Los mejores palos del mundo - Pedro González Cánovas.

Los mejores palos del mundo
Pedro Glez. Cánovas.
Sus palos siempre destacaron en las conversaciones de otros jugadores. De aspecto recio y deforme, de colores rojizos hasta aproximarse a negro y con aquel brillo que atestiguaba una pulidez extrema, daban toda la apariencia de ser excelentes palos. Estaban trabajados para desarrollar el arte ancestral de defensa y ataque que se conservaba como tradición, de origen precolonial, entre las más arraigadas costumbres canarias.
Solía
dejarlos noches enteras, cuando no se preveía lluvia, cogiendo todo el sereno
nocturno de Tenerife, como seguramente se había hecho toda la vida.
Todo
aquel proceso de curación y preparación de los palos de juego llamaba mucho la
atención al joven. Él ya llevaba un par de años disfrutando de aquella práctica
en el núcleo familiar y no perdía detalle de las conversaciones de los mayores.
Tampoco de las prácticas de cada uno de ellos que, posiblemente, debido a su
juventud o a su presunta inocencia no perdían el tiempo en ocultar nada a los
curiosos ojos y oídos de aquel alumno atento y espabilado. Por eso, el día que
a solas pidió una explicación a quien los dejaba noches enteras al sereno, su
abuela se extendió sin tapujos y se expresó abiertamente.
−Si te
fijas, durante la noche, las estrellas van corriendo sobre el manto negro del
cielo. Es siempre muy lentamente, pero no dejan de hacerlo en ningún momento.
En su correteo sufren un desgaste, de forma que cuando empieza a amanecer solo quedan
las estrellas más grandes. De ese desgaste surge un fino polvo que cae
imperceptiblemente sobre la tierra. A mí me enseñaron a aprovechar esas claras
noches para embadurnar mis palos, frotándolos, ya con la claridad del día, con
un poco de cebo para que absorban mejor la magia del cielo.
Aquello
lo impresionó profundamente y solo, sin requerimiento alguno, decidió guardarse
aquel milenario secreto para sí y para sus palos. Consideró aquella lección como
un tesoro, pues a partir de entonces supo apreciar de otra manera los palos
hechos con polvo de estrellas. Veía cómo un brillo especial los destacaba por
las noches; cómo parecían tener luz propia en la cutina; cómo se
deslizaban con facilidad inusual por el espacio e, incluso, cómo sonaban de
otra manera al menor contacto.
Él sí supo admirar de verdad las artes de su abuela desde aquel entonces. Y es que Luciana la Verga fue más que una leyenda en el Juego del Palo, fue una excelente jugadora y una persona mágica.