¡Qué te pierdes Pedro! - Benito Pérez Armas
¡Qué te pierdes Pedro! - Benito Pérez Armas
¡Que te pierdes Pedro!1 I «¡Valientes dos cachos de hombre! ¡Lástima que no se den una pechaa pa ver cual es el que se queda en el terrero!»; exclamaban infaliblemente todos los que conocían a maestro Pedro y á tío Antonio el de Tacoronte, famosísimos valentones que manejaron sus estacas allá por los comienzos de la presente centuria. Maestro Pedro el cantero, como lo llamaban por tener el oficio de labrante, era hombre de buena estatura, de cuerpo recio y musculoso aunque cenceño, y de muy pocas palabras. Todavía magallote ya gozaba prestigio en el terruño nativo, por los tremendos garrotazos que repartía y por la agilidad con que evitaba los de sus contrincantes. Los doctores de la guapeza y los maestros en el arte de tirar al palo, le habían profetizado por si continuaba la senda emprendida llegaría á ser todo un hombre; y él, lleno de fervor, puso cuanto estaba al alcance de sus puños y caía bajo la jurisdicción de sus alientos, para no defraudar esperanzas tan halagüeñas. Todas las vísperas de las fiestas le quitaba el polvo á su garrote de membrillero y como si fuera á cumplir voto sagrado, se ponía en camino, no á requebrar mozas ni á correr parrandas, como otros, sino á ver si se presentaba ocasión de dar unos toquitos para «ensayar una punta ó medir las costillas á determinado jaquetón que escupía por el colmillo». Después de visitar varios años la festividad de San Lorenzo, en el Valle; del Señor de la Salud, en Arona; de San Agustín, en Vilaflor; de San Luis, en Chiñama; de San Antonio, en Granadilla, y del Arcángel San Miguel en el pueblo de su nombre, conquistó maestro Pedro tal reputación, que desde el convento de Abona, por oriente, hasta traspasar la casa solariega de los señores de Adeje, por occidente, nadie se le ponía delante en son de camorra. ¡Cuidado que en aquellos tiempos era peliagudillo llegar a ese caso! Pero, cómo el decía; buena colección de jetas como jemes y chochufos como brembillos le habían costado… Su fama creció de tal suerte que siendo las Bandas del Sur poco espacio para contener tanta paliza, se había desbordado, digámoslo así, por la Región del Norte, amenazando invadir toda la isla. ¡Y eso era imposible! ¡Un chasnero venirles con fanfarronadas á los del Norte! ¡Era necesario meterle el resuello pa drentro! ¡Pues no faltaba más! Tío Antonio el de Tacoronte se había encargado de ello. «¡Irle á él con cherches del Sur: se necesitaba no tener vergüenza!» Era el tal hombre de malas pulgas, que tenía sólida fama de guapo en todo el Norte de Tenerife, y se ganaba la torta vendiendo por esos mundos corriales y corambres de zuela cruda. Espoleado por el prurito, que siempre tuvo de no tolerar fama ajena y como era ajoto, requirió su garrote de duraznero, se echó encima los bártulos del oficio, y cátalo con el caquero á medio lado, camino de la fiesta de San Miguel. Iba á pasar por el brimbe al valentón del Sur, y así lo decía tan rufo como persuadido de que era cosa de 1 B. PÉREZ ARMAS. “¡Que te pierdes Pedro!”. Gente Nueva, 21 de mayo de 1900 (págs. 3-5); La Opinión, 11-12 de junio de 1900 (págs. 1-2). [Buscadores: “Jable” de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria y “Maresía” de la Universidad de La Laguna]. 4 llegar y bebérselo mesmamente que si fuera un jarro de agua de la pila... ¡Ya!; ¡lo tenía hecho tantas veces con otros pájaros forfolinos que le habían salido al encuentro!... II La plaza de San Miguel estaba rodeada de ventorrillos hechos con palos y muselinas de á fisca. La fiesta prometía no terminar hasta bien entrada la noche. Cerca de la iglesia, en medio de un gran corro, se bailaban izas y más izas, mientras una vieja desgreñada, con voz vinosa, balanceándose á compás, cantaba el siguiente estribillo: «Por esa calle abajo va una gallina con el huevo en el rabo la muy endina.» Casi en frente varios mozos y mozas, cubiertos de sudor, se hacían rajas al son de las vihuelas apechugando con un interminable rosario de folias. Allí estaba el famoso cantador Panchito el iscuelero, entonando á la sazón esta copla: «Lagarto verde y pintao sorraballao en el risco, disgraciada la mujer que te mira pal jocico.» A más distancia era el tajaraste lo que privaba. Unas cuantas docenas de personas de ambos sexos, sin distinción de clases ni categorías, saltaban como poseídos de espíritus malévolos ó picados de la tarántula. Tales eran las risotadas y los gritos, que apenas se oían al compás de un resoplido enorme y entrecortado, estas palabras: «No le jago mal tía Mariya que yo no tengo con qué; que lo que yo teniya me lo ruyó un perinquén.» Todo era allí movimiento, alegría y algazara. Los quejidos de los tiples, heridos brutalmente por manazas de cabador, resonaban por encima de todo como voces infantiles, con sonsonete pedigüeño. Tío Pedro el cantero y el de Tacoronte se tropezaron en un ventorrillo que daba frente por frente del teatro de muselina pintada, donde se echa la comedia. Ambos, sin saludarse ni cruzar palabra, permanecieron algunos minutos en pie bebiendo á sorbitos la obligada copa de mistela, y apoyados en sus palos de reglamento, es decir que les llegaban por el hombro. No estaban bebidos, ni esa era la cuenta, y se husmeaban mutuamente como dos perrazos que van á decidir cual tira mejores dentelladas. De pronto el de Tacoronte, mirando de cabo á rabo á maestro Pedro, le dijo en tono provocativo: —¿V. es? Y tío Pedro contestó en igual forma: —¡Yo soy! Sin más retos ni más palabras, tomaron campo enarbolando los garrotes y se armó una de «no te menees». Las gentes acudieron solícitas para ver el choque de aquellos dos maestros en el arte de jugar al palo, pero se les maguó el gusto, porque el chasnero, sacrificando el lucimiento de reglas y filigranas á la presteza del porrazo, le 5 atizó uno tan soberano á su rival, que le dejó tendido, al decir de los expectadores, «con los ojos saltándosele del casco.» Mucho se complacieron de lo ocurrido, los del Sur, pero no por eso dejaron de levantar al Tacorontero y de llevarlo á una casa vecina, donde con unos tragos de aguardiente y «dale que te estrego con vino de romero» lo «empelecharon» lo bastante para que se volviera á sus patrios lares con las manos en la quijada de abajo, «ocultando un verdugón como una muñeca»... Iba muy amostazado y jurando tomar el desquite con creces. Maestro Pedro, como si nada hubiera pasado, se volvió al ventorrillo, á charlar con la dueña, apetitosa y razonada fruta que muy pronto le pertenecería, pues ya le habían «tirado del coro», dos de las tres veces que son de rúbrica. Al llegar, rodeado de admiradores, su novia le dijo: —¿«Que tal? Parece que le aprestastes bien las clavijas. «Ya tiene pernil pa rato, si quié roer...» Maestro Pedro sonrió despreciativamente y dijo: —«Le quice enseñar una punta, pero no pude: El hombre no vale un jigo y al primer viaje se fué de varetas»… ¡«Pa ese norte no hay más que fanfarria y familiaje alegador!...» III Cosa de un año llevaba el Tacorontero en acecho de ocasión para vengarse del palo de la fiesta de San Miguel y nunca la lograba. Un día, por fin, supo que el maestro Pedro iba á la Orotava pasando por la cumbre, y se puso en camino acompañado de dos amigos de mano dura y alma atravesada. Ya no era la cuestión ventilar un pleito de guapos, sino el propósito inquebrantable de atizarle al maestro una terrible paliza. Era por filo más de media noche, cuando el maestro Pedro, que ni en sueños sospechaba lo que iba á sucederle, abandonó á San Miguel en compañía de su costilla y con las alforjas colgadas del indispensable palo de membrillero. Hacía una luna expléndida, y los caminantes con el paso sostenido de los montañeses adelantaban terreno que era una bendición, por más que al apechugar algunas cuestas se detenían con el pretexto ya de atar la correa del zapato, ya de encender la cachimba, á fin de cobrar ánimos y descansar unos minutos. De esta suerte, y con tales respiros, fueron venciendo algunas leguas de tierra labradía, lomos calvos, barrancos, laderas y arenales... Allá á la madrugadita, cuando la aurora rompe su broche de oro y un remusguillo cortante como un acero afeita que es un primor, llegaron á Guajara, sitio donde todo viandante se detiene á dar un tiento al barrilete de vino rubio como las candelas, y echar el gainás de gofio á título de frugal é inocente desayuno... Quien á tales horas no haya parado por aquellos lugares no sabe lo que es un panorama sublime. Mirando hacia el sur se ve en el lejano horizonte, suspendido entre cielo y tierra, lo que los pastores llaman el mar de los herreños. Una serie de nubes vaporosas, de una blancura nítida, que semeja un océano albo de aguas blandamente rizadas por las caricias del cierzo... Un toldo hecho por Arcángeles con blondas de espuma. No puede darse nada más fantástico... La flotante masa se abre algunas veces formando túneles misteriosos, en cuyo fondo se ve ora el verde de los campos de la costa, ora las aguas azules del Atlántico, ora caseríos borrosos de extraña perspectiva... El sol envía sus primeras agujas de fuego, que centellean como ascuas de oro, y gradualmente los 6 tonos se van juntando, fundiéndose, hasta que se admira una blancura ardiente inflamada, fascinadora, magnífica... Dando unos cuantos pasos en dirección al norte, el paisaje varía por completo, y los nervios del expectador se estremecen inevitablemente en una sacudida violenta. Durante unos segundos los ojos quedan fijos, con mirada absorta, mientras el espíritu parece vagar desligado de la materia... Es la impresión del abismo que forma el gran cráter de doce leguas de circuito, en cuyo centro se levanta el inmenso cono del Teide que, visto á tan corta distancia, obliga á pensar en como la isla no se hunde bajo aquella mole violácea que sube hasta tocar las nubes. Por el pie del acantilado que forma la muralla del antiguo cráter, se encuentran las Cañadas, imponentes y áridas extensiones de terreno inculto. Ante aquellas soledades muertas, el espíritu se siente agobiado y necesariamente se medita en la pequeñez humana. Todo duerme y solo se oye el balido de alguna cabra salvaje que espantada levanta su cabeza para mirarnos fijamente, y el aleteo acompasado de los cuervos que se alejan perezosos como sombras que se van disipando con las distancias... Por tales parajes iban el chasnero y su costilla, cuando, al doblar un peñasco, se encontraron con los tres agresores. Velozmente se hizo cargo de la situación maestro Pedro, tan pronto como hubo conocido el de Tacoronte, y dando un salto al mismo tiempo que dejaba deslizar las alforjas por la espalda, le atizó un palo á su querida mujer en el nacimiento de la oreja derecha, con tal acierto que la hizo caer sin sentido. Este tan rápido como inesperado suceso dejó estupefactos durante unos segundos á los tres aparecidos, y maestro Pedro, aprovechando la oportunidad, tiró un palo de abajo arriba al más cercano de ellos, derribándole por tierra. Luego, con más viveza que se dice, acudió á atajarse un garrotazo del otro de los compañeros del de Tacoronte, y al mismo tiempo dejó correr su palo hasta la frente del enemigo para darle un terrible puntazo y hacerle también rodar. Enseguida saliéndose del terrero con presteza y actitud garbeante, dijo á tío Antonio: —«Ora los dos solos como es de reglas.» El maestro Pedro se proponía darle a su enemigo una paliza atroz y conforme á todos los principios del arte. Por eso no le atacó enseguida sino que antes bien le dejó reponerse de la sorpresa que todo lo visto le causara. Esta conducta no era hija de la hidalguía y la generosidad, ni mucho menos, sino de esa altivez fanfarrona de los guapos, de ese garbo soberano del que no conoce igual en achaques de valentía. Era tío Antonio corajudo, cañoto y jugador de palo largo, mientras el chasnero, listo como una centella, no cumplía con las cuadras en terreno fijo, y tiraba á «entrambas manos» según los principios clásicos de los guanches tinerfeños, «de trozo y punta» sin excluir los «palos corridos». El primero de los citados contendientes, pertenecía á la escuela majorera, de «juego, abierto» en que domina el molinete y «palo largo» sistema mejor para defensa que para ataque, y en el que si bien los efectos son terribles cuando alcanzan, la velocidad está sacrificada á la potencia y los cuerpos se descubren más de lo conveniente. El segundo, esto es, maestro Pedro, era discípulo de la escuela genuinamente tinerfeña, en que el juego es cerrado, ligan más los garrotes, el 7 «desande» es rápido, privan los amagos y tan pronto se hace el quite con un extremo del palo, como se ataca con el otro. Este sistema exige hombres muy ágiles, perspicaces y de gran presencia de ánimo, cualidades en verdad no muy difíciles de reunir. Ni al maestro Pedro ni á tío Antonio les faltaban, y por eso se arremetieron con las de Caín y sin pronunciar palabra. ¡Extraño lance de honor aquel, librado en las Cañadas y en una soledad que penetra los nervios con escalofríos de horror!... No son para referidos los detalles del encuentro; baste decir que el chasnero, por esa siniestra complacencia del gato que antes de devorar al ratón juega con él hasta cansarle, después de hacer sudor la gota gorda á su enemigo «pá demostrarle que no era nadie á su lado en cuanto á jugador de palo», le atizó un porrazo descomunal en el mismo sitio que le había dado el primero, «pa que de una vez aprendiera la punta». Personas hay que afirman que el Maestro Pedro remató la hazaña quitándole las armas á los vencidos y dándoles en los tobillos sendos garrotazos, á fin de que no pudieran «pisarle los talones» mientras estuviese en el camino… Lo cierto es que cuando pudo reanimar á su mujer con sorbos de vino, soplidos en los ojos y tal cual beso en los labios, se puso nuevamente en marcha dejando como difuntos á los tres valentones, «que habiendo ido por lana salieron trasquilados». La noticia de lo sucedido se aventó al poco tiempo por todo el Sur, y las gentes andaban muy alcanzadas de paciencia por conocer los motivos que tuvo maestro Pedro para comenzar la célebre aventura dándole el primer golpe á su querida esposa, pues él no aclaraba el misterio y ello parecía conforme con lo sucedido, á juzgar por la sonrisa maliciosa con que contestaba á las acometidas de la curiosidad callejera... Cierta tarde, un señor de San Miguel, á quien maestro Pedro guardaba muchos miramientos, después de darle al cantero algunos vasos de vino añejo del de la pipa «santa», le formuló, en términos apremiantes, la pregunta que todos, como queda dicho, venían haciéndose. El maestro se echó entonces el último sorbito, se rascó la cabeza y dijo: —«¿Señor, pa qué me pregunta eso? ¿Pues sumercé no sabe lo que son las mujeres?... Si yo no le arrimo el toquito á la mía, se me cuelga gritando: ¡que te pierdes Pedro!, ¡que te pierdes Pedro! y de sofate nos dan una chafeña de palos que nos muelen los cuerpos como asimites.... Lo cual con un variscasito todo tuvo remedio...» Quedóse el interpelante admirado de la perspicacia del maestro Pedro, y como contara á varias personas lo sucedido, desde aquel día se hizo proverbial la grase: «¡que te pierdes Pedro!» con que encabezamos las presentes cuartillas.
B. PÉREZ ARMAS.