YO TAMBIÉN NAVEGUÉ CON KIKE.

 



     YO TAMBIÉN NAVEGUÉ CON KIKE

En recuerdo de Enrique Gómez Suárez que mañana hubiera cumplido sesenta y siete años.

Me gusta pensar, pues no me hace daño hacerlo, que en Ítaca están las almas de los que marcharon antes y un día nos reencontraremos como se abrazan las olas con la arena de la playa o la lluvia penetra la tierra, como un salto al infinito con una suave caída. Pero de lo que estoy totalmente seguro es que hay algunos viajeros que nunca se marchan del todo. Como fueron tan auténticos, tan nobles y humanos, calaron en todos los que por fortuna nos cruzamos en su camino. Maestros de la vida capaces de derrotar a la tristeza de un plumazo y reírse de sí mismos hasta superar sus penas con la humildad del que ha perdido y ganado, y comprende que la clave siempre estuvo en la forma no en el modo.

Así es mi amigo Kike, con él aprendí a atar y desatar los nudos náuticos y de la vida, a mandar a volar las dificultades y a apretar un huevo contra el otro, a disfrazar la pena con sonrisas, a ilusionarme con las cosas sencillas de la vida, y a…   tantas cosas hermano, tantos momentos y vivencias.

Dicen que todos en mayor o menor medida dejamos huellas tras nuestros pasos. También dicen que la profundidad de nuestras pisadas está directamente relacionada con el peso humano de quien calza las botas, y hoy quiero celebrar la vida de un caminante excepcional, de una de esas personas que una vez lo abrazas permanece contigo para siempre.

La vida me ha enseñado que las personas somos del día y de la noche; de la luna y del sol; de la costa y la montaña; de la alegría y la tristeza, la diferencia la marcan aquellos que en ambas versiones son capaces de mantener su humanidad, de preservar sus valores, de colocar su bondad por encima de sus contrariedades, de colorear su oscuridad, de moderar sus destellos, y Kike es una de estas personas únicas capaces de animarte hasta verte en pie, y en sus penas, siempre humilde, mostrarte su dolor sin pudor, sin estúpido orgullo, como si él no fuera importante.

Don Enrique Gómez Suárez, Kike para los amigos, es una de las personas más entrañables que he conocido en mi vida, y he conocido a muchos, su naturaleza noble, su gran corazón, su amor por el mar y su alma mestiza canaria y gallega, moldearon a un hombre auténtico y amoroso que seguro vivirá en el recuerdo de todos y cada uno de los que tuvimos la fortuna de navegar por la vida a su vera ¡Qué grande y a la vez qué chiquitito! 

Tremenda magüa, chiquita pena, pero sonrío porque cuando hablo de él, algo en mí se alegra. Cuantas charlas profundas que en su voz se tornaron superfluas, irrelevantes, de hermanos, de amores y desamores, de risas a borbotones y alguna que otra lágrima. Siempre supo que el camino tenía subidas y bajadas, y lo caminó a su manera, a su ritmo, con propia impronta.

Acabo de darme cuenta de que he escrito esta carta en presente, prometo seguir haciéndolo…

Te quiero hermanito y…   Yo también navegué con Kike.

 

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