LA BATALLA DE ACENTEJO por Santiago Díaz Bacallado y Carlos Darias.
LA BATALLA DE ACENTEJO por Santiago Díaz Bacallado y Carlos Darias.
... Alonso Fernández de Lugo, aprovechando el estancamiento que había en la conquista de Benahoare y Achinet, decidió ir a las Cortes a pedir licencia a sus majestades y conseguirlas para su casa. Así, trepando astutamente, consiguió las licencias que pedía y por mandato de los Reyes Isabel y Fernando se le otorgaron escrituras de concierto y asentamiento sobre las condiciones de la conquista, y le otorgaron el título de Capitán General desde el cabo Aguer hasta el cabo Bojador, y cuando hubiera conquistado las islas de Tenerife y la Palma ellos nombrarían a una persona que tratase el reparto del territorio.
Alonso Fernández de Lugo, desembarca en las Playas de Tazacorte, en el término de Aridane, desde allí avanzó hasta el cantón de Tedote, sin apenas oposición, solo los príncipes Jariguo y Garehaga, regentes de Mazo a las Breñas presentaron batalla, pero sin duda aquella resistencia fue insuficiente. Luego prosiguió por la ruta del norte hasta dominar los cantones norteños, conocidos actualmente como Los Sauces, Barlovento y Garafía. Solo cuando entró en el cráter de la Caldera de Taburiente salió derrotado ante las fuerzas de Tanausú que se habían hecho fuertes en el lugar. Pero el de Lugo, valiéndose del engaño y la traición, logró capturarlo y fue enviado con muchos de los suyos a la península. Tanausú prefirió morir de hambre que vivir alejado de su patria. Así las cosas, la conquista de Benehoare llegó a su fin el 3 de mayo de 1493.
Desde la muerte de Tinerfe el grande, la casa reinante en Taoro se creía despojada del derecho a reinar la isla en solitario, sus menceyes, sin renunciar a reivindicarlo, nunca intentaron reunificarla bajo una sola añepa. Tras la muerte de Imobach, el trono de Taoro cae en manos de su hijo Bencomo, que pasaría a la historia como Quebehi o Rey Grande. Hombre sagaz y de Estado, guerrero y de clara inteligencia, imprimió una nobleza al cargo, recuperando la dignidad y el respeto de su pueblo.
Mencey justiciero, de decisión rápida y gran temple, era un hombre dotado de las condiciones que se precisan para acometer las grandes empresas, siempre piadoso con los vencidos en justa lucha, como inflexible con los traidores. Además, y por si esto fuera poco, a los sesenta años mantenía un físico impresionante, y se batía en el combate al frente de sus hombres con la agilidad y bravura de un joven. También sería de recibo decir que fue temido por sus enemigos de dentro y fuera de la isla.
Como soberano más poderoso, pues su Estado comprendía los reinos de Taoro, Tegueste y el señorío de la Punta del Hidalgo, entre sus cualidades la ambición iba pareja a la astucia, así pues, se propuso unificar la isla como en tiempos de Tinerfe y enfrentarse al enemigo como un solo pueblo con una sola voz.
Para llevar a cabo dicho propósito, fue preparando el terreno con cautela y bajo el pretexto de unos robos de ganado y problemas fronterizos que él mismo provocó, declaró la guerra a Güimar en 1492, invadiendo su territorio ante la expectación de los demás reinos que no dieron la importancia debida a los acontecimientos. En aquella contienda hubo una batalla justo debajo de la Montaña Colorada en las cumbres de Arafo, el lugar conocido hoy como La Negrita, tras un largo enfrentamiento en el que los taorinos tenían la batalla casi ganada, un temporal que entró por el mar, de lluvia, granizo, y fuerte aparato eléctrico la interrumpió, pues Bencomo siempre supersticioso, creyó que aquella tormenta quería decir algo, y ante la duda, retiró a sus tropas.
Semanas más tarde se reanudó la lucha en la
batalla de Chaharte, hacia el Pegonal de Igueste, donde ambos bandos resultaron
dañados. Luego vino la batalla de Chivisaya, en la que los taorinos se hicieron con la victoria. Por último, la reñida batalla
de Güenifante, cerca de Pasacola, en la que los güimareros fueron derrotados, muriendo el infante Cayamo hermano
del rey a
manos de las fuerzas teguesteras. y fue enterrado en las cuevas de Guadamoxete, donde se enterraban a los
héroes del país.
Toda aquella situación obligó a Añaterve a pedir la paz sin imaginar siquiera las condiciones del vencedor. Bencomo impuso que el pueblo güimarero fuera incorporado al de Taoro como achimenceyato perdiendo su nacionalidad. Puso al frente de la provincia a Añaterve, a título de achimencey en conformidad a la ley del derecho paterno, pero el príncipe heredero Guetón, el Guañañeme o sumo pontífice, y otros nobles de prestigio quedaron como rehenes en Taoro en caución del tratado celebrado.
Los demás estados, sorprendidos ante las condiciones impuestas por Bencomo no supieron reaccionar, bien fuera por temor o por falta de unidad quedaron a la expectativa. La ira y el odio que esta medida provocó en el reino güimarero, no tuvo límites y con su legítimo derecho a recuperar su Estado, buscaron apoyos para conspirar contra Bencomo, pero el conservadurismo del resto de reinos les quitó toda esperanza de recuperar la nacionalidad perdida.
Tal vez la impotencia o el ferviente deseo de
recuperar su estatus, hizo que comenzaran a tener contactos secretos con
pequeñas embarcaciones castellanas que desembarcaban en la isla amparándose en
la oscuridad de la noche para abandonarla antes del amanecer.
En el curso de estos sucesos, entrado ya el verano de 1493, los acontecimientos se precipitaron con motivo del agravamiento de la enfermedad mental de Beneharo, Mencey de Anaga. Según la ley, en aquellos supuestos ocuparía el cargo el príncipe heredero o en su defecto el hermano más viejo del rey y por ambas líneas no había varones, el Tagoror de Anaga abrigó el proyecto de que la regencia fuera a parar al primogénito del rey de Tacoronte, casándose con la princesa Guacimara, única descendiente de Beneharo, con el fin de crear un solo estado que los hiciera más fuertes ante la ambición de Bencomo. Pero el astuto Bencomo lo vio venir, y como la ley le ofrecía coyuntura, porque le amparaba el derecho, pues revertía en su casa toda representación circunstancial de cualquiera de los estados interinos, aparentó Bencomo verse obligado a tomar las armas y declaró la guerra a los reinos de Tacoronte y Anaga sin lograr engañar éste a los demás reinos. La alarma fue general.
Anagueros y tacoronteros firmaron una alianza para la defensa común de sus reinos y los menceyatos de Abona, Adexe, Daute e Icod se constituyeron en Confederación con el mismo fin, siendo claras las intenciones del rey de Taoro. Una verdadera conflagración amenazaba Achinet como había ocurrido en épocas anteriores, pero si en tiempos pasados la paz se restableció sin intervención de sujetos ajenos a la raza, en aquella ocasión de finales del siglo XV, no ocurriría lo mismo.
Los castellanos no solo se preparaban para
rematar la conquista del archipiélago con la sumisión de Achinet, sino que contaban con información acerca del panorama
sociopolítico de la isla y avivaba sus discordias para facilitar su victoria.
Fue el perverso y malévolo andaluz, Alonso
Fernández de Lugo, alcaide del fortín de Agaete, a veces personalmente, otras
con la ayuda de emisarios, quien sostuvo frecuentes contactos con los enemigos
de Bencomo para fomentar la discordia entre ellos, que supo alimentar con
habilidad, procurándose así una base de operaciones para su ejército.
La guerra entre Taoro y los aliados se acabó tras la batalla del Sauzal, en las proximidades de las Mejías, en la que los de Bencomo se alzaron con la victoria. Esta derrota trajo como consecuencia que el rey Beneharo de Anaga, recobrada su salud mental, Añaterve de Güimar y el General de Lugo, concretaran un tratado secreto para derrotar al rey de Taoro. Mientras, el rey de Tacoronte se mantuvo al margen de todo aquello por desconfianza en los extranjeros.
Pero aquel invasor de mirada turbia y endeble
figura, llamado Alonso Fernández de Lugo, no se limitó a crear desavenencias
entre los reinos guanches, sino que prendió una tea entre el estrato Achicatna, prometiéndoles libertad y
favores, comparando su pobreza actual con una futura riqueza que ellos y sus
reyes proporcionarían a cambio de unirse a sus fuerzas y exponiéndole la
superioridad de sus armas ante las cuales nada podría hacer Bencomo, por muy fuerte
y valiente que fuera.
Todos aquellos argumentos filtrados en los
lugares adecuados calaron en una población cansada de los privilegios que se
auto otorgaba los nobles y provocaron una excitación peligrosa.
El de Lugo utilizó a los principales enemigos de
los taorinos, los güimareros, pero en especial a unos
cuantos que llamaban guanches mansos o gomeros, que fueron por todos los
reinos, informando a los de su casta de las expectativas que les ofrecían los
castellanos y rápidamente se difundieron por la isla. Aquellos pobres ilusos,
ni imaginaron que el futuro próspero del que aquellos conquistadores hablaban
era la esclavitud y la muerte.
En justicia habría que decir de los güimareros, que muchos de ellos fingiendo ser amigos de los castellanos, fueron ardientes defensores de su patria desacreditando a los extranjeros desde todos los puntos de vista. Todas aquellas divisiones provocaron un gran desconcierto social y facilitaría la victoria de los asbenyulen.
Solo Bencomo estuvo a la altura de las circunstancias, y con una serie de medidas como fueron cesar de inmediato todas las pretensiones de los siervos con una llamada de atención a los nobles para que cuidaran de ellos como si de sus hijos se tratase, y aquel que faltara a ese deber perdería sus privilegios porque no sería merecedor de los mismos. Sirva como ejemplo que cuando los pastores del achimenceyato que hoy conocemos como Punta del Hidalgo, feudario del de Taoro, le expresaron sus quejas por el despótico gobierno de la zona, en manos del achimencey Zebensui, el aguhuco, hijo bastardo que regía sobre aquella zona de la costa septentrional de Achinet, entre la cordillera de Anaga y las cumbres de Tegueste, al que su juventud e inexperiencia llevaron al abuso de la fuerza, y en multitud de ocasiones oprimía a sus vasallos, robaba sus cosechas y el fruto de su trabajo. Sus constantes rapiñas en los rediles de las cercanías le convertían en el verdadero azote de la comarca.
Cuando esto llegó a oídos de Bencomo, quiso terminar con todo aquello, así pues, al día siguiente salió de Taoro, tomó los senderos recónditos y menos transitados de la zona para plantarse en la morada de Zebensuí y sorprenderlo acabando su comida, los restos de un cabrito posiblemente robado el día anterior. Cuando Zebensuí se encontró con el Quebehi de frente, quedó petrificado.
- Quebehi Bencomo ¿Qué haces tú, el más grande entre los monarcas de Achinet en mi humilde morada? ¿En qué puedo ayudarte? Permíteme al menos que me ausente por un rato, para poder ofrecerte la hospitalidad que mereces. Bencomo lo agarró por el brazo y lo empujó hasta que cayó sentado sobre una de las piedras forradas que hacía de asiento.
- Quédate Zebensuí, no vayas a robar los bienes ajenos para ofrecérmelos. Reconoce tu extravío y ten siempre muy presente que el príncipe no debe alimentarse a expensas de sus vasallos. Dame agua y gofio, que esa es la comida del pastor.
Zebensuí, confuso y avergonzado, le colocó dos gánigos, uno lleno de gofio y otro con agua. El mencey lo deslió con sus propias manos se lo llevó a la boca y saboreándolo, añadió.
- Zebensuí, cuando aprendas a saborear el buen paladar del gofio amasado con las manos limpias y no con las lágrimas de tu pueblo, los tiernos baifos, los gordos tamacen cocidos con leche pero arrancados con injusticia y dolor, lejos de hacerte más rico, miserable príncipe, te harán abominable y poco digno de los servicios de tus siervos.
Bencomo se levantó, salió de la cueva casa del aguahuco y tomó el camino de vuelta a Taoro desapareciendo de vista a los pocos minutos. Zebensuí quedó paralizado, el discurso del noble anciano había tocado su alma, aún le parecía oír su voz reprendiéndolo por sus maldades. Cuando se recuperó, quiso correr a echarse a los pies de Bencomo. Corrió todo el camino intentando alcanzarlo, pero la zancada de Bencomo era demasiado larga.
El sigoñé
de Tegueste lo encontró hundido y desolado, e interfirió con Bencomo,
manifestándole su arrepentimiento y rehabilitándolo para el cargo, tanto así,
que le confió la intendencia de su ganado que tenían que cuidar más de cien
pastores.
Aunque aquellas decisiones de Bencomo se
mostraron eficaces, la idea de emancipación quedó ya en la mente de los siervos
para siempre.
Descubiertos los hilos de la trama, sin
contemplaciones ni pérdida de tiempo, Bencomo la hizo abortar con ejecuciones
que no respetaron ni a las más altas jerarquías, así mató a Guañañeme por haberlo sorprendido en los
Juegos celebrados en Tacoronte animando a los siervos a la rebeldía y
sublevación, y con aquel castigo mandó un recado al reino de Güimar.
Una vez sofocada la rebelión de los siervos y
sabiendo Bencomo que se preparaba un ejército para combatirlo, dio un golpe
estratégico que cambió de nuevo la situación de Achinet. Paró de inmediato
toda hostilidad con Tacoronte y Anaga, y los invitó a formar una liga de tres
Estados para hacer causa común contra el invasor, lo que le dio la ventaja de
unificar la mitad más importante de la isla y lo que para él era de especial
interés, apartar a Beneharo de la alianza castellana.
Así pues, antes del desembarco del de Lugo en la isla de Achinet, el panorama político era el siguiente. Por un lado la Liga del Norte que abarcaba el territorio comprendido desde Añaza hasta la frontera con Icod bajo bajo el mando supremo de Bencomo que tenía como único objetivo rechazar a los invasores. Por otro lado, la Confederación del Sudoeste, que se extendía desde el barranco de Erques por el sur, hasta el menceyato de Icod, comprendiendo los reinos de Abona, Adeje, Daute, e Icod, más temerosa de Bencomo que de los extranjeros y dispuesta a rechazar a ambos. Y el reino de Güimar, que comprendía desde la frontera de Añaza al barranco de Erques en convenida alianza con los castellanos, pero aún alimentando la esperanza de que Bencomo les devolviera su nacionalidad y así hacer frente común ante el invasor.
Una vez conquistada Benehoare, el de Lugo llegó a principios de 1494 a Gran Canaria, con la mayoría de las tropas que habían participado en aquella empresa. Una vez en el Real de Las Palmas trató de alistar un ejército para crear una fuerte expedición y acometer la conquista de Tenerife, pero sin éxito. Así que partió de nuevo a la península a negociar con los Reyes Católicos la conquista de la última isla que aún se le resistía, Achinet.
De los reyes no solo consiguió tal licencia,
sino que éstos
ordenaron a Iñigo de Artieta, capitán general de la armada castellana, que
llevara a Tenerife antes de mediados del mes de marzo de 1494, mil quinientos
peones, cien jinetes de su reino, cuatrocientos peones y sesenta jinetes de las
islas que ya estaban pobladas de cristianos, así como mil sacos de trigo y
harina, trescientos sacos de cebada, dos mil quintales de bizcocho, artillería,
herramientas, bestias y demás mantenimientos, de acuerdo con lo acordado con
Alonso Fernández de Lugo, gobernador de la Palma.
Si bien el almirante Iñigo de Artieta no se negó a cumplir la orden real, si puso una serie de excusas que iban demorando la formación del ejército invasor, pues Artieta era enemigo declarado del de Lugo desde que este se negara a pagarle los quintos que como a tal, le correspondía del botín de esclavos y ganado, fruto de la conquista de la Palma. Así las cosas y temiendo el de Lugo el poderío del almirante de Castilla, decidió formar por su cuenta la flota invasora.
Con este propósito Alonso Fernández de Lugo
habló con señores muy poderosos de las cortes para que invirtieran en la
conquista de Tenerife, con la promesa de repartir con ellos los beneficios que
produjeran la venta del ganado y los hombres, y cada uno recibiría una parte
proporcional a la inversión realizada.
Hernando del Hoyo, paje de su majestad, invirtió
cierta cantidad de dinero e hicieron escritura de campaña. Con la aportación de
Hernando, más los dineros sacados de la venta de algunas propiedades, como el
ingenio azucarero que poseía en Gáldar, y la ayuda de otros señores relevantes
de las Cortes como fueron Lope Hernández de la Guerra, Hernando de Trujillo,
Jerónimo Valdés, Andrés Suárez Gallinato, Pedro de Vergara y Solórzano del
Hoyo, hermano del paje, se trasladó a Sevilla donde puso cuatro banderas de
reclutamiento. Allí reunió seis compañías de infantería con unos mil seiscientos
hombres, a los que se unirían más tarde cuatrocientos naturales de las otras
islas, incluyendo setenta canarios de la parentela de Fernando de Guanarteme,
formando un total de dos mil infantes y ciento veinticinco caballos. Se
alistaron soldados de fortuna, delincuentes y criminales con cuentas pendientes
con la justicia, deudores del de Lugo, y algunos que tenían parientes entre los
conquistadores afincados en Lanzarote y Fuerteventura.
Luego marcharon a Cádiz donde dos navíos los
esperaban para el viaje. Tras doce jornadas navegando llegaron a Gran Canaria,
donde nada más arribar se apresuraron a animar a los naturales para que
participaran en la conquista de Tenerife y fueron muchos los que se le unieron,
especialmente los siervos de Fernando de Guanarteme.
Lista la expedición, embarcados hombres, víveres, caballos y armas, en cinco navíos, partieron los quince bergantines del puerto de Gran Canaria con dirección a Achinet un 30 de abril de 1494 a las cuatro de la tarde, para llegar al amanecer del día siguiente frente a los montes de Anaga, fondeando a las seis de la mañana frente a la roda de Añaza. El desembarco tuvo lugar en la Playa de Añaza. Lo primero que hizo el de Lugo fue implantar la Cruz de la Conquista, tomando posesión de la isla en nombre de los Reyes Católicos, después ordenó a sus hombres construir un fuerte, reuniendo piedras de los alrededores a modo de defensa improvisada. En su interior construyeron barracas, almacenes para víveres y armas, cobertizos para los caballos, alojándose los oficiales, jefes y caballeros en tiendas de campaña que fueron mejorando con el pasar de los días. El de Lugo, realmente no las tenía todas consigo, temía a los guanches de Tenerife pues sabía que estos habían resistido cien años de embestidas e infructuosos intentos de conquista. Además, sabía que no tardarían mucho en atacarlos, en cuanto corriera por el norte la voz de su desembarco.
Mientras las tropas se ocupaban en ponerse al
abrigo de un golpe de mano, el general mandó al capitán de a caballo, Gonzalo
del Castillo, con veinte jinetes y treinta peones que practicara un
reconocimiento hasta la vega de la laguna de Aguere, de donde regresó con algún
ganado que pudo robar. También ordenó al ex rey de Canarias, Fernando de
Guanarteme, que fuera en busca del Mencey Beneharo de Anaga, desconfiando por si
faltara al trato secreto firmado con anterioridad.
A Añaterve no lo avisó, pues este había mandado
una embajada para recibirlos. Las noticias que trajo Guanarteme, acerca del rey
de Anaga no eran las esperadas, pues se había negado a reunirse con los
invasores. Pero a pesar de su fracaso inicial, en un segundo intento, consiguió convencer al mencey de que asistiera a una reunión en
el fortín de Santa Cruz para hablar con el extranjero. Pero si algo quedó claro
en aquel encuentro fue que los anagueros y
los invasores serían enemigos.
Aquel mismo día había ordenado el general al capitán Martín de Alarcón, que con sesenta soldados de a pie y a caballo llevase una expedición hasta el valle de Tegueste, de donde regresó alarmado y preocupado por no haber encontrado a nadie durante el camino, ni humano, ni animal, parecía que se los hubiera tragado la tierra. Todo aquello alarmó al de Lugo que conociendo las costumbres guanches y relacionando el cambio de actitud de Beneharo, así como que Añaterve no se hubiera presentado limitándose a mandar una embajada para recibirlos, sin tener prueba alguna que el tratado secreto firmado entre ellos se mantuviera vigente, con aquel sospechoso silencio que se había apoderado de la isla y parecía una consigna premeditada.
El de Lugo temía a Bencomo como los gatos temen a los
perros. El prestigio que contaba entre los suyos y su habilidad para tratar los
asuntos de Estado, hacían prever que durante su
ausencia, había unificado la isla para combatirlos. En ese caso sus
posibilidades de victoria serían escasas, pues luchar contra aquellos hombres
rudos, valientes y amantes de su patria, se le antojaba como mínimo muy
difícil. El andaluz temeroso ante aquella situación, tan aislado y falto de
noticias, que tras celebrar misa en el Real y encomendarse a dios, un tres de
mayo de 1494, dispuso un ejército para emprender un reconocimiento ofensivo
hasta la laguna en Aguere.
Bencomo astuto y con los informes recibidos le hicieron comprender del peligro que suponía permitir la estancia de un ejército tan poderoso en la isla. Ese mismo día mandó emisarios a todos los reinos para convocar el Tagoror, y adoptar así una posición común ante el enemigo.
Luego con una compañía de cuatrocientos guerreros, entre los que se encontraba su hermano Chimenchia, partió en dirección a Aguere, y desde allí tomar el camino que llevaba a la Bahía de Añaza, para conocer directamente las intenciones reales del extranjero. Cuando llegaron al lugar que llaman Gracia, se encontraron con el ejército castellano que practicaba la misión de reconocimiento ordenada la jornada anterior. Los europeos al verse con los guanches de frente se alarmaron como las gallinas ante la visita del gato, corriendo a formar en posición defensiva, temblando y pálidos como el mármol, temerosos ante la posibilidad que las tropas guanches los atacaran allí mismo. Los guanches, observando el revuelo que había despertado su simple presencia, rieron, y el rey le dijo a su hermano.
- Algo sabemos, nos temen, nos temen mucho.
Luego, se adelantó acompañado por su hermano Tinguaro, para parlamentar con los extranjeros.
El general de Lugo que aún no se había repuesto del susto, mandó a un grupo de intérpretes a su encuentro, entre los que se encontraba Guillén Castellanos y desde la distancia le iba diciendo lo que debía transmitir. Tras un seco saludo, el rey preguntó por la causa de su presencia en la isla, a lo que Castellano, en nombre del general, respondió.
- Venimos a procurar tu amistad. También a pedirles que abracen la fe cristiana, pero especialmente venimos a ofrecerles se sometan a los Reyes de Castilla y Aragón, y ellos los tomarán bajo su amparo y protección.
Bencomo silenció los gritos de sus guerreros que indignados gritaban ¡Antes muertos! Para añadir reprimiendo su cólera a duras penas y haciendo gala de una ironía e inteligencia impropia de aquel al que los invasores llamaban bárbaro, le dijo.
- Bien nos parece su propuesta de paz y amistad, siempre y cuando abandonen la isla, lo más tardar mañana. De esa religión, no la conozco, cuando la conozca y compare, ya veré. Y en cuanto a que nos sometamos a tus Reyes... eso no lo verán tus ojos, nací Rey y Rey moriré.
Después, dio la vuelta para retirarse con los suyos, pero antes de desaparecer dio media vuelta desde cierta distancia, para recordarles.
- Hasta mañana tienen de plazo.
El de Lugo quedó con la impresión de que se las vería con un guerrero poderoso, inteligente y respetado por los suyos, enérgico y con carácter, poseído de su papel de soberano, en definitiva, iba a luchar contra unos hombres rudos y valientes, amantes de la patria, que morirían defendiéndola antes de rendirse, y reforzó su idea de que Bencomo en su ausencia, había unificado la isla para rechazarlos.
Con esta idea en la mente, levantó el campamento
y regresó al fortín de Santa Cruz el 5 de mayo para reforzar los
atrincheramientos y las defensas, levantar un torreón y prepararse para la
batalla inminente, también preparó las cosas para una posible huida si se
veían superados.
Sabedor de que algunos veranos el río de Añaza
se secaba durante algunos meses, mandó a excavar dos pozos, taló el monte bajo
que rodeaba el Real para descubrirlo al alcance de las armas de fuego, ordenó
correrías y envió espías por todas partes para que le trajeran noticias de los
movimientos enemigos. El de Lugo sabía que, a pesar de la superioridad de sus
armas, sus defensas y todo lo que habían construido, si los guanches se unían poco o nada tendrían que hacer contra aquellos guerreros valientes y poderosos,
capaces de atravesar las corazas castellanas con guijarros de piedra que
lanzaban a brazo.
Habiendo retornado Bencomo a Taoro, empezaron a llegar los monarcas de los otros reinos, acompañados por sus delegaciones de consejeros y nobles. El primero en llegar fue Beneharo de Anaga, luego Acaymo de Tacoronte, Belicar de Icod, Romen de Daute, Pelinor de Adeje y Adxoña de Abona para celebrar el Tagoror. Sólo Añaterve no estaba invitado, considerando Bencomo que él lo representaba después de unir la antigua nación güimarera a su reino.
Aquella ausencia fue la
manzana de la discordia de aquella reunión porque los cuatro reyes de la
confederación se sentirían amenazados por Bencomo hasta que éste devolviera su estatus a
Güimar y liberara a los rehenes que tenía en Taoro.
El Rey de Taoro negó en todo momento tales supuestos y reivindicó que lo verdaderamente importante era adoptar una posición común ante el invasor. Lo cierto es que no fue posible entenderse. Ni la presencia de un poderoso ejército extranjero en la isla, ni la consideración de que Güimar pactaría con el extranjero ante el rechazo de sus legítimas reivindicaciones, los hizo llegar a un acuerdo.
El Tagoror se disolvió,
quedando los reyes airados y enemistados entre ellos, proclamando los
confederados que cada uno defendería sus territorios por su cuenta, antes de
entregar sus reinos al Mencey Bencomo.
A excepción de Bencomo que se mantuvo firme e inflexible, toda la isla se conmocionó ante el resultado del Tagoror, y el pueblo de Güimar, que esperaba con ansiedad el desenlace y hasta entonces había eludido comprometerse en firme con el extranjero, rompió en odio y reconoció la soberanía de Castilla el 6 de mayo de 1494. Aquella noticia llenó de júbilo a las tropas castellanas que ya contaban con una base sólida y la cooperación de un pueblo despechado que solo deseaba venganza sobre Bencomo.
El martes 25 de mayo,
después de mandar una escuadrilla a barloventear la isla por el norte para que
le sirviera de base de operaciones y dejar un pequeño presidio en el Real,
marchó con su ejército reforzado por trescientos güimareros, comandados por los
mejores sigoñés.
Tras horas de marcha decidieron darse un descanso al llegar a Agüere, y tras recuperar las fuerzas, partieron de nuevo en dirección a Taoro. Los castellanos estaban tensos y nerviosos, el hecho de no haberse encontrado con nadie durante todo el camino los intimidaba y mantenía en un estado de tensión extraordinaria. Por no ver, no encontraron ni una cabeza de ganado, pero no podían sacudirse la sensación de estar más vigilados que nunca.
Bencomo sabía desde
primeras horas que los castellanos se dirigían a Taoro y convocó los tabores de
los reinos de Anaga, Tacoronte, con su achimenceyato de Tegueste, es decir,
congregó la totalidad de las fuerzas de la Liga del Norte.
El Quebehi tenía claro
que debía escoger bien el lugar donde atacarlos, debía ser en un terreno
que les dificultase el despliegue, y sobre todo utilizar la caballería, pues ya
conocía la forma de guerrear de los extranjeros. Así pues, los dejó entrar en
el valle de Auraotapala.
El plan de Bencomo era
dividir los seis mil guanches a su cargo en tres grupos de dos mil, equivalente
cada uno de ellos a las fuerzas extranjeras, con la orden de que ninguna de
ellas entrase en combate sin contar como mínimo con el apoyo de otro de los
grupos, para ello los escalonó de la manera siguiente.
Mandó al primer cuerpo,
comandado por Acaymo y Beneharo, a que se escondiera al este del barranco de
Acentejo. El segundo cuerpo regido por Tinguaro, achimencey de Acentejo, y el
rey de Tegueste se instaló al otro lado del barranco. Mientras Bencomo se colocó
con el tercer cuerpo en las cercanías de la Florida.
El ejército castellano
al llegar a los llanos de Acentejo contramarchó por el mismo camino, mientras
las fuerzas de Chimenchia Tinguaro se emboscaron a lo largo del mismo por el
lado sur, mirando al mar, y el de Acaymo y Beneharo por el este, en el lugar
que hoy se conoce como Tosca de los Muertos, por los muchos que dejaron la vida
en aquel lugar.
El ejército invasor
recorrió todo el camino en orden de batalla, hasta llegar al valle de
Auratapala, en el menceyato de Taoro. Los exploradores regresaron para informar
que no se habían encontrado con ser viviente alguno, con excepción de unos
rebaños abandonado poco más allá de los llanos de Acentejo. El General mandó a
que se apropiasen de los rebaños, y desde allí, volver sobre sus pasos hasta la
laguna de Aguere.
Aproximadamente a las
cinco de la tarde, viniendo de vuelta las tropas castellanas caminando al paso
del ganado, confundidos hombres, ovejas y cabras en el centro de la larguísima
columna que linealmente se extendía más de dos kilómetros en un terreno agrio,
donde unos quedaban ocultos de los otros por lo accidentado del terreno, por
los matorrales y barranquillos, campo especialmente oportuno para la forma de
luchar de los canarios, cuerpo a cuerpo.
El sonido de los bucios fue el aviso para que una larga hilera de guanches se levantara de sus escondites con estruendo, seguido por una nube de piedras y banotes, para continuar una fila de miles de hombres que cargaban saltando sobre los castellanos sin darles tiempo a desplegarse, imponiendo los guanches con la maniobra las condiciones del combate. La lucha duró horas, y el resultado fue trágico para los europeos, pues la expedición quedó casi totalmente aniquilada.
Después de horas de encarnizada lucha llegó el rey Bencomo con su ejército, cayendo como avanzadilla sobre el enemigo, que no pudo aguantar el empuje de las fuerzas de refresco. Los extranjeros se replegaron hacia los llanos de Acentejo, donde la tropa derrotada se entregó a la carrera barranco abajo. y solo se salvaron, unos cien canarios de la isla de Tamarán y cuatro portugueses que pidieron clemencia.
El de Lugo, derrotado y
humillado en la batalla por los guanches, huyó a caballo con una veintena de
caballeros y treinta güimareros, y guiados por éstos, atravesaron la cordillera
central de la isla, hasta llegar a un lugar desde donde se divisaban las luces
de las hogueras del Real de Santa Cruz, y se animaron unos a otros, incrédulos
aún por haber conservado la vida, diciéndose ¡Esperanza, aún hay esperanza!
Otros treinta soldados
se refugiaron en una cueva y fueron sitiados, Bencomo les perdonó la vida y los
devolvió escoltados al campamento de Añaza, pues los guanches no sacrificaban a
los prisioneros de guerra.
De un ejército de mil ochocientos veinticinco componentes, murieron mil quinientos setenta, o sea, que del primer intento de invasión de Achinet solo sobrevivieron doscientos cincuenta y cinco hombres. Aún hoy se recuerda aquella batalla como la mayor derrota sufrida jamás por el ejército invasor, y la más grande derrota de un ejército colonial europeo en sus guerras de conquista.