta para cambiar sus
vidas…
Luego, formó a todos los
reunidos y les entregó un anzuelo y una liña, y los enseñó a enhebrarlos y a
usar las diferentes carnadas. Les dijo que el mar era inmenso y si querían éste
les daría lo que se necesita para vivir. Les explicó que sería necesario
madrugar y buscar los bancos de peces con paciencia, pero si así lo hacían, el
hambre y la fatiga se alejaría de sus vidas para siempre. Después retornó a
puerto y regresó a su hogar.
Las estaciones fueron
pasando y con estas los años. Un día, cuando las nieves del tiempo cubrían su
sien, la curiosidad le pudo y regresó a su antiguo pueblo. Al llegar hizo lo
mismo que había hecho años atrás, atracó y marchó a la plaza a comprobar si
algo había cambiado. Se sorprendió al ver que no había mendigos, las fachadas
de las casas estaban renovadas y recién pintadas, había una nueva instalación a
la orilla del mar, una lonja en la que cooperaban para sostener una mercadería
floreciente y no vio hambre ni miseria por ningún lugar.
Caminando por la avenida
marítima se cruzó con un joven y le preguntó:
- ¿Qué ha ocurrido en el pueblo? La última vez que estuve la gente era pobre y pasaban hambre, sin embargo ahora parece que la prosperidad ha llegado y está más lindo, más hermoso.
El joven le explicó que
un día había venido un hombre y les dio anzuelos, los enseñó a pescar y desde
aquel día todo había cambiado. Contó que algunos acomodados, acostumbrados a
que le llevaran la comida a su casa, despreciaron las palabras del hombre y
murieron de hambre, pero la mayoría había aprendido a pescar y el mar generoso
les proporcionaba lo suficiente para vivir e incluso daba para ganar algún
dinero vendiendo los excedentes.
Aquel día regresó de
vuelta a su playa sabiendo a ciencia cierta que la verdadera ayuda nunca fue
darles el pescado, la verdadera ayuda fue enseñarlos a pescar…