El Dios de Spinoza. Carlos Darias - (Fragmento del Vínculo)

El Dios de Spinoza. 

En fechas de Semana Santa, las calles de La Laguna se engalanan con cintas de colores en las ventanas y se respira cierto ambiente de liturgia. Al salir del mercado, que por aquel entonces estaba ubicado junto a los juzgados, nos encontramos una larga fila haciendo cola para visitar la sepultura de la monjita incorrupta a la que muchos isleños rinden devoción y cada año por esas fechas la visitan. Me pareció curioso y se lo comenté a don Damián.

- Tantos buenos sentimientos hacia una muerta y tan pocos hacia los vivos. - le dije molesto por lo que siempre me pareció hipocresía religiosa pero no hizo ningún comentario, se limitó a seguir su camino por la calle Herradores hacia la Catedral. Llegando a la iglesia nos cruzamos con la Cofradía de Hermanos del Cristo Redentor, empaquetados con trajes y una banda en el hombro, repeinados y pulcros. Siempre había rechazado a esas organizaciones que centran sus actividades en alabanzas y boberías, cuando realmente vivían ajenos al mundo en su burbuja santurrona, dejando todo en manos del Señor. Hacía tiempo que rechazaba a la Iglesia y la responsabilizaba en gran medida de lastrar el desarrollo de las personas, atrapadas desde la infancia entre amenazas, temores y castigos. Así que volví a insistir en mi comentario.

- ¡Si Jesucristo levantara la cabeza!

Don Damián volvió a mirarme pero guardó silencio, en el tiempo que llevábamos juntos pocas veces habíamos hablado de Dios. Por su forma de ser y porque lo había oído argumentarse desde el desprecio a la Iglesia, automáticamente lo convertí en ateo. 

Retornamos en silencio subiendo la carretera de las Mercedes, y al llegar al Mirador de Jardina me pidió parar a comprar rosquetes en un furgón ambulante que los vendía en el aparcamiento. Al apearnos del coche a estirar las piernas echamos un vistazo desde la baranda que protege el mirador, las vistas eran impresionantes. Mirando hacia abajo, la Vega, preciosa y fecunda. Al este, la masa verde que cubre los montes con árboles antiguos como el hombre. Al oeste, las laderas del valle de Güimar que se prolongan hasta el mar y la ciudad de La Laguna. Al norte, el majestuoso Teide en las alturas sobre las cumbres de Taoro, y al sur, las costas de Añaza. Allí, ensimismados por el paisaje estuvimos unos minutos disfrutando de la belleza que se presentaba ante nosotros. En un momento dado con la vista perdida al norte, preguntó.

- ¿Qué piensas? ¿Qué esto se hizo solo?

Me quedé contrariado por la pregunta, me cogió por sorpresa y no supe responderle. Cuando quise decir algo me cortó para que pensara antes de hablar y no dijera por decir, y me animó a comprar unos dulces antes de continuar camino a su casa. 

A la llegada preparó algo de comer y nos sentamos a terminar unos palitos que tenía a medio hacer. Los había pasado por la hoguera y separado la corteza, los enderechó metiéndolos en un tubo caliente, y ahora llegaba la hora de encalarlos con cal y vinagre macho para cerrarles el poro y conservasen la flexibilidad, así que con unas brochitas deterioradas, mil veces utilizadas y despelujadas, los pintamos con una especie de crema líquida que dejaba el palo blanco y polvoriento una vez se secaba.

- ¿Usted cree en Dios? - pregunté directamente.

El viejo me miró y demoró un instante antes de responder.

- Claro, no tengo la menor duda de su existencia. Lo que no sé si será el mismo Dios de los otros. Al mío lo veo cada día, se manifiesta ante mí grandilocuente y justo. A veces, lo veo en el recodo del barranco, en la ola que rompe sobre la arena de la playa, lo he visto entre el claroscuro del monte y en el canto de las aves. Lo he reconocido en la voluntad de Remigio, en cada amanecer y el siguiente anochecer, en el crecimiento de los niños y en todas las personas está presente el aliento de Dios. Nunca he necesitado buscarlo en templos, ni siquiera le pido nada, no me gusta molestarlo con mis cosas, me dotó de todas las herramientas para que me ocupara yo mismo y nunca depositaría nada en sus manos teniendo yo manos propias ¿No te parece?

Luego, colocó el palo apoyado sobre unas cañas y continuó su exposición.

- La miseria humana, su estrechura de mente, su ignorancia y su inmenso ego, hizo que humanizaran a Dios. Necesitaban que se les pareciera y satisfacer con el detalle su importancia personal. Así pues, le pusieron sus rostros y sus cuerpos pero en una versión más elevada, rozando la perfección, sin darse cuenta que lo tenían delante lo hicieron invisible escondiéndolo en sus templos y catedrales en el interior de figuras de escayola. 

Si no eres capaz de ver a Dios en la naturaleza, en tus hijos, en la alegría de la gente, no lo busques en templos porque no lo vas a encontrar. - hizo una breve pausa y añadió - "Dios es una vibración, una energía presente en cada movimiento del universo. Es todo, y a la vez, no es nada"

Aquella exposición me llamó poderosamente la atención. Imaginarme a don Damián creyente me chocaba. Aunque sabía que era un hombre espiritual, su rebeldía me hacía creer que negaría la existencia de Dios o adoptaría una posición irrebatible, incuestionable, como solía hacer. Recordé que una vez me había pedido no confundir a la Iglesia con Dios pues nada tenía que ver una cosa con la otra. La Iglesia, según sus propias palabras, era una organización manipuladora, empresarial y mafiosa que se había servido del engaño, el miedo y la mala interpretación da las Escrituras para controlar a la gente. Cualquiera conocedor de la Historia sabe cuántas guerras se han librado en nombre de Dios. - La Iglesia no se creó con el Nuevo Testamento y Pedro, - dijo - la fundó y legalizó Constantino, un romano, con el único propósito de controlar, atemorizar y dirigir a las masas. Unos cabrones desde su fundación.

Luego, entró en casa y unos minutos después apareció con un libro en sus manos. En la portada se podía leer el nombre del autor, Baruch de Spinoza.

- Yo aprendí a leer tarde y en aquella época pensar estaba prohibido, y manifestar cualquier idea fuera del orden preestablecido te podía costar un buen paquete. Los libros que te alentaban a leer sobre ideología, eran los propios del pensamiento rancio español de “una, grande y libre” por la gracia de Dios. Te hablo de Menéndez Pelayo, un personaje tenebroso de pasillos mentales estrechos y sobre decorados, o Cánovas del Castillo, un monárquico esclavista que negaba el derecho a sentir otra cosa que no fuera España. Así que, cuando llegaba a mis manos un libro que me abriera una visión diferente a la establecida, lo valoraba. Evidentemente no nos gustaba aquel régimen encorsetado que te privaba de libertad de acción y pensamiento, y porque ya desde aquel entonces sentía mi tierra, y había sido testigo de mucho abuso. - hizo una breve pausa, como recordando, y continuó su relato - Por aquellas fechas retornó de Cuba Ezequiel, el hijo del maestro de Taganana, y trajo consigo un montón de libros que disfruté muchísimo. Había libros sobre plantas medicinales y poemas de José Martí, de la participación isleña en el bando Mambí y un montón de partituras de música cubana. También El Libro Rojo y el Vacaguaré que me mostraron cosas de las que no tenía ni idea y entre todos ellos estaba este. Spinoza fue un adelantado a su tiempo y a la vez un pelotudo, pues defender estas ideas en su época no era moco de pavo, había que tenerlos bien puestos. Cuando lo leí, aún no había decidido qué hacer con mi vida, por aquel entonces aún quería saber. Así que Spinoza me abrió la mente al respecto del sentido y propósito de las religiones. 

Me extendió el tomo y me animó a ojearlo. Continuó explicando que una vez había leído que cuando preguntaron a Einstein si creía en Dios, respondió que creía en el Dios de Spinoza porque era idéntico al orden matemático del universo.

- Spinoza describe a un Dios diferente, puro amor, nos invita a ser libres, a salir de los templos y disfrutar de la vida pues creó el mundo para nosotros. Nos explica que su morada no está en el interior de las iglesias por grandes y lujosas que las construyan, su hogar está en los bosques, montañas, en las playas y rompientes donde se expresa con toda su grandeza. El Dios de Spinoza pide que nos quejemos menos y pasemos a la acción responsabilizándonos de nuestra vida. Quiere que sepas que no te juzga ni guarda opinión alguna sobre ti pues sabe que en una vida hay bueno y malo, y está cansado de que lo culpen de todo lo que les pasa, pues nunca les dijo que hubiera nada malo en ellos. Estaba bien ser como eran sin compararse con nadie, pues cada persona tiene que andar su senda y nadie puede hacerlo por él. Nos invita a gozar del sexo y de todo lo que ha puesto a nuestra disposición. Los límites nos los pusieron otros que nada tienen que ver con él.

El Dios de Spinoza no es un vigilante cabrón, pendiente de hacernos pagar nada ni castigarnos entre las llamas del infierno. Simplemente no tiene opinión sobre nada ni nadie. Nos anima a pedir menos perdón ¿A cuenta de qué vas a pedir perdón por vivir? Por disfrutar de nuestras pasiones, limitaciones, placeres, sentimientos, necesidades e incoherencias, si fue él quien nos hizo así ¿Qué tipo de Dios sería si hiciera eso? ¿Merecería nuestra devoción si nos tratara así? En definitiva, nos propone ser buenas personas, hacer buenas acciones y todo lo demás es pura manipulación, ansias de poder y una herramienta para acojonar a las personas, y una vez te acojonan porque te lo inculcan desde chico, hacen contigo lo que quieran. Yo también creo en el Dios de Spinoza y no lo meto en mis asuntos, me valgo solito.

Qué yo, un estudiante de Filosofía, estuviera recibiendo aquella lección de manos de un hombre que, según él aprendió a leer tarde, no dejaba de ser cuanto menos curioso. Pasamos la tarde echando puntas y practicando en el terraplén que tenía delante de la casa sin cruzar palabra, como si estuviera dándome tiempo a concebir a Dios de otra manera, según sus propias palabras, como una vibración, una energía que está presente en todos los movimientos del universo...

 

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