¿Quién coño es el Hirgwán? - Carlos Darias.

 

 

¿Quién coño es el Hirgwán? - Carlos Darias

Aún hoy, guardo en un lugar muy especial de mi memoria el verano de 1.972, aquel que acompañado por mi familia pasamos en la villa palmera de Mazo, con mi primo Juanito y mi prima Elena ¡Cómo disfrutamos aquel verano de aventuras! ¡Cuántas anécdotas y recuerdos que mantengo vivos en mi mente! Recuerdo perfectamente la distribución de la casa, con las dos habitaciones a la derecha del patio de piedra donde nos bañábamos en la palangana. La cocina al fondo, y a la izquierda unos chaplones que bajaban hasta un terraplén donde circulaban libres las gallinas, salvo alguna chiflada a la que mi tía ataba una alpargata a una de sus patas para que no se alejara demasiado.

A escasos metros de estas, el corral de las cabras, recuerdo especialmente un baifito chiregua al que nunca me dejaron ponerle nombre, decían que después se le tomaba cariño y era peor el sentimiento que te quedaba cuando tocaba matarlo.
Algo más alejado el goro del cochino, que más que chancho parecía hipopótamo por lo grande y gordo que estaba. Justamente detrás de la cocina y comunicado con ésta estaba el cuarto donde mi tía Gracia ahumaba el queso, y mi tío A-gusto colgaba y limpiaba la caza.
¡Sí, has oído bien! mi tío A-gusto, realmente lo habían bautizado con el nombre de Augusto, pero a él ese nombre le sonaba a godo enterado e insistía en que le llamaran A-gusto, “la A y separado Gusto”, argumentando muy seriamente que ese nombre le quedaba mucho mejor, porque él en mayor o menor medida siempre estaba muy a gusto y soltaba una carcajada
¡Chico mago mi tío A-gusto! con él planté papas por primera vez, monté en mulo, fui a cazar, descubrí los erizos entre la hojarasca de los castañeros, y le olí el peo a un tabobo cuando intenté acercarme al nido que había construido en la copa de una vieja higuera. También me enseñó a construir jaulas pa´pajariar con una tunera y caña, con la que se fabricaba una trampa que caía sobre el pájaro al menor contacto. Todas estas cosas y mucho más aprendí con mi tío A-gusto.
Recuerdo como si fuera hoy que mi prima Elena padecía de estreñimiento ¡la pobre! Y mi tía le preparaba unas escupideras, una con agua caliente y hierbas donde debía sentarse un rato, y otra fría para que diera del cuerpo. Mi prima que tendría más o menos mi edad, tras sentarse veinte veces en cada una de ellas, terminaba cagando por puro aburrimiento en la de agua caliente. Mi hermana Mae y yo nos descojonábamos ante aquella situación tan cómica y mi prima terminaba llorando por reírnos de ella.
¡Qué maravillosa fue aquella época de mi infancia donde cada día tocaba fajarme con mi primo Juanito a la lucha! He de admitir que me tumbó muchas veces, hasta el día en que me hizo llorar, porque después de aquella agarrada, nunca más me pudo.
Fue por aquel entonces cuando oí hablar del Hirgwán por primera vez. Aquel verano había desaparecido un niño misteriosamente en las cumbres del municipio de El Paso. El muchacho que tendría seis años estuvo desaparecido durante cinco días, y por más que lo buscaron, no apareció por ningún lado.
Cuando ya nadie creía que aparecería con vida, lo encontraron sentado en la plaza del pueblo sano y salvo, limpito, y comidito como el primer día de su desaparición. Cuando lo interrogaron acerca de su paradero, afirmó que había estado en una cueva muy limpia y dormido en una cama. Les contó que un hombre peludo con los ojos rojos lo había cuidado y no recordaba nada de cómo había llegado hasta allí.  También dijo que el hombre peludo de los ojos rojos, se llamaba Manolito.
Recuerdo que cuando mamá preguntó por ese tal Manolito, mi tía Nela le pidió que bajara la voz, y con el semblante grave le contó que se trataba del Enemigo.
¿Qué Enemigo es ese? Nela. - Y mi tía le respondió en voz baja.
- Es el Demonio.
Quedé tan impresionado por aquella conversación que me costó conciliar el sueño. No me agradaba nada la idea de que hubiera un hombre peludo supuestamente maligno, circulando a sus anchas por la isla. Mucho menos me agradaba la posibilidad de encontrarme con él. Es más, el simple conocimiento de su existencia me ponía nervioso.
Al día siguiente a la grupa del mulo de la familia y en compañía de mi tío A-gusto, yendo a buscar pinocha para los animales, decidí compartir con mi tío lo que me rondaba por la cabeza:
- Tío
- ¡¿Qué?!
- ¿Tú crees en el Enemigo?
A mi tío se le borró la sonrisa de la cara para cambiarla por una mueca de temor, paró a la bestia y me depositó sobre una piedra de los márgenes del camino. Miró a su alrededor para comprobar que estábamos realmente solos y en voz bajita me dijo:
- Lo he visto.
- ¿De veras? - pregunté sorprendido.
- Lo he visto saltar con su astia desde alturas que cualquier otro saltador se habría roto hasta la pepa del culo. Era como un hombre pero su cuerpo está cubierto de pelo, y sus ojos son rojos como la sangre. Si te mira quedas paralizado y no puedes escapar de su influjo.
- ¿No me estarás mintiendo tío A-gusto para atemorizarme?
- Carlitos, con estas cosas no se juega, y dejemos de hablar de este tema que no me gusta ni un pelo.

Continuamos camino del monte pero en total silencio, ni yo ni él pronunciamos palabra alguna durante todo el camino, y si antes estaba asustado, ahora estaba acojonado de veras.
Aquel verano acabó, y nosotros regresamos a Tenerife para continuar con nuestras vidas, pero nunca me pude quitar de la mente aquella imagen de un hombre peludo de ojos rojos que vivía en los montes de La Palma y los benehaoritas ya conocían con el nombre de Hirgwán.
Años más tarde, cuando ya era un zangalote y se despertó en mí un gran interés por la cultura de mi país, me encontré con varios textos que hablaban de esta divinidad palmera. Torriani habla de este mito y lo describe como hombre peludo que era malvado y de gran arraigo popular. Me contaron del bereber Hirg – demonio- y de su plural Hirgwán. Otros que llegaron después, lo convirtieron en perro peludo, intentando sin duda desmitificar al personaje en beneficio de los iconos religiosos cristianos. Lo cierto es que muchas generaciones de canarios lo tuvieron presente con apariciones en la realidad y en sus sueños.

Me he enterado de que el nombre propio femenino Yurena es una deformación de esta palabra que ha sido interpretada de diferentes formas a través de la Historia y ha estado presente en las creencias populares de la Isla Bonita.
Para unos, sinónimo de malos augurios y su aparición no traía nada bueno, mientras para otros, aquellos que un día lo vieron nunca volvieron a ser los mismos. Para algunos, como mi tía Gracia, era el mismísimo demonio que rondaba por los rincones de Benehoare desde que el hombre moraba la isla. Para mi tío una amenaza terrible que le producía pavor, y el joven niño perdido encontró en él un amigo que salvó su vida y lo devolvió con los suyos.
Pocas cosas podemos sacar en claro acerca de este personaje de la mitología canaria, solo sé que para cada uno el Hirgwán es algo diferente, y desde el siglo XV hasta nuestros días muchos son los que han creído verle saltando con su astia de risco en risco en lugares inaccesibles para cualquiera.


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