EL SINDROME DE ANTEO - por Dimas Yanes.

 



             EL SINDROME DE ANTEO

Vivo en un Archipiélago/ donde se perdió la razón/ y la gente se muere/...

Cuenta la mitología griega, y la bereber también, que Anteo era un gigante, hijo de Gea (La Tierra), que aumentaba su poder al entrar en contacto con la tierra, y lo perdía cuando se alejaba de ella. Por ello, Hércules pudo vencerle, ya que lo mantuvo en el aire mientras lo asfixiaba.

A partir de esta leyenda, y tras leer la obra de Carlos Darias desde sus primeros borradores, me inventé un “Síndrome de Anteo”, como resumen de la enfermedad que afecta a estas Islas.

Los síntomas del Síndrome de Anteo son variados, y en ocasiones pueden llegar a confundirse con infinidad de enfermedades mentales, sino fuera porque afecta a una sociedad completa. Pero podemos resumirlos en una serie de hechos que hacen que Canarias, como Anteo, sufra el alejamiento de la tierra, la ruptura del vínculo que nuestros mayores tenían con el suelo que los sustentaba, y es por eso por lo que nos debilitamos cada día, como individuos y como Pueblo. Uno de los síntomas más claros para mí, es que cada día que pasa me parece desconocer más esta tierra y a sus gentes, casi ningún paisaje es ya como yo lo recordaba hace sólo unos años. Al mismo tiempo, las cosas que hace la gente, sus reacciones y aquellas cosas que las hace moverse me parecen cada vez más ajenas a lo que yo conocí, a las esperanzas y anhelos que nos guiaban hasta hace bien poco.

De hecho, hace unos meses, mientras diseñaba unos carteles para una exposición en un antiguo molino de agua de La Palma, me sorprendí escribiendo que “el gofio era el alimento básico de los canarios”, o “mientras realizaban la molienda las personas cantaban estribillos populares”, es decir, me di cuenta que todo lo que redactaba lo hacía en pasado.

Lo que ha ocurrido es que, en una generación, pasamos de ser una comunidad pequeña y casi autosuficiente a ser una sociedad opulenta, desestructurada, formada por “niños chicos” que lo queremos todo, y lo queremos al momento, sin contrapartidas y sin responsabilidades. Nos hemos olvidado de una máxima del personaje central de la novela de Carlos:

“Las cosas que valen la pena en la vida, suelen demorarse y requieren que pongamos algo de nuestra parte”.

Escribiendo esto recuerdo que mientras le dábamos vueltas al momento histórico en el que se situaba “Atacayte, el valeroso”, a Carlos y a mí nos gustaba creer que, en la época de Atacayte, los ancianos “chaureros” seguramente contaban a los niños, a la luz de la lumbre, historias sobre como Achamán no quería que los guanches fueran muchos, ni que sus rebaños fueran numerosos, de forma que siempre se mantuviera un equilibrio, un vínculo, entre la población y los recursos del territorio.

Sin embargo, hoy en día nada tiene medida en estas Islas, queremos que todo lo que nos proponemos para un lugar tan estrecho sea “lo mejor y lo más grande del mundo”, queremos autopistas que lleven a todos lados, aparcar en la arena si vamos a la playa, o a la sombra de un pino si queremos visitar el monte, y dejar allí nuestra basura, pero también exigimos encontrarlo todo limpio cuando volvamos otra vez, como buenos “amantes de la Naturaleza”, montados en nuestro coche, moto o quad, ¿o es que alguien tiene derecho a impedírnoslo?

Nos desenvolvemos en un modo de vida que es una auténtica espiral de locura. En Canarias quemamos 250 litros de petróleo...cada segundo, producimos 2 kilos de basura por persona y día, vivimos a nivel europeo con sueldo marroquí, porque en nuestra alienada concepción del mundo, en la realidad virtual, muy alejada de la virtual realidad, en la que vivimos, “somos ricos”.

El “Síndrome de Anteo” se debe a que ya no sacamos la comida de la tierra, no tenemos que esperar por los ciclos naturales para obtener las cosas, ni sacrificarnos. Parafraseando de nuevo a Don Damián:

“Y en busca de esa comodidad nos fuimos alejando cada vez más de una forma correcta de vivir. Empezamos a inventar todo tipo de aparatos para vivir más cómodos, y con el tiempo nos olvidamos también de nuestra esencia como seres humanos, y comenzamos a concebir la vida como un ejercicio de comodidad, nos fuimos olvidando del vínculo que nos unía a la tierra. Y así nos va.”

Frente a esto hace falta que un “contador de historias”, como Carlos Darias, nos remueva la conciencia de una forma directa y, aunque parezca indicarnos el camino de Fray Luis de León: “que descansada vida/ la de aquel que se retira del mundanal ruido/ y toma la escondida senda/ que han cogido/ los pocos sabios que en el mundo han sido”; o el de Bethencourt Afonso “retirarme del mundo y vivir como un guanche”, no es así; porque Carlos, como otros muchos defensores anónimos de esta tierra, es de los que no se rinden en su compromiso con este Pueblo , por más que las cosas parezcan no tener arreglo.

Pero esto que digo dista mucho de representar una concepción romántica de su labor, porque el bregar por un mundo más equilibrado es hoy una cuestión de supervivencia. Carlos sabe que cuando se grita “sálvese quien pueda”, es que ya no hay salvación posible para nadie.

A todo esto, todavía no he cumplido con el protocolo propio de un prólogo o una presentación de un libro, es decir, casi no he hablado aún de la novela.

Para ello, me valdré de una anécdota ocurrida en una rueda de prensa en la que Woody Allen contaba que, tras realizar un curso de lectura rápida, había conseguido leer “Guerra y Paz” en una mañana. Un periodista le preguntó si había conseguido captar la compleja trama de una novela tan larga en tan poco tiempo, y el genial cineasta contestó: “Por supuesto, “Guerra y Paz” trata de Rusia”.

Pues así es, “El vínculo perdido” trata de Canarias, y por encima de todo, nos habla de decisiones que nos permiten mantener algo de dignidad, cuando menos personal, en un mundo en el que todo, tiene un precio expresado en dinero. También trata sobre como conservar la higiene mental, a la espera de que algún día, en un “ataque de cordura”, los habitantes de Canarias y de todo el Planeta, decidan cambiar el rumbo y desviarse de la ruta que lleva al fondo del precipicio.

            Puerto de la Cruz, a 04 de agosto de 2020.

                                                Dimas Yanes

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