LA ÚLTIMA PUNTA, de Leandro Perdomo - Lanzarote 1978.


LA ULTIMA PUNTA (Lanzarote 1978 Leandro Perdomo)


—Padre, yo quiero sucederle a usted en la fama. Yo quiero

que se diga en toda la isla que soy hijo suyo, que soy el mejor. Yo quiero ser como usted, el mejor jugador del palo de Lanzarote.

—Para eso tienes que esperar. Ya sabes bastante, pero tú sigue ejercitándote y te prometo que antes de morirme te enseño lo que te falta: la última punta.

Hacía tiempo que el hijo estaba detrás del padre empeñado en que le enseñara la última punta, pero el viejo se resistía. El viejo había sido en su juventud el mejor jugador del palo y todavía, ya viejo, mantenía el prestigio, la fama. Desde los más apartados lugares de la isla venían a casa del viejo hombres fornidos y entusiastas a pedirle consejo, y el viejo, socarrón, les decía que siguieran en el ejercicio diario, que con el tiempo llegarían a manejar el palo con la detreza y maestría que él lo había hecho en su mocedad. Al hijo le prometía que antes de morirse le enseñaría lo que le faltaba para ser el mejor de la isla: la última punta.

Este juego del palo parece que se practicó en Lanzarote hasta mediados del pasado siglo, fecha en que se extinguió como pasatiempo y deporte, practicándose todavía en los medios rurales como medio de defensa contra el camello cuando éste se enrabisca y le embiste al hombre. El palo certero en «los tabaqueros»

ha salvado a muchos campesinos lanzaroteños de morir aplastados por la acometida rabiosa del dromedario en celo. Según me han dicho, días pasados se vieron por televisión unas escenas de este interesante juego del palo que los chicharreros, al parecer, quieren resucitar. Si es esto verdad, yo me congratulo. Pienso que es hora ya de reivindicar la tradición y defender y fomentar los deportes y pasatiempos de nuestros antepasados los guanches. Con la lucha canaria, el juego del palo es sin duda el deporte más auténtico y genuino heredado de los guanches. El juego de pelota al tanto y raya, ya extinto, y las riñas de gallos, son más modernos, posteriores a la conquista de las islas. La lucha y el juego del palo son los únicos deportes genuinamente guanches, que todos los canarios bien nacidos debiéramos conocer y practicar haciendo honor a nuestros remotos antepasados. Mi enhorabuena y mi aliento a ese grupo de jóvenes chicharreros que lo están intentando. Y como iba diciendo, el padre se negaba a enseñarle al hijo la última punta.

—Tú sigue ejercitándote, hijo mío, que el día llegará, antes de morirme, en que te enseñe la última punta —le decía. Pero el hijo no estaba muy conforme. Le habían dado unos buenos toques en Tinajo, y en Yaiza, con ocasión de la fiesta de Los Remedios, lo habían dejado tendido en tierra como un conejo de un palo en el totizo y no se conformaba. Quería saber tanto como su padre, a quien jamás lo habían tumbado de un macanazo los múltiples contrincantes que a lo largo de su vida le salieron al paso.

—Padre, enséñeme la última punta, que yo se lo agradezco.

—No te apures, hijo, que ya la sabrás antes de morirme.

—¿Y si se muere de repente?

—Entonces te quedas sin la última punta.

Para qué le hablaría el padre así... Sin pensarlo mucho, en la primera ocasión el hijo acechó al padre y le salió al encuentro en medio del camino. Era noche clara de luna brillante y el viejo venía del pueblo vecino bastoniando con su palo y canturreando una folia, cuando le salta al paso un hombre encapuchado. Sin amedrentarse, el viejo esgrime el palo y se defiende heroicamente, sacando fuerzas de abajo y repeliendo la agresión con bravura. Pero empiezan a flaquearle las piernas con los saltos y contrasaltos y la vejez iba ya a traicionarle cuando echándose hacía atrás con ronca voz exclamó: «¡Cuidado, que por detrás no se le pega a nadie!» Instintivamente, el hijo se reviró. Fue el instante en que al volver la cabeza lo dejó tendido barriga arriba como un conejo de certero palo en el pescuezo. Yéndose hacia él y quitándole el capuchón de la cara, le dijo. «¿No querías saberlo? Pues ésta, hijo mío, es la última punta.» 

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