Anécdotas y otros textos recopìlados de la tradición oral por Santiago Diaz Bacallado.


Anécdotas y otros textos recopìlados de la tradición oral por Santiago Díaz Bacallado.

AL MAESTRO. 

La experiencia es un pozo de sabiduría, dice la popular frase que sobre el paso del tiempo y la acumulación de vivencias condensa en ella el camino por la vida del ser humano, pero también es una realidad que la conjunción de determinados conocimientos no se asimila en cantidad ni calidad por igual en todos los individuos, el concepto que tenemos algunos sobre la figura del maestro no se ciñe solo a la mayor o menor habilidad que muestre al desarrollar una actividad, sino que en tal catalogación entran en liza otros elementos y características propias que siendo comunes a todos los seres humanos, no se manifiestan en igual proporción en todas las personas. Ser maestro sobre una determinada actividad viene dada por varias causas siendo una de ellas el reconocimiento popular, sobre todo si como en el caso al que me refiero, está inmerso en el ámbito en el que se desarrollan las actividades tradicionales y autóctonas enmarcadas en un sector geográfico concreto. Al aprendizaje de la actividad en cuestión hay que añadir pues una serie de valores que el maestro nos transmite casi sin darnos cuenta, la autoestima, la lealtad, la confianza, el análisis, etc. Son algunos de estos valores, pero si hay uno que destacaría sobre los demás, es sin duda el de la amistad, esa tan especial que se establece entre el maestro y el alumno que casi roza y en ocasiones supera la relación paterno filial, ya que ésta en muchos casos está libre de ataduras, son estos valores pues los que siempre ha divulgado don Pedro Morales Domínguez a cada uno de sus discípulos del Juego del Palo Canario desde sus inicios en el Monte de las Mesas o en su larga etapa en Valle Jiménez, él fue desgranando su vasto conocimiento sobre este bello arte autóctono legado familiar del cual nos hace y nos ha hecho partícipes, herederos y garantes de una modalidad de esgrima con palos de las más completas y vistosas que se conocen en El Mundo, gracias don Pedro, por todo lo recibido, por todo lo vivido junto a usted y por haberme dejado entrar en el círculo de sus amigos del palo disfrutando cada sábado de sus enseñanzas y sobre todo... de su amistad.

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LA MULETA. 

La proximidad de este pequeño y verde pueblo de las Medianías de Tenerife a la universitaria urbe, permitía el paso para el monte de la buena gente y de la no tan buena. Allí estaba Figueroa sentado junto a su casa, calentando sus cansados huesos al sol de la media tarde, acera abajo y subiendo por esta hacia él, venía una motocicleta a todo lo que daba cabalgada por dos sujetos que al pasar a su altura y a pocos centímetros de él y sin ánimo de desviarse, hizo uno de ellos el ademán de golpearlo con una pequeña tabla de la que sobresalía un gran clavo. Al tranquilo de Figueroa, a duras penas le dio tiempo de esquivar el ataque y ver cómo el dúo de sinvergüenzas se perdía calle arriba. 

 No habían pasado muchos minutos de lo sucedido acera abajo, que llegaron nuevas noticias de los dos sinvergüenzas traídas por un vecino que llegaba a la pequeña venta de Melián y donde un instante antes había entrado Figueroa el cual intentaba contar al ventero su peripecia. En los pueblos pequeños, las noticias cruzan de una esquina a la otra como si las vocearan con un bucio. Este portador de las nuevas noticias y sin mediar pregunta alguna, les espetó a los presentes: -“Pues ahí más arriba llegaron dos en una motocicleta y después de bajarse uno, el otro se puso a destrozar las papas junto a la Casa de Evelio, las que plantó hace un par de meses. ¿Y qué fue lo que pasó? Preguntó Melián, el Ventero. -“ Pues que salió Evelio muleta en mano, pues está medio averiado aún de su caída, y los insultó, a lo que el tolete motorizado haciendo el caballito con ella, se encaminó hacia el dueño de las papas. Este, a pesar de sus limitaciones físicas del momento, escoró su cuerpo al lado derecho evitando el envite, al tiempo que de atrás hacia adelante hizo coincidir el giro de su cuerpo y el de su brazo portador de la muleta para impactar con ella en el pecho del atacante, el cual fue descabalgado al instante cayendo al suelo y perdiendo con ello hasta un par de dientes. -“Era de esperar”… dijo Figueroa. -“Quien mal anda mal acaba”… añadió Melián. -“Es que en ausencia del palo, a un buen jugador con una muleta le vale”… dijo el vecino y vocero del final del relato.

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TIO POLO. 

 Así era como conocíamos en la familia al hermano de mi abuelo Polo Bacallado, uno de esos buenos jugadores de palo canario muy conocidos a finales de la década de los años 20 y hasta los 40 del pasado siglo XX. cuya figura no ha trascendido hasta nuestros días más allá de unas pocas anécdotas conocidas por los lugareños, que por sí misma nos acercan a vislumbrar algo sobre su carácter. 

Coetáneo de grandes jugadores y maestros del Juego del Palo Canario, como lo fueron sus primos los “Verga” Luciana y Elisio con quienes jugó y hasta con el padre, Eugenio Díaz el “Verga” con quien estuvo ensayando, que era la expresión que usaban para decir entrenar. 

También estuvo aprendiendo con Cho Florentín “Vera” Ramos en Barranco Hondo, compadre de su padre Cho Maximino Bacallado, coincidiendo en el tiempo también con otros como Tomás Déniz o la familia Morales de San Andrés, etc. Hombre de recia figura y carácter un tanto seco que tornaba a bromista y juguetón, salvo cuando algunas copas de vino lo desinhibían del proceder cotidiano. 

 Entre otras labores profesionales se le conocía por su trabajo de guardamonte, actividad que compartía con el ya mencionado Cho Florentín “Vera” Ramos, de aquella relación con la citada escuela de Juego del Palo de Barranco Hondo se conoce por medio de fuentes orales una de aquellas anécdotas que hoy les transmito. Era sabido por todos que Polo llevaba tiempo ensayando con los “Verga” y que también lo hacía en Barranco Hondo, parece ser que durante bastante tiempo este era capaz de jugar con unos y otros, diferenciando bien cada estilo, respetando según dónde estuviera jugando los fundamentos técnicos de cada maestro, las “mañas” de cada lugar. 

Parece ser según la fuente, que cierto día Cho Florentín apretó más las acciones en el juegos y Polo, apurado, respondió con una maña foránea. Al instante, paró el juego el maestro de Barranco Hondo y dirigiéndose a Polo le dijo. -“Polo, esa maña no es de aquí, vaya y siga entrenando con quien se la enseñó”… Toda una ofensa si la fijamos en el contexto en la época en la que se produjo. 

Para aclarar lo sucedido y solucionar la situación y no afectará la buena relación de ambas familias, se desplazó hasta Barranco Hondo Cho Maximino Bacallado restableciendo así con su compadre la relación de muchos años. 

Otra de las anécdotas de Tío Polo fue aquella que estando Tío Polo acostado envuelto en su manta esperancera, acompañado por su palo de membrillero dormido como un tronco en la cuneta muy cerca de la carretera que conduce a Las Raíces, arropado de la fría brisa típica de la esperanza. 

Subiendo por la carretera venía una pareja motorizada de la Guardia Civil de Tráfico. Uno de los guardias era veterano de esa vía, y el otro, un nuevo miembro del cuerpo, quien prácticamente se estrenaba en el puesto. Al pasar la pareja junto al mago envuelto en la manta, movido por su celo profesional y por la evidente situación de peligro, el agente novato giró al instante su moto y se encaminó hacia el hombre acurrucado. 

Viendo la situación, el veterano aceleró para adelantar a su compañero, y antes de que metiera la pata le dijo -“Ni se te ocurra tocarlo, ese es Polo Bacallado y si lo despiertas, ahí mismo alcanzas dos palos”. Ahí relajado quedó Tío Polo arropado por su manta y la seguridad de su palo, mientras los guardias siguieron su camino.

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EL MOSQUITO. 

A José “el mosquito” le pusieron ese mote porque siempre estaba asomado a un buen vaso de vino tinto y a su compadre Jacinto le llamaban “el murciélago” porque salía y entraba a su casa de noche. Ambos eran vendedores de cochinillo, o sea cochineros, vestían de riguroso negro rematado el conjunto con un sombrero de ala pequeña y siempre acompañados de un buen palo. La mercancía mayormente cochinillos, era vendida en muchas ocasiones al trueque, llevando el género dentro de pequeños cestos de tira de afollado a lomos de sus mulas por los caminos de las islas, regresando con las bestias cargadas con coles, papas u otros productos del campo, en su devenir por los diferentes lugares, iban sembrando amistad aquí y allá, repartiendo saludos a su paso. Es así como el mosquito trabó amistad con un afamado jugador de palo conocido por muchos como Cho Florentín Vera, José “el Mosquito” era muy aficionado a esta modalidad de esgrima con palos, y le propuso a Florentín, que le enseñara algo del juegos cada vez que pasara, a lo que el improvisado maestro accedió. Y he ahí que durante mucho tiempo, cada vez que “el mosquito” bien a la ida o a la vuelta pasaba por la casa del jugador, invertía media hora o 3/4 en aprender los rudimentos del Juego del Palo. El tiempo pasaba y la instrucción ya daba sus frutos y José se había convertido en un hábil jugador. Hecho por el cual era ya conocido entre clientes y amigos. En unos de tantos viajes, su compadre “el murciélago” le encasquetó que algunos del norte allí por la victoria, unos tal “Malagana”, le habían comentado que su maestro no le enseñaba todo y se guardaba una punta secreta. “El mosquito” creyó al amigo y en una tarde de verano, de regreso, pasó a ver al maestro y con aires enfadados y malos modos, le recriminó a Cho Florentín por no haberle enseñado todo, este sorprendido y con el aplomo de siempre, le contestó –“Ah hombre y para decirme eso, viene usted con toda esa gente”-, dijo a José, fijando la vista tras él, al instante, como un resorte, se giró el mosquito, a quien no le dio tiempo a ver nada, pues sintió un fuerte golpe en su cabeza que le tumbó al suelo. Tras él no había nadie y el engaño del maestro era la punta secreta, el último palo.

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EL BANOT PERDIDO

 Las luces de la tarde se retiraban con pachorra mientras el rebaño pastaba y los baifitos se entretenían mordisqueando los brotes de hierba del borde del camino. Las últimas lloviznas de finales del otoño habían reverdecido las riberas del barranquito  que bajaba desde los altos de Chijafe hasta la costa, y en su curso dejaba pequeñas pozas, charquitos de agua que se mantendrían semanas para facilitar la vida animal y vegetal como un regalo del cielo. Ángel el cabrero azuzaba a su perro, un lobito herreño al que por simpleza puso de nombre ” Lobito”.

- A por ellas Lobito, a por ellas ...

Gritó el cabrero para agilizar el paso del rebaño camino al corral. Lobito corría de un lado a otro como quien conoce bien su oficio guiando a las hairas y prestando especial atención a los inquietos baifitos y su curioso proceder. Mientras caminaban siguiendo el cauce del barranco pasaron  junto a un largo talud conquistado por las tuneras y el matorral. Llegando a una parte donde el barranco se estrecha, el can paró en seco y  comenzó a ladrar revoloteando alrededor de una parte bastante inaccesible del muro. Ángel que entendía mejor a su perro que a su mujer, comprendió al instante que le quería decir algo.

- ¿Qué pasa Lobito? - Preguntó el cabrero mientras veía como el perro movía su cola y se dirigía hacia una zona del muro donde unas enormes rocas sueltas formaban una pequeña oquedad protegida por pencas de afiladas púas. A medida que se acercaba al lugar donde su perro le señalaba, escuchó el balido de un cabrito, y con una rápida mirada al rebaño supo que faltaba una,“Estrellita”, una baifita chiregua  chiflada y brincona con tendencia al escapismo.

- Estrellita ven acá.

Le dijo el pastor con la paciencia propia de quien cuida ganado sin que la baifa se diera por aludida.  Lobito revoloteaba nervioso, intentando con sus ladridos hacerla salir pero tras un rato de intentos y silbidos, y viendo que la noche se les echaba encima, decidió subir a por ella. Tras estudiar el mejor camino para ascender hasta el lugar, trepó entre riscos y maleza con la ayuda de su mogado, y golpeando las pencas intentó abrirse camino hasta la grieta, para una vez allí, poder sacarla a la fuerza. Estrellita asustada por los ladridos no paraba de balar. Tras varios intentos fallidos y próximo a desistir por la dificultad de la maniobra, la consiguió agarrar  por las patas delanteras y tirando de ella suavemente la fue sacando. Mientras “jalaba” por ella, el lomo de Estrellita desprendió un pedazo de pared y junto al lodo seco asomó un objeto alargado con tierra adherida por el paso del tiempo y las estaciones.

Ángel poseído por la curiosidad lo recogió para desprender la costra que lo envolvía y descubrir que se trataba de un palo de dimensiones similares a su mogado que habría sobrevivido a la destrucción por el tratamiento con grasa y fuego que lo había protegido hasta aquel día oculto bajo el fango. Aunque polvoriento y sucio estaba claro que era un palo manufacturado cubierto de tierra que no permitía saber la madera con la que lo habían hecho, ni el color, solo se apreciaba la presencia de dos pequeñas volutas casi juntas, como si fuera un contrapeso a un tercio de su longitud y las puntas habían sido afiladas.

Diligentemente y sin que nadie se lo pidiera, el perro encaminó el cabrito de nuevo junto al rebaño, mientras Ángel recogía aquel objeto oculto ¿Quién sabe desde cuándo? que la baifa había dejado al descubierto. Una vez recogido el rebaño en el corral y terminada la faena, el pastor decidió ponerle asunto a aquel palo encontrado, probablemente tras siglo guardado bajo el manto de tierra que tanto le había llamado la atención. Tras pasarle un trapo húmedo y entretenerse a frotarlo durante un rato, el palo fue descubriendo la tea con la que había sido hecho, y una vez limpio y engrasado, resultó ser un objeto precioso, un banot, una lanza arrojadiza de guerra ¿Quién sabe si de algún guerrero que lo utilizó en el campo de batalla? Pensó, y junto a aquella primera pregunta, surgieron un sinfín de ellas más ¿Cuánto tiempo llevaría allí escondida? ¿Estaría allí para que hoy, siglos después, la encontrase? Se preguntó sobre la propiedad e importancia de aquella pieza que el azar, o quien sabe si el espíritu del guerrero que la portaba, le había hecho llegar sabiendo que la iba a valorar en su justa medida.

Esta historia verdadera que recogí de voz de un pastor de Chijafe y hoy hago relato, es una anécdota que me narró el personaje cuando en las llanuras cercanas a Chijafe, rodeado de tabaibas y cardones, próximos a los pastizales de Achacacharte o Ahijaderos que en su día pisaron los pastores guanches de Arona, me contó del lugar donde alguien escondió su Banot y tal vez su alma, resguardado donde preservase su significado y contenido.

Este palo del que les hablo existe, y para Ángel el pastor del relato es mucho más que un palo. Dice que a veces le habla, y cuando la tea rezuma savia y sus gotas chorrean por su superficie, sabe que el tiempo va a cambiar y por las tardes las nubes se instalarán en la cumbre y refrescará.

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EL HOMBRE DEL BOMBÍN

Ni la impronta familiar ni el imperativo genético pueden garantizar que los hermanos estén obligados a entenderse y menos que ese entendimiento lo sea sin comunicación oral alguna. Este era el caso de Elisio y Luciana, afamados hermanos jugadores de palo curtidos en numerosas exhibiciones y cómplices en tantos guiños del juego.

Quiso el azar que una tórrida tarde de verano, bajo una panza de burro que aumentaba  la sensación de calor tan característica del norte de Tenerife, la que pusiera en liza aquella fraternal habilidad de comunicarse sin palabras.

Hasta aquel rincón de la Plaza del Charco en el Puerto de la Cruz llegaron los hermanos y algún pariente más con la intención de mostrar su buen hacer en ese bello arte que es el Juego del Palo Canario que atesoraba la familia.

El lugar estaba repleto de público que a golpe de altavoz habían congregado en torno a la Casa de la Aduana, y en el centro del improvisado recinto se colocaron los jugadores miembros de la familia todos. Tras los  enfrentamientos iniciales le tocó a la pareja principal y ocuparon el centro del adoquinado suelo cada uno con su vara.

El respetable, mayormente turistas, se mantenían expectantes y el hasta aquel entonces bullicioso público quedó en silencio expectantes, solo interrumpido por el murmullo del vaivén de la marea. Sin seña alguna iniciaron la punta como movidos por un resorte con un intercambio mantenido a una velocidad que impedía ver hasta cuando los palos entraban, los giros, el tañir de los palos al chocar y requiebro de sus cuerpos, hacían honor al apodo familiar. Alguien de entre los presentes gritó

- ¡Vamos! que silben los palos de los Vergas.

Y así, con la rapidez que les caracterizaba, mostraban en todas sus acciones el sonido de sus palos al chocar, y sobre todo, el zumbido al girarlos en el aire, convirtiendo la escena en un espectáculo que de alguna manera embellecía y daba al conjunto de los presentes un aire tradicional, una estampa de un pasado no tan lejano.

Un enjuto caballero ataviado con negra vestimenta y  bombín, curioso y aguevonado, ajeno a lo que estaba pasando, se fue acercando hasta el punto de peligrar su propia integridad. Luciana de un rápido vistazo al despistado, y otro cómplice a su hermano, giró con su golpe de muñeca y con la precisión que da la maestría de tantos años de juego, despojó del sombrero  al huevón del bombín ¡La verdad es que se quedó pálido! y asustado, reculó disculpándose por la inoportuna intromisión. El bombín del caballero voló por el aire y el público arrancó con un largo aplauso. Una vez finalizada la exhibición y negando con la cabeza, se le oyó decir a Yanes, un luchador retirado que los conocía.

. ¡Chico totufo el del sombrerito! ¡A punto de llevarse un variscazo y romperse los cuernos! ¡Escapó loco! ¡Qué necesidad!...

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LAS CAMPANAS

Wenceslao llevaba un buen rato dándole al martillo con la faena diaria y se acercaba la hora del breve descanso para desayunar y recuperar fuerzas. Me senté a su lado como tantas veces, era el día 19 de junio de 1996, y hablamos de anécdotas alrededor del Juego del Palo Canario en su entorno natal, La Victoria y otros pueblos vecinos del noroeste de Tenerife.

Aquella mañana me habló de cuando sus mayores le contaban las batallas del pueblo, y una de ellas  hoy intento transmitir de la manera más fiel posible. Él lo sitúa a mediados del siglo XIX, década arriba o abajo.

Wenceslao era una enciclopedia en lo referido a la tradición popular y tenía una memoria de elefante. Aquel día me comentaba que de todas las ermitas e iglesias que existen en la actualidad en su pueblo, en dos de ellas suenan campanas que fueron robadas. La primera fue sustraída de un ingenio azucarero en Cuba y traída hasta Canarias, y la segunda, se la mamaron de una ermita del Puerto de la Cruz, en el valle. De esta última me contaba que la sustrajeron desde la ermita  y amparándose en la oscuridad de la noche, salieron hacia La Victoria con la campana transportada sobre unas parihuelas a toda prisa.

¡Alguien los vio! Porque en un plis plas se reunieron un montón de vecinos y salieron tras los vitorieros a darles caza y recuperar su campana. Los ladrones percatados de que los seguían, llegando al Barranco de Acentejo que hace frontera entre Santa Úrsula y la Victoria, animaron a cruzar a los porteadores y apostaron a unos cuantos jugadores de palo para defender el paso y evitar a los portuenses.

Fue en aquel lugar, donde siglos atrás se produjo la batalla de Acentejo, y Bencomo infringió la mayor derrota al ejército invasor, donde sus mayores le hablaron del enfrentamiento que hubo en el valle por recuperar la dichosa campana robada. No hubo muertos ni heridos de gravedad y desde entonces resuena un refrán en todo Taoro, "Un variscacillo a tiempo, ayuda". 

Lo cierto es que gracias ellos y a la defensa de la campana, hoy sigue sonando en la plaza del pueblo para recordarnos que...    ¡Un variscacillo a tiempo, ayuda!

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EL PALO “VERA”

En Barranco Hondo a 09/10/1998.

Con motivo de una visita que hicimos a Barranco Hondo a entrevistar a D. Florentín Inocencio Ramos Glez. de 94 años, una persona afable abierto al diálogo y a compartir sus historias sobre el Juego del Palo Canario en su familia. Nos comentó que nació en la zona de Ofra, localidad del municipio de Santa Cruz. Su madre según nos dijo era “Costera”, natural de la zona, y su padre fue D. Florentín Ramos Díaz más conocido por “Florentín Vera”, alias que se debe a un antepasado, concretamente de D. Domingo Ramos Glez. quien construyó su casa a la otra vera del barranco, frontera natural entre los municipios de Candelaria y el Rosario.

En cuanto al Juego del Palo, D. Florentín Vera hijo, aprendió de su padre  y sobre él nos comentó que era guardamontes y muy buen adiestrador de perros. De joven aunque ya estaba casado, había marchado a Cuba, y su padre le había contado que jugó al palo en muchas ocasiones y de regreso a Tenerife cruzó su palo con uno natural del Bufadero al cual llamaban D. Juan Díaz “el rubio”.

Para D. Florentín “Vera” hijo, según sus propias palabras, lo que había que tener era jiribilla, porque el palo tenía muchas martingalas”... En el transcurso de la entrevista se unió la hermana, una señora algo más joven, Dña. Consuelo Ramos Glez. quién nos contó que cuando su padre regresó de Cuba, era tal su afición por el Juego del Palo, que en lugar de traer algún regalo para ellos, se trajo diez o doce varas de madera de alguna especie propia de aquella isla.

En cuanto a su padre añadió que tanto en la casa como en la era, venía gente a jugar de distintos puntos de Tenerife. Entre ellos mencionó a dos de la zona de Anaga, uno de Roque Negro y otro de Afur, y a D. Polo Bacallado, hijo de Maximino, de la zona de la Esperanza y buen amigo de su padre.

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ENCUENTRO CON EL GUAJARO

Barrio Nuevo de La Laguna a 20 de octubre de 1995.

Hacía meses que preparaba mi examen de cinturón y cuando me aburría de repetir y repetir, bajaba a un espacio con parqué en el semisótano del gym con mi palito y ensayaba movimientos de Juego del Palo que hacía unos años que practicaba. Mientras hacía sombras con mi palo circulaban por mi alrededor un montón de personas que paraban a echar un ojito curiosas mientras cogían resuello entre un levantamiento y el siguiente. 

Aquel día en concreto uno de aquellos forzudos se tomó su tiempo para observarme en silencio, lo había visto en otras ocasiones mirando, pero en aquella ocasión se tomó más tiempo que de costumbre y al terminar mi retreta se acercó a presentarse y me estrechó la mano.

 -” Me llamó Mario Felipe Cabrera, perdone que lo moleste ¿Esto que hace usted es Juego del Palo, verdad?...

Le agradecí el interés y le dije que era jugador del Estilo Tomás Déniz y llevaba unos añitos aprendiendo.

-” En mi familia se jugaba y se juega al Palo – me dijo - Mi padre es Domingo Felipe Izquierdo, más conocido por “Ñito Felipe el Guajaro”, un buen jugador que aprendió de su padre, es decir, mi abuelo, Eugenio Felipe el Guajaro, de donde viene el nombrete.

Este contacto casual y fortuito me llevó a visitar en varias ocasiones el domicilio de D. Domingo Felipe Izquierdo, así como fuimos testigos de la reactivación de un núcleo de enseñanza tutelado por él con su grupo de alumnos. Aquel contacto casual también dio para publicar un pequeño trabajo editado por el Colectivo Universitario de Palo Canario (C.U.P.C.), La Coordinadora Magado y la autoría de D. Urbelio Alonso, D José A. Marrero, D.José L. Gil, alumnos del maestro Guajaro,  titulado “EL PALO CANARIO DEL ESTILO GUAJARO,  Palo atajado, palo mandado”.

Humildemente me gusta pensar que en cierta medida soy un recolector de anécdotas del pasado, las cuales intento transmitir para que estas huellas no se pierdan en este nuevo modelo donde solo “tener” importa dando de lado al “ser”, donde la cultura se convierte en entretenimiento y la inquietud por saber, por conocer de dónde venimos para saber elegir a dónde queremos ir no está de moda, toda memoria, por pequeña que sea, cobra mayor importancia.

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                         MI ABUELO PEPE                                                    


Mi abuelo Pepe decía más con sus silencios que con sus palabras.

 Como suele pasar con los recuerdos de infancia, el paso del tiempo los difumina, quedando en la retina huellas que evocan momentos puntuales grabados a fuego en la memoria. Aún hoy tengo presente mis años de infancia corriendo las lomas de la Esperanza y la figura de mi gente que hoy siento que ayudaron a construir la persona que soy.

Tengo presente episodios que por aquel entonces no entendía, y hoy, el tiempo y la experiencia de la vida me han ido explicado.

De entre todos aquellos recuerdos hay una figura que me dejó huella, les hablo de mí abuelo Pepe. Cuando lo evoco me viene a la mente un hombre delgado curtido por años de trabajo en el campo y en la obra, de sus múltiples viajes a Venezuela en busca de un mejor porvenir que dio forma a un hombre recto, parco en palabras y a la vez sensible y tierno con nosotros, sus nietos. Todavía recuerdo como si estuviera pasando ahora mismo, cuando le preguntaba.

 - ¿Cómo está abuelo?  Y socarrón me respondía.

 - Yo Vivo...

Por lo escueto de sus contestaciones y por no gastar palabras de más, durante mucho tiempo tuve la impresión de que no deseaba hablar, y este detalle marcó nuestra comunicación hasta que empecé a entender que los seres humanos éramos nosotros y nuestras circunstancias, y hasta que la escuela de la vida me enseñó a introducirme en los zapatos de los otros, no fui capaz de comprender, sin embargo hoy, situadas en contexto soy capaz de reconocer en mí algunas de sus cosas, y forma parte de aquella imagen, muchas veces imaginaria, que queda como un residuo de la persona amada.

Mi abuelo Pepe, y en estas cosas nos parecemos, era caminante de paso ligero, que escondido bajo su sombrero, su cuchillo de trabajo y su mogado de membrillero, nunca llegó tarde a ningún encuentro, y madrugador defendía que había que ser puntual primero consigo mismo, y luego con la persona que había quedado.

- Lo que hay que hacer, - decía - no puede esperar.

Aquella forma de hacer trasladada a su vida diaria, lo convertían en alguien especial digno de prestarle atención, y aquel conjunto de detalles que en silencio expresaba, decía más que la plática más elocuente.

Tengo presente en mi memoria verlo engrasar los palos y afilar su cuchillo con una piedra de amolar. Recuerdo escucharlo contar sus vivencias en sus esporádicos ratos de conversación con amigos, o cuando jugaban a la mano y alguno alcanzaba un cachetón por espabilado, jajaja.

A mi abuelo le venía de familia el profundo amor por la práctica de la mano, y debía de ser bien ajeitado porque más de una vez escuché los estampidos en el cachete y la voz de mi abuelo diciendo.

- Ven acá, no te me arrugues. -  Y así empezaba la cosa sin saber cuándo ni cómo terminaría.

Si había algo que disfrutaba mi abuelo Pepe era de una buena agarrada, y si ganaba su equipo mucho mejor. Siempre tenía el palito engrasado pues el que cuida lo que tiene, se cuida a sí mismo, como solía decir.

-De Almendrero amargo tiene que ser si quieres dejarle la cáscara, - decía - que le da un buen color y lo protege. También hizo algunos palos de afollado a los que previamente metía en estiércol de vaca y luego trataba a fuego y sellaba con cal y vinagre dotando al palo de un color rojizo brillante, hasta un bastón  que sacó del chupón de un castañero que aún conservo y cada vez que lo deslizo entre mis manos me viene su imagen a la mente.

La verdad es que nunca le pregunté si sabía jugar ¡Era muy chico pa’eso! pero hoy mi intuición me dice que reservado y cauto como era, sabía y callaba, una máxima de nuestros mayores de aquellos tiempos. Venía de una familia de jugadores y algo lo tuvieron que marcar. Sus primos, los Verga, su hermano Polo y algún que otro amigos de la mano, algo tuvieron que enseñarle, más aún en una época donde estas actividades en la Esperanza eran de lo más normales.

Mi abuelo Pepe con sus silencios decía más que con sus palabras, y hoy que soy lo suficientemente vivido para meterme en sus zapatos, le rindo homenaje con este recuerdo.

Abuelo Pepe, donde quiera que estés, a mí tampoco me gusta llegar tarde a ningún sitio. Seguramente sea por respeto a mí mismo primero, y luego a la persona que me espera. Cositas que pasan de unos a otros más allá del peluco y la sonrisa.

                                                         Santiago Díaz Bacallado.

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"HURONIANDO EN EL PASADO"

Tenía claro desde hacía algunos años, que en cualquier ámbito y sobre todo en el de la Cultura Tradicional y más concretamente en lo que concierne al Juego del Palo Canario, cada persona mayor que se nos va por ley de vida es doble la pérdida, no solo por la persona, sino por lo que atesora en su trayectoria vital, un camino lleno de vivencias, sabiduría popular, acumulación de conocimientos, en fin, un verdadero tesoro que es importante salvaguardar, en muchísimos casos un caudal recibido y recopilado gracias a las fuentes orales, a esas conversaciones donde había un trasvase de experiencias y un cúmulo de recursos, sostenidos en el tiempo a través de un soporte, la voz, la palabra y la memoria con la fragilidad que esto conlleva, lo que me llevó a intentar que no cayeran en el olvido.

En si misma, las fuentes orales vienen a completar aspectos cotidianos que las fuentes escritas no han recopilado en muchos casos, en este análisis basé mi fijación de búsqueda y rescate, y a la menor oportunidad que tenía, en ocasiones fortuitas y en otras con una estrategia preparada, indagué, pregunté, contacté, y obviamente pedí permiso para incluirlas en este conjunto de anécdotas que he ido recopilando.

A veces, una simple pregunta sobre el tema provocaba un torrente de datos, que posteriormente recogía en un bloc de notas, y más de una vez eché de menos la foto de rigor que inmortalizara el momento.

De esta serie de entrevistas en alguna de ellas no se encontró un contenido muy amplio, pero sí que dieron datos sobre personas, anécdotas y contactos que propiciaron otras nuevas, y en algún caso otras que reafirmaron datos de algunas anteriores, como ejemplo de todo ello mostraré algunas que cumplen esto último.

 Corría finales de octubre del año 1996, y allí estaba yo con mis letanías de siempre, como un perro de caza, siempre rebuscando información acerca del Juego del Palo. Aquella mañana le tocó a D. Rafael Fernández natural de Tegueste, este buen amigo pronto entró al trapo y me comentó que por la zona hubieron gentes que sabían manejar muy bien un palo y entre ellos por cercanías a su lugar de residencia, me nombró inicialmente a un tal D. Cipriano apodado “el Guarda” por ejercer esa labor y del que decía la gente que jugaba muy bien y que en una era cerca del lugar era frecuente que vinieran jugadores a echar unas puntas, entre otros D. Emilio Castelar de la zona geográfica del Palomar …según mi informante pastores de Pedro Álvarez y La Laguna llevaban sus ganados a pastar a la zona de la Mesa Mota y aprovechaban sus momentos para echar una puntita.

Este otro encuentro se dio en Vilaflor un 9 de mayo de 1998, allí conversé un buen rato con D. Nemesio Suárez aprovechando un encuentro de mayores promovido por el Cabildo de Tenerife. Este buen hombre me habló de su padre J.S.  que jugó al palo en tiempos de D. Tomás Deniz y coetáneo de otro también de los valles de Anaga que además de manejar muy bien el palo, aún era mejor a la mano o con una chola y según él, conocido por D. Eugenio “el Guajaro”, así como otro de los altos de la Victoria del noroeste de Tenerife, llamado D. Domingo Martín.

Un 15 de septiembre del año 1996 me encontré con D. Leoncio M.E. natural de Arico con motivo de una fiesta popular donde fuimos invitados, esta reunión nos propició datos sobre un jugador de palo al menos para mí poco conocido, D. Leoncio me comentó que durante algún tiempo vivió en la parte baja del municipio del Rosario, concretamente en el Chorrillo y que fue allí donde tuvo la oportunidad de conocer a un tal D. Julio según había oído él, conocido por “el Verga” o “Siete Cabezas”, este le enseñó a manejar el palo un poco, también comentó de otro jugador del sur de la isla por la zona del Porís de Abona, un tal Cho Antonio “Tajo” que fue medianero y otro llamado Cho Juan Pérez, ambos mayores en edad a la suya que tenía 71 años el día de la entrevista.

Continuará…

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En canarias, un mentidero era un lugar tradicional de encuentro en plazas o en la calle donde los vecinos se reunían para socializar, contar historias y compartir noticias, algunas reales y otras exageradas, de ahí su nombre. Aunque el termino pueda evocar la idea de mentiras, su función principal era la de ser un punto de encuentro social y de intercambio de información entre los lugareños. Hoy en día, todavía se conservan algunos de estos lugares y se sigue usando para estas mismas funciones.   (Definición de mentidero)

SEGUIMOS HURONIANDO.

Volví a la carretera en busca de alguna plaza que tuviera bancos a la sombra donde los mayores y jubilados se reunieran a contar sus recuerdos, volviendo con ello a tiempos pasados que solo se traen al presente si los contamos, especialmente si los escribimos.

Diría que forma parte del modus vivendi del canario, especialmente en los núcleos rurales, la figura de “los mentideros” lugares cargados de historias pasadas, de leyenda y realidad, que han servido para que el conocimiento pasara de generación en generación.

Curiosamente es sabido que nuestros antepasados guanches, repartían su vida en tres periodos claramente diferenciados. Primero la infancia, donde se privaba a los niños de responsabilidades y se les daba la oportunidad de imaginar cómo querían ser en el segundo estadio, una época para hacer méritos y progresar, donde fraguabas a la persona que en algún momento decidiste ser, y por último el más importante sin lugar a duda, la vejez, donde habías acumulado experiencia, aciertos y errores que ponías a disposición de los jóvenes, el Tagoror. Les hablo de este tipo de personas de amplia memoria colmados de sabiduría que por costumbre se reúnen a arreglar el mundo y a poner en valor las cosas sencillas de la vida.

En algunos de estos lugares presentes en casi todos los pueblos de las islas, después de echar una “puntita” con el claro propósito de captar su atención  alguno sentía la necesidad de acercarse y contarte historias de cuando eran jóvenes, incluso algún relato heredado de sus padres, lo que provocaba en nosotros una inmensa satisfacción y la sensación de que estábamos guardando un legado que bien merecía atención y mimo.

 Recuerdo una ocasión en Tacoronte, exactamente un 20 de octubre de 1995, cuando en unos de estos mentideros conocimos a don Ulbenio Estévez, que nos habló de una serie de jugadores de la zona, dando un matiz diferencial en la longitud del implemento, remarcando diferencias por las dimensiones de la vara. 

Según nuestro informante, en la zona de los Corraletes, en Ravelo, hubo un hombre muy hábil Jugando al Palo conocido por “Cho Pancho Flores” y otro en Las Baboseras al que llamaban Cho Basilio Noda. Sin duda una charla breve pero rica en información que sumada a otras tantas pistas me han servido para cotejar y comparar datos, digamos otra forma de investigar, de escarbar en la tradición oral que tanto nos ha aportado.

Un 12 de mayo de 1995, siguiendo con la misma idea de indagar sobre las fuentes orales en torno al Juego del Palo Canario, me encontré con D. Domingo Salcedo, de Tacoronte también, quien me habló de jugadores fallecidos treinta años antes de nuestra conversación y recordaba por palabras de su abuelo. Citó a “Cho Antonio Cadajo” de la zona del Barranco de Las Lajas y también de D.Macario “el majorero” describiéndolos como auténticos personajes con  una vida llena de anécdotas y batallas. Retazos de Historia de Canarias que bien conviene recordar o dado los cambios del mundo y del modelo impuesto, en un par de décadas el gofio será un desconocido, y nuestra cultura morirá solapada por una globalización salvaje donde el peje grande se come al chico…

Una vez visité a D. Domingo Rodríguez  en las Carboneras quién conocí unos meses antes en la Laguna un 15 de abril de 1995. Como trabajaba en el monte conocía todas las maderas útiles que poblaban la cordillera de Anaga, atesorando un sinfín de conocimientos de su entorno y sus gentes. Sobre nuestro juego con varas me comentó de un par de personas, un tal D.Isidro Martín y otro conocido por D.Ramón Ramos, ambos recordados por ser grandes jugadores…  

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CHO VIRADO

A Cho Virado le gustaba caminar una vez se ponía el sol, y cada tarde afrontaba el mismo camino. Salía de su casa y cruzaba el callejón resguardado por casitas terreras de teja roja donde crecían los verodes, testigos mudos de todo lo que sucedía en la vía. 

A esa hora de la tarde, se animaba a caminar por la ciudad enfrascado en propios pensamientos, pero sin quitarle ojo al camino, observando como las sombras se alargaban y magec se ocultaba por el oeste manteniendo una punta mental con todos sus homónimos.

Desde chico le dijeron que a aquellas horas del día, la hora de las brujas, todo podía pasar, hasta lo más insospechado era factible, y ante tales pensamientos bien valía estar atento.

Cho Virado era un tipo complejo, muy amigo de Entrepierna que siempre llevaba su mogado en la mano para apoyar el paso y espantar a cualquier atravesado que viniera a joderlo. No sería la primera vez que tenía que atajar a un lindo o aclarar la propiedad de algún baifo.

A Cho Virado le gustaba agarrar el palo por la punta dejando el trozo, (la parte más gruesa) apuntando al suelo, y desde ahí, con la celeridad propia del que lo ha hecho muchas veces, realizaba un movimiento ascendente al tiempo que cambiaba el paso de izquierda a derecha y te lo dejaba paradito en la quijada.

Confianzudo y pelotudo como era, no permitía lindezas, “respeto con respeto se paga” decía pa’dejar las cosas claras.  Una de aquellas noches mientras regresaba de su paseo, sintió pasos a su espalda que le sonaron como amenaza, y sin pensarlo dos veces, le aplicó su buena maña. menos mal que quien venía era su amiga y defensa, su comadre Puntalta que conociéndolo se tapó bien tapadita pa’no alcanzar un variscazo.

 

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