Nosotros no fuimos - Pedro González Cánovas
Nosotros
no fuimos
Lo cierto es que fue en 2002
cuando dicho ayuntamiento retomó la celebración que, por aquel entonces,
llevaba 62 años en el olvido, justo tras la guerra civil española.
La Librea es una
representación popular que surge en el tiempo por la mentalidad defensiva de
los habitantes del Archipiélago, debido a los continuos ataques y saqueos a los
que hemos sido sometidos, especialmente durante el siglo XVII. Consistía en la
escenificación de la batalla que se entablaba entre el Barco, que representaba
todo lo malo que nos venía por mar (como saqueos, piratas y los intentos de
conquista) y El Castillo, que representa la defensa del territorio. Lo que
nunca he entendido es por qué se le llama así, pues la definición oficial de la
Real Academia cuando cita «librea» alude a «traje que los príncipes, señores y algunas
otras personas o entidades dan a sus criados; por lo común, uniforme y con
distintivos». Y no puedo encontrar relación con la versión popular de esta
celebración.
Me contaron entonces que en
los uniformes de los soldados y su armamento se estaba trabajando desde 1997,
reuniendo datos y elaborando unos trajes que no dan fe de las milicias
populares, sino de un ejército ‘protector’ que siempre llegó tarde y mal, valiéndose
en cada histórica ocasión del empuje de los habitantes que rechazaron casi
todos los intentos de invasión, casi todos.
Fueron aquellas ganas de
llevarlo a cabo y el discurso del organizador, con su equipo dispuesto para
hacerlo lo mejor posible, lo que nos llevó a darle un sí a aquel acto. Y así
conformamos un grupo de exhibición de Juego del Palo, adecuado para lo previsto,
compuesto por personas de Las Mercedes y Arafo.
Los ensayos empezaron en
agosto, aunque habíamos tenido antes alguna reunión con Sergio García, que
dirigía la organización. Y para ello se desplazarían desde Arafo, Germán y el Chino, y desde Las Mercedes, Amanda,
Nesty, Diego y yo.
Nos estábamos perdiendo la
mitad de los mejores valores que había entre nosotros en aquellos momentos, si
bien es verdad que se trataba más de una pantomima que de una exhibición, por
lo que alegando eso se desmarcaron Mariana y Enrique, de Arafo, y Enrique, de
Las Mercedes.
Enrique, de Las Mercedes, entonces era un lujo para la
larga distancia, dentro del estilo que nosotros practicábamos. Pero también
dominaba la distancia media y la corta, obligado por la gente con la que
jugaba. Aunque claro, quien tiene tanta afición y pone tiempo y ganas de su
parte termina absorbiendo del resto hasta completarse. Sin embargo, los largos
recorridos que describían sus palos y la potencia que recibían por el camino
daban como resultado un vistoso palo que parecía encontrar buen refugio en la
distancia larga, quizás aumentado por la altura de Enrique.
Además, la agilidad de Mariana y Enrique, de Arafo; la
rapidez y sincronía de movimientos de aquella pareja, con la elegancia de
aquellos perfectos palos por debajo a cualquier altura y su desplazamiento
circular acostumbrado también se iban a quedar fuera. La chispa ingeniosa de
Mariana, una jugadora que cuando menos lo esperabas era capaz de sacrificar la
guardia por sacar una punta certera, o el intenso ritmo que podía aplicarle
Enrique, intercambiando series de palos largos, para pasar de repente a una distancia
corta, haciéndote saltar para atrás, no iban a dejarse ver públicamente en la
Librea.
Sin embargo, las tres parejas serían suficiente para
la demanda de la organización, ya que lo pretendido era simular una reyerta y
que sonaran fuertes los palos. Para eso, la pareja que venía de Arafo, el Chino y Germán, se compenetraban
perfectamente, sacando palos constantes y rítmicos que, durante los ensayos,
presionamos para que sonaran más fuerte.
Por otro lado, la que formaron Nesty y Amanda. El
primero, un hombretón desde aquel entonces, de complexión fornida y no
demasiado alto, que cumplía las cuadras religiosamente y había pulido mucho los
palos por debajo de mano del mismísimo Pedro Acosta con quien tuvo un especial
contacto, a lo que se sumaba el peculiar carácter de Nesty, que siempre fue
buena gente donde la haya. Lo demostró con una capacidad de adaptación a sus
compañeros de juego que, aunque parece quedar todo entre la otra persona y él, desde
fuera siempre lo notamos quienes lo conocemos.
Y Amanda, una de las mejores jugadoras que he conocido
—si no la mejor—, de las que siempre dio pie para afirmar que palo contra palo
da lo mismo si lo mueve un niño, una niña, un hombre o una mujer. Amanda había
dado lecciones de constancia, alcanzando una coordinación y rapidez que
parecían innatas, pero eran fruto de muchas horas de entrenamiento y permitían
que desarrollase esa otra faceta suya que era capaz de ‘regalarte un palito’ si
se veía apurada. Pero también exigirte vitalidad en el juego y que los palos
fuesen verdaderos, ya tanto en la distancia como en los puntos variados que
parecía escoger con picardía y, realmente, desarrollaba con total naturalidad y
sin maldad, pero con la experiencia acumulada por una niña que desde pequeña se
supo sobreponer y estar a la altura de los mayores, respetando y dándose a
respetar. ¡Un amor!, que se tuvo que vestir de hombre para cumplir con la
organización.
La última pareja, Diego y yo, no teníamos ningún
problema. Nosotros estábamos jugando todo el día y toda la noche si nos
dejaban. Jugábamos en casa durante horas y solo parábamos por agotamiento,
aprovechando los descansos para jugar un poco más. Nos pulimos muchas horas
juntos y éramos capaces de jugar uno con otro casi con los ojos cerrados.
Basábamos nuestro juego en una distancia corta, conseguíamos que estallaran los
palos intensamente y estábamos muy acostumbrados a espectáculos donde
acabábamos siendo el centro de atención. Al final iba a ser suficiente.
Los ensayos eran largos y
cansinos, teníamos que tragarnos las partes en las que no entrábamos y otras
donde actuamos como extras sin jugar al palo. El espectáculo duraba más de una
hora y los ensayos se alargaban más, como es lógico. Iríamos todos ataviados
con trajes de mago, exquisitamente diseñados por Juan de la Cruz, que por aquel
entonces era renombrado en ese campo.
En varias ocasiones captamos
incongruencias históricas, haciendo partícipe de ello a la organización, aunque
siempre nos toreaban y justificaban que querían un ejército uniformado en vez
de una milicia, con el trabajo histórico y manual que había llevado la
elaboración de los trajes. O el hecho de que cuando la milicia salvadora
—vestida como ellos querían— entraba tras rechazar el Barco, lo hiciese
mientras sonaba el himno de España, con lo que mostramos total desacuerdo. Les
explicamos que la anterior celebración, la de 1940, se había llevado a cabo sin
que dicha música existiera, pero alegaban que no tenían nada más representativo
como himno y parecía que nos lo tendríamos que tragar.
Lo cierto es que el grupo de
Juego del Palo destacaba entre las 400 personas que iban a participar. No solo
por nuestro carácter alegre o reivindicativo, sino porque el número para el que
habíamos sido requeridos era una chispa de vida en una recreación que a todas
luces se podía hacer larga.
Había una parte basada en los testimonios de Antonio Pereira Pacheco, cuando
detalla que «se escenificaba La Librea tanto en la víspera por la noche como en
la procesión del día principal». Los naturales lo hacían en medio de una fiesta
que en Canarias asociamos con comer y beber, antes de la llegada de la milicia
y los actos eclesiásticos. De tal forma, el escenario era toda la plaza del
Ayuntamiento, que quedaba cercado por unas mesas llenas de vino y comida, con
nosotros dispersos por ellas, mezclados entre magos y magas que se supone
disfrutaban de las fiestas. En la recreación del juego, de repente, en una de
esas mesas surgía una especie de tensión entre Diego y yo, en la que se metían
mujeres en medio, hasta que yo le volcaba encima el vaso a Diego y provocaba
una auténtica reyerta con palos. La iniciábamos nosotros dos y se sumaban
después otras dos parejas. Hacíamos saltar chispas de los palos hasta que
éramos atajados por la multitud, acabando con una escena que en verdad despertó
a los presentes y consiguió la satisfacción de organización y participantes, lo
que nos llenaba de orgullo.
Como teníamos un pequeño hueco, hasta volver a entrar
en escena, en esta ocasión ataviados con antorchas, Germán, Nesty y yo
aprovechamos para ir a tomar una cerveza y volver rápido. Pero se ve que no fue
lo suficientemente rápido, lo que empeoró que nos equivocásemos, primero de
puerta de entrada y, en lo que tardamos en corregir, acabamos quedándonos sin
poder salir con las antorchas en la mano. Ya estaba el resto colocado en sus
puestos y nosotros en la puerta.
Aquello apenas se hubiera notado si no fuera porque
cuando iba a entrar la milicia y sonar aquella música infernal, saltó una
chispa en algún rincón, dejando el espectáculo sin corriente y, como única
iluminación, el fuego de las antorchas que dejaban dos hileras en los laterales
del Ayuntamiento, en uno de los cuales ahora, en silencio, se añadían tres
luces más. Germán, Nesty y yo no sabíamos si reírnos o echarnos a llorar, lo
que no podíamos hacer ya era salir corriendo, y menos cuando no habíamos tenido
nada que ver con el incidente. Lo que sí nos repetíamos unos a otros era «a ver
cómo decimos ahora que nosotros no fuimos».
Al final, transcurrida una
hora, se encontró el fallo técnico y, agotados, aguantamos hasta el final. No
se nos comentó nada personal de lo ocurrido, no sé si por interpretar que
sobraba o porque el analfabetismo político afecta a las memorias y, quizás por
eso, Sergio García nunca nos volvió a llamar.