Antes que pare la brisa - Carlos Darias
Antes que pare la brisa - Carlos Darias
Bajaba caminando por la carretera general que enlaza la ciudad universitaria de La Laguna con Santa Cruz con los ojos puestos en cualquier oportunidad de resolver mis necesidades más inmediatas, ya fuera una señora con bolso, el interior de los vehículos, algún despiste, pero no encontré ningún chance de hacerme el bussines y solo andaba con la mente puesta en conseguir dinero fácil que gastaría con la misma facilidad, pues por aquel entonces lo de trabajar no rentaba para mantener mi nivel de vida.
Mi existencia en aquellos días era un desastre, me había convertido en un egoísta que a pesar de contar con todo lo que precisaba para mi desarrollo personal, es decir, el cariño y apoyo incondicional de mi familia, me estaba desviando de la buena trayectoria del pasado para rodearme de personas que no me aportaban sombra alguna.
Entregado a la pereza abandoné mis estudios con la excusa de trabajar y me la pasaba guapiando, acercándome peligrosamente a los problemas, y trapicheando conseguía el dinero suficiente para tirar el día a día sin dar un palo al agua.
Mis padres vivían preocupados por mi porvenir e impotentes observaban como me había encerrado en mí mismo. Era como un muro donde rebotaban todas sus críticas y consejos, y cualquier intento de las personas que me querían por reconducir mi actitud, lo interpretaba como una intromisión y lo rechazaba de inmediato con aquel discurso estúpido de "mi vida es mía" me había hecho inaccesible a todos y solamente me mostraba cuando era de mi conveniencia, así pues, mi perspectiva del futuro ni siquiera me la había planteado.
Cuando llegué a la altura del Mirador de Vistabella decidí atajar por la zona residencial del Ramonal torciendo por la primera bocacalle a la izquierda. Mientras bajaba controlaba a ambos lados de la carretera buscando un chalé que reuniera condiciones para dar un palo, y al final de una vía sin salida descubrí una casa colonial blanca con los resaltes en azul celeste y ventanas de metopas de cuatro hojas abiertas de par en par. Parecían invitarme a entrar y ni lo pensé.
La vivienda estaba resguardada por un muro exterior, mitad mampostería, mitad hierro forjado. Tras este un jardín descuidado con la hierba alta, y a unos diez metros la entrada de la casa.
Tras sopesar los riesgos y asegurarme de que nadie me observaba desde el exterior, trepé el muro y corrí sigilosamente hasta colocarme justo debajo del ventanal. Comprobé que en la sala no había nadie y entré de un brinco. Una vez dentro eché un vistazo a mi alrededor, era una sala amplia con techos altos decorados con una cornisa ancha; del rosetón central colgaba una lámpara de araña con lágrimas y tulipas de vidrio; en las paredes, pintadas de color crema, se podían contar miles de libros perfectamente encuadernados en estanterías de caoba, y tres acuarelas con paisajes del Teide vestían una pared donde también había una cómoda con objetos de plata; en el suelo de madera una alfombra, y sobre esta, una mesita y sillones de terciopelo granate. En otra pared, bajo un enorme espejo con marco dorado, un aparador oscuro con portarretratos y fotos familiares, y un reloj de pulsera dorado. Lo cogí y lo metí en mi bolsillo.
Aún no había guardado nada cuando sentí pasos a mi espalda y una mano se apoyó suavemente sobre mi hombro. Con una violenta reacción, giré asustado al verme sorprendido con las manos en la masa, pero al virar me encontré con una anciana mirándome sonriente que con tono amoroso me dijo.
- Desde niño siempre te gustó mirar esas fotos ¡Ay nietito mío! Ya era hora de que vinieras a verme. Llevo tanto tiempo esperándote ¿Cómo estás, mi niño? ¡No sabes la alegría que me das!
Mi primera intención fue salir corriendo por donde mismo había entrado. Pensé que la vieja estaba loca y deliraba, pero por alguna extraña razón me quedé.
La señora vestía un elegante traje de seda blanco con flores verdes y zapatos a juego, en su cabello gris lucía un cuidado peinado y su rostro era dulce y bello. Se podía distinguir bajo las huellas de los años a una mujer que de joven fue hermosa. Parecía una de aquellas divas italianas de los sesenta, la Cardinalle o la Lollobrigida cuarenta años después de sus éxitos. Me tendió la mano y me dijo.
-Vente a la cocina que preparo café y alegamos un ratito.
Hasta aquel momento no había pronunciado palabra intimidado por la situación, pero estaba extrañamente tranquilo y sin ningún esfuerzo respondí.
-Claro abuelita.
Me acarició la cara y recorrimos un oscuro pasillo decorado con estanterías llenas de objetos marineros y cuadros. La cocina más iluminada, pintada de blanco con encimera de mármol negro, y en el centro, una mesa grande con dos bancos en los laterales y dos sillas en las cabeceras.
Me invito a tomar asiento y mientras preparaba la cafetera me expresó su cariño, me dijo que me quería y cuanto me había echado de menos. Sorprendido aún por la situación le respondí siguiéndole el juego.
- Yo también abuela.
La vieja sirvió dos tazas de café, tomó asiento a mi lado y con una voz dulce pero a la vez triste comenzó a contarme mientras las revolvía.
- Llevo años esperando tu visita. No sabes cuánto he sentido que tu padre no fuera capaz de comprender que rehiciera mi vida, pero tuve que tomar una decisión y lo hice con la mala fortuna de haberme quedado solita a los pocos meses de casarme. - En ese punto hizo una pausa, como buscando las palabras para continuar - Llevo todos estos años sin saber nada de ustedes, mi única familia. Sé que es el precio que me ha tocado pagar, el castigo por haber apostado por el amor, y mi verdugo es mi hijo, precisamente él, la persona que más quiero en este mundo.
Quiero que le digas que cada día pienso en él y lo quiero, dile que para mí sigue siendo aquel que acurruqué de niño y tanto me costó parir. Dile que ese sentimiento es irrompible, inalterable, porque jamás ha sido cuestionado en mi corazón. - la señora paró para tragar saliva, no quería llorar, estaba expresando sentimientos guardados desde hacía mucho y no quería que una llantina enturbiara el contenido de sus palabras. Tras una breve pausa, concluyó diciendo - Solo dile que lo quiero.
Me trastornó sorprenderme acariciándole las manos, consolándola y haciendo un gran esfuerzo por no llorar. Sin explicación alguna estaba triste, compartía la pena y el dolor de aquella vieja desconocida a la que veinte minutos antes pretendía robar.
El hecho de sentir por otra persona ajena a mí me confundió. Llevaba tanto tiempo enfrascado en mi mundo egoísta donde todo giraba en torno a mí, que el sentimiento que me provocó el discurso de la señora rompió mi perspectiva de la realidad. Por un instante sentí por ella.
Me sentí confuso ¿Qué era aquella emoción? ¿Qué estaba haciendo allí? No sabía como manejar mis sentimientos en aquel momento. Así que, como hacía cada vez que tenía que afrontar algo o tomar alguna decisión, decidí marcharme, pero antes le acaricié la mano y le dije.
- Se lo diré. No te apures ni estés triste abuela. Hoy he venido a verte y tienes motivos para estar alegre. Además, volveré y seguiremos hablando.
-Tienes razón mi niño, Por lo menos tú conoces mi sentir ¿Verdad? Adiós nietito, vuelve por favor, te estaré esperando.
Me levanté de la silla y recorrí de vuelta el pasillo hasta la sala, recogí la bolsa y salí por la puerta, pero antes de alejarme eché una última mirada atrás. Recuerdo que dije en voz alta.
- ¡Lo cuento y nadie me cree!
A pesar de lo anecdótico del encuentro, no podía negar que aquella sucesión de acontecimientos me había afectado. Estaba triste por aquella vieja loca que me había confundido con su nieto de la que siquiera sabía su nombre.
Seguí bajando por el borde izquierdo de la carretera general pensando en el drama de aquella pobre mujer, reconstruyendo su relato, y sin querer, mi mente daba forma a los personajes. Al llegar a la Vuelta de los Pájaros decidí ir a casa, no tenía ganas de estar con nadie, aquel día no.
Llegué pasadas las nueve y mi madre se sorprendió, normalmente llegaba cuando ellos ya dormían.
- ¿Qué te pasa pollo? - cómo me solía llamar - ¿Estás malo?
- Sí, no me encuentro muy bien. - le dije.
Me senté junto al viejo a ver uno de esos programas de reformas de casas, pero realmente no podía quitarme de la cabeza todo lo que había pasado, no podía dejar de pensar en aquella pobre mujer sola, penando por su familia que le había dado la espalda cuando más la necesitaba.
Después de cenar subí a la azotea a fumar, y luego, bajé a mi cuarto a oír el programa deportivo de la radio, pero ni así pude sacudirme aquella sensación extraña, sentía pena por aquella anciana que me había mostrado su alma, y culpa, por ser un gamberro que había entrado a robar sin ninguna consideración ¿Era esa la persona que quería ser? ¿Quién hacía esas preguntas? ¿Mi conciencia?
Pasaban las doce cuando decidí meterme en la cama, y al quitarme los pantalones descubrí el reloj de pulsera en mi bolsillo, aquel que me había guardado cuando entré en la casa antes de encontrarme con la señora. Ahora me producía la sensación de haberlo hecho sin querer y me hizo sentir aún más culpable y de alguna manera la había cagado.
Era un reloj de oro y en el dorso tenía una inscripción extraña que ponía “Kduh i Tayri-M” y una fecha 05/08/87, sin duda era un recuerdo, lo único que le quedaba a aquella anciana que me había cautivado y se lo había robado. Aquella noche no pude conciliar el sueño, pensando en la forma de enmendar mi error.
- Mañana vuelvo y lo dejo donde mismo lo cogí. Tal vez no lo haya echado en falta todavía. - pensé.
A las siete de la mañana del día siguiente, cuando mi madre se levantó a preparar el desayuno, ya estaba en pie y tenía la cafetera al fuego. Vacilona como es, me dijo.
- ¿No te habrás echado novia?
Sin duda sorprendida al verme despierto a esas horas. Le respondí.
- Ojalá vieja, ojalá.
No recordaba lo agradable que resulta comenzar el día con risas. Mi padre apuró el tazón de leche y gofio, y marchó a afrontar su jornada laboral en la Refinería. Mi madre se sentó a mi lado y me preguntó:
- ¿Tienes algún problema, hijo? ¿Te podemos ayudar en algo? Contesté como siempre.
- No mamá, estoy bien.
A las 11’30 de ese día, salí de mi casa intentando parecer un buen chico. Me puse unos pantalones de vestir que tenía desterrados en el armario, zapatos y camisa de botones para dirigirme a casa de la señora y devolverle el reloj que, sin querer o al menos ese era mi sentimiento en aquel momento, le había robado.
Serían las doce cuando torcí por la vía sin salida que conduce a la casa. A llegar y a unos pocos metros de la entrada, habían aparcados tres vehículos, uno de policía, una ambulancia que se retiraba, y un coche fúnebre. Un grupo de señoras en bata hablaban con la pareja de policías que levantaba el atestado.
Inmediatamente comprendí que algo había pasado y me negaba a aceptar lo que dentro de mí sentía como una evidencia. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y un sabor metálico anegó mi boca.
- No puede ser – me dije mientras me acercaba al lugar - No puede ser que haya muerto y yo sin devolverle el reloj.
¡Qué pensamiento más absurdo! La señora se había ido y yo preocupado por apaciguar mi conciencia, algo que por aquel entonces desconocía que tuviera.
Aquel cúmulo de circunstancias me descompuso, me rompió todos los esquemas, estaba preparado para cualquier cosa, incluso acabar preso porque la señora había recuperado el tino, pero para aquello no.
Tomé asiento en el borde de la acera, contrariado. En aquel momento sacaban el cuerpo en un féretro provisional, y por la unión de las tapas pude distinguir el vestido trillado al cerrarlo, aquel traje blanco con flores verdes que lucía la mañana anterior. Ese hecho me invitó a pensar que había muerto poco después de nuestro encuentro, quizá después de que me fuera ¿Lo habría presentido? ¿Sabría que iba a morir y se desahogó conmigo conscientemente? ¿Me habría ofrecido su último aliento donde simbólicamente expresaba a su familia su sentir, su desconsuelo? Quizá sí o quizá no, y aquello había sido un cúmulo de circunstancias, pero si ayer me pareció singular nuestro encuentro, hoy tomaba otro cariz y daba especial valor a nuestra breve charla ¿Querría algo de mí? ¿Habría un motivo para que momentos antes de su muerte, estuviera hablándome de sus sentimientos?
Esperé a que todos se fueran para acercarme al buzón rumbriento soldado a la puerta de hierro de la entrada y pude leer, Miguel Pérez Yanes y Amparo Bencomo Benítez ¡La señora se llamaba Amparo! Y sentía que la conocía y estaba en deuda con ella, sin darme cuenta de que la deuda era conmigo mismo, más bien con esa parte de mí que empezaba a asomar. De alguna manera, al preocuparme por aquella señora había parado mi mundo. Sin darme cuenta y sin participación de una voluntad consciente, estaba sintiendo lo que hacía y esto daba un valor nuevo a mis acciones.
Aquella tarde regresé a casa peor de lo que lo había hecho la tarde anterior y un sinfín de preguntas abordaban mi mente ¿Lo sabría su verdadera familia? ¿Le importaría a alguien su pérdida? ¿Lloraría alguien por doña Amparo Bencomo?
Me vino a la mente aquel encuentro breve e intenso, y llegué a la conclusión que la Muerte cuando visitó a Amparo y se sentó junto a nosotros, estaba dándome un consejo subliminal que afirmaba que no había tiempo que perder y me esperaba. Ante aquel encuentro ineludible, cualquier circunstancia se hacía insignificante y serían nuestros actos los que nos sobrevivirían, por lo que ya valía la pena hacer las cosas bien.
A la mañana siguiente madrugué y desayuné con los míos, que sorprendidos por mi nueva actitud, volvieron a preguntarme si estaba bien o tenía algún problema. Yo respondí con mi habitual.
- Estoy bien.
Cuando mi padre bajó a trabajar lo acompañé y compré el periódico buscando la esquela en las necrológicas, pero tras mirar en todos ellos comprobé que no aparecía. Tampoco al día siguiente, ni al otro, y confirmé que nadie había llorado por mi señora ¡Qué triste! ¡Qué pena!
Aquel día me acerqué al periódico y puse el recordatorio de doña Amparo, pensé que de alguna manera mi buena acción compensaría mi deuda moral con ella. En la esquela hice poner.
Doña Amparo Bencomo Benítez falleció el día 15 de mayo del año 2019, no sé su edad, tampoco que tipo de auxilio recibió, sólo sé que murió sola y entregando amor.
"Las condiciones del pájaro solitario son cinco. La primera, que se va a lo más alto; la segunda, que no sufre compañía, aunque sea de su naturaleza; la tercera, que pone el pico al aire; la cuarta, que no tiene determinado color; la quinta, que canta suavemente."
Dichos de luz y amor. San Juan de la Cruz.
El que guarda su reloj ruega un recuerdo por su alma.
Santa Cruz de Tenerife, 18 de mayo de 2019.
La señora del periódico me hizo pagar un suplemento porque el diseño no era el estándar y había que confeccionarlo especialmente. Aboné la factura y marché para mi casa con la sensación de haber pagado también, parte de mi deuda con el espíritu del hombre bueno que renacía en mí.
Me sentí aliviado, y al llegar a casa encontré a mi madre leyendo una de esas revistas de cotilleo. Interrumpió la lectura para mirarme y sonriendo me dijo.
- ¡Tú estás enamorado!
- ¿Otra vez? ¡Qué no! Sólo estoy cansado de hacer el pollaboba, mamá.
- ¿Y por qué tienes la impresión de estar haciendo el pollaboba, mijo?
- Todavía no te lo puedo explicar, pero te prometo que cuando lo tenga claro lo haré.
- Sabes que estaré ansiosa por oírte, hijo mío, pero creo que estás madurando. Recuerda lo que siempre te decimos, en la vida hay valores importantísimos, pero sólo valen los que se desarrollan dentro de nosotros. Los otros se quedan en una mera palabra que los define.
- Sí mamá.
Me retiré a mi cuarto a oír música y echarme un cigarrito pensando en lo que mi madre me había dicho tantas veces, y hasta ahora, no le había encontrado sentido. Subí a la azotea, solté al perro y jugué con él mientras fumaba y observaba la llegada del Volcán de Tauce a puerto.
En el horizonte se distinguían los pueblos del norte de la isla hermana de Tamarán, y en la azotea de enfrente mi vecina Angélica tendía la ropa con un vestido algo corto, cada vez que colgaba una pieza se ponía de puntillas y me enseñaba las cachas. Le silbé desde donde estaba con el tonito del piropo, y ella al sentirse observada, se sonrojó y entró de nuevo en la vivienda. Sonreí cuando asomó de nuevo la cabeza por la puerta para comprobar si aún estaba allí. La saludé con la mano y bajé a casa. Al cruzarme con la vieja le dije:
- Mamá tengo la impresión de estar haciendo el pollaboba, porque he estado haciendo muchas pollabobadas.
Mi madre me besó en la frente y se descojonó en mi cara, yo por mi parte sólo pude acompañarla y descojonarme con ella, nos abrazamos y seguimos cada cual a sus asuntos. Me sentía bien, pleno, claro y bueno.
Eran las doce del día 20 de mayo de 2000 cuando sonó el timbre de la puerta de entrada, oí a mi madre gritar ¡Ya voy! Era un señor bien vestido que preguntaba por mí. Mi madre alarmada preguntó si ocurría algo, si había algún problema.
- Ninguno, solo quiero hablar con él – le dijo.
Mi madre gritó mi nombre y bajé la escalera de un salto.
- Este señor pregunta por ti.
- Hola, soy Francisco Hernández Bencomo ¿Podemos hablar un momento?
En principio no lo relacioné, pero luego el Bencomo de segundo me aclaró todo. Era el hijo de doña Amparo.
- Sí, como no. – le dije - Si le parece bien podemos acercarnos a la plaza de enfrente y hablamos.
Nos sentamos en un banco y le dije.
- Usted dirá.
El señor me explicó que había dado conmigo indagando en el periódico, y allí le habían dado mis señas, me dio las gracias por el gesto de poner la esquela y preguntó de qué conocía a su madre.
Sin sopesar el problema que me podía producir decirle la verdad, le abrí el corazón y le conté con pelos y señales cada detalle de nuestro encuentro, y me tomé la libertad de explicarle lo sentido de nuestro fortuito encuentro.
Me emocioné mientras le repetía cada una de sus palabras que habían quedado grabadas en mi memoria con total frescura y nitidez. La parte más difícil fue explicarle que yo era un golfo que entró a robar, y de qué forma el encuentro con su madre me había afectado positivamente.
El señor permaneció impasible hasta que le dije, que el más ferviente deseo de su madre era que supiera cuánto lo quería. En aquel momento se le rayaron los ojos y apretó los dientes para mantener la compostura. Le dije que tampoco su madre quiso llorar, quería que comprendiera lo profundo se su sentir, pero llorar no era malo y su vieja bien merecía mil lágrimas.
-Un poco tarde. - me respondió
-El breve encuentro con su madre ha despertado en mí una nueva conciencia, tal vez ella solo pretendía despertar la suya.
Se levantó y me tendió la mano.
- Gracias por haberme atendido. Toma mi tarjeta y llámame si puedo hacer algo por ti.
Le pedí que esperara un instante, tenía algo para él, y corrí hasta casa para regresar un minuto después y darle el reloj de Doña Amparo.
-Tenga, esto era de su madre y es usted quien debe tenerlo.
No le di ninguna explicación al respecto de porque estaba en mi poder, solo le dije que era para él. Lo recogió y al observar la inscripción sonrió y me dio las gracias. Al retirarse en su coche se despidió con la mano. Nunca volví a verlo y solo espero que haya comprendido la importancia de saldar las deudas con el espíritu del hombre bueno, y hacerlo... Antes de que pare la brisa.