Tenerife: el gran atasco atlántico




Tenerife: el gran atasco atlántico.

Editorial Abalone Delveaux Mickelsen. Santa Cruz de Tenerife. 26 de abril de 2025.

Ya no viven, circulan. Bueno, "circular" es un verbo generoso para describir esta errancia motorizada, este lento suicidio a cielo abierto que llaman TF-5. Tenerife ya no respira: tose, bocina, parpadea desesperadamente.

Cada mañana, 109 473 coches se arrastran en apenas unos kilómetros de asfalto, en un admirable ballet de frustración. Ya no se sabe quién avanza y quién espera su muerte. En la cima de esta epopeya trágica, las autoridades agitan los brazos como pequeños semáforos histéricos, jurando que mañana —¡sí, mañana!— llegarán los autobuses eléctricos, los tranvías voladores, los túneles cósmicos de Erjos. Mañana es su forma educada de decir: nunca.

En la TF-1, el espectáculo tampoco mejora: Radazul, Güímar, Los Cristianos... todos estos nombres suenan hoy como estaciones terminales de un inmenso asilo de automóviles. Allí envejecemos en nuestro SUV, meditando sobre el absurdo de la existencia mientras vemos avanzar un centímetro la fila de enfrente. Los atascos de Tenerife son como Sartre, pero con retrovisores.

La isla alberga ahora 840.000 vehículos para menos de un millón de habitantes. Un día —no muy lejano— habrá más coches que guayaberos, más bocinas que lagartos. Muy pronto aparcaremos a nuestros hijos en la escuela y a nuestras abuelas en el hospital, porque ya no quedarán aceras.

Y no hablemos de los turistas: esos bárbaros alegres desembarcan por millones, arramblan con los últimos Twingo polvorientos y se lanzan, como nosotros, a la gran papilla de chapa ardiente. El turista en Tenerife ya no descubre el mar: descubre el freno de mano.

Mientras tanto, en los rincones olvidados de la isla, en Lomo de las Bodegas o El Bueno, algunas almas libres aún conducen sin pelearse. Pero que nadie se engañe: si sobreviven, es sólo porque nadie sabe dónde están.

Tenerife fue un paraíso. Ahora le queda la triste belleza de una postal que uno mira esperando que el semáforo se ponga en verde. Sí, Tenerife se ha convertido en la isla donde se nace en un atasco y se muere entre bocinazos. Ya no es un lugar para vivir: es un lugar para frenar.

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