¡Cómo la más verdadera! Fragmento de "Por si mañana no estoy" de Carlos Darias

 


¡Cómo la más verdadera!

El 2 de marzo de 1990, cogí un avión en el aeropuerto de Hambrung con destino a Melabo. Casi diez años después regresaba a mi país, lugar al que mi mente volvía cada día a encontrarse, identificarse y reconocerse, pero esta vez no sólo retornaba mi mente.

En las cinco horas de vuelo, pensé en la persona que diez años atrás había partido en compañía de José Tejeda, y en quien regresaba.

Realmente seguía manteniendo los mismos principios y objetivos. Seguía queriendo mejorar cada día, ser mejor persona y también continuaba subido a mi torre en las alturas, disfrutando de las piruetas de los pájaros, sólo que ahora no me sentía tan alejado de ellos.

Era aquel “buscador” de conocimiento que pretendía ser el ingeniero de su vida y ahora estaba más preparado, había aprendido mucho, pero por dentro seguía siendo el mismo.

Sentía que durante aquellos años había acumulado una experiencia vital inmensa, pero ya no creía que me las sabía todas, ahora tenía claro que me quedaba mucho por aprender y no iba a tener tiempo de saber de todo, que la verdadera experiencia era simplemente vivir. Por explicarlo de una forma gráfica, al principio mis ojos estaban fijos en la cima de la montaña, ahora quería disfrutar de la ascensión, de cada paso, de cada curva del camino, de cada bocanada de aire que salía de mis pulmones, de sus vistas y paisajes.

Cuando en mi conversación interna me pregunté lo que había aprendido durante aquellos años, me lo pensé antes de responderme. Observé que el principal problema de la humanidad radica en el interés de unos en imponer a otros su pensamiento, y la clave se encontraba en algo tan simple y a la vez tan complejo, como el respeto. Qué cada ser humano es protagonista de su película, al igual que casi todas las personas tenían razones para hacer lo que hacían, pero todo podía ser puesto en duda. Aprendí a ser humilde y a valorar las pequeñas cosas de la vida. Había observado que todos los pueblos se habían sentido en algún momento y por algún motivo, “el elegido”. Aprendí que la vida podía ser muy dura, pero yo podía serlo más ¡Qué la felicidad se escondía tras los pequeños detalles! Comprendí que la libertad, además de un derecho es una responsabilidad, tenía fronteras naturales situadas justamente donde empieza la de los demás. También que en el punto más alto de la pirámide de prioridades, no estábamos las personas, habían colocado al trólar, al puto dinero, y mientras esto no cambiase el mundo seguiría siendo un desastre. Tomé conciencia de que Kaneira no era mía, era yo el que le pertenecía, y aprendí a valorar mi tierra como lo mejor de lo mejor. Nunca más saldría de mi boca que Kaneira era el culo del mundo. Además, me di cuenta de que aquel argumento de “Soy ciudadano del mundo” era una verdadera patujada. Uno es de donde es, perteneces al lugar en el que tu existencia cobra sentido, somos del lugar con el que mantenemos un compromiso espiritual y estamos unidos al mismo por un vínculo umbilical. Somos del lugar al que siempre estamos regresando desde la distancia, de aquél que es escenario de nuestros sueños, y el resto del mundo ¡Es otra cosa!

 - Soy Asdrúbal, hijo de Juan y Felisa, nieto de Julia y Cipriano por mi padre, y de Asdrúbal y Justa por mi madre; soy kaneiro, hijo de kaneiro, nieto de kaneiro…

Eran las dos de la madrugada, hora kaneira, cuando dijeron por la megafonía del avión.

 - Sobrevolamos la isla de Melabo. Estamos a una temperatura de veintidós grados, y en breves instantes aterrizaremos en el aeropuerto Reina Palote.

Me sudaban las manos y el corazón se me salía por la boca, era una sensación parecida a la del día en que te entregaban las notas finales en el colegio, ese nerviosismo e incertidumbre. Al salir del avión, sentí la brisa del mar en mi cara y el olor a sal tan característico, el aire cálido me estremeció. Hacía diez años que había marchado y jamás pensé que se podría echar tanto de menos un simple golpe de brisa en el rostro.

En el aeropuerto, tras las cristaleras que separan la sala de recogida de equipajes de la terminal, estaban mis padres agitando la mano, eufóricos y alegres. Me preocupaba un poco mi aspecto porque llevaba el pelo largo y una pinta medio hippiosa, pero en aquel momento sólo tenían ojos para ver a su hijo retornado diez años después.

Mamá estaba mayor, pero seguía manteniendo su misma sonrisa a pesar de que no paraba de llorar. Era papá el que se había deteriorado más en aquellos años. Estaba canoso y arrugadito, siempre había sido enjuto pero ahora lo estaba un poco más. Eché en falta a mi abuela, de alguna manera y aunque sabía que había muerto, no me cabía en la cabeza, no lo había vivido y en mi mente seguía manteniendo su imagen despidiéndose de mí en aquel mismo lugar hacía mucho.

Cuando salí nos fundimos en un sentido abrazo y lloramos de alegría. Me agradó tanto ver a papá, tenerlo entre mis brazos, y sé que él se alegró tanto o más que yo de volver a verme. Mamá intentando romper la dinámica y cesar con su llantina, me dijo que para mañana me había preparado potas y rancho, mis platos favoritos ¡Qué bueno era estar de vuelta! Sentía que aquel era el comienzo de otro capítulo en mi vida, una nueva etapa, y ahora sabía lo que quería por primera vez.

Durante la vuelta en coche pensé si me arrepentía de algo de lo que había hecho, especialmente me planteé si me arrepentía de haberme ido. Y la respuesta en todos los supuestos era ¡Ni de coña! Es más, no solo no estaba arrepentido sino que ahora me sentía más preparado y vivido que la mayoría de las personas de mi edad, sentía que después de aquellos años tan difíciles, podría afrontar cualquier reto que me propusiera. También recordé los cuentos que me contaba mi abuelo Cipriano de nuestros antepasados, los guankaneiros. Afirmaba, como si de un conocimiento ancestral se tratara, que estos dividían su vida en tres periodos diferenciados. El primero, la infancia, era para el divertimento, la despreocupación y el ocio. El segundo, la juventud, era para el aprendizaje, la toma de responsabilidades y los méritos personales; y el tercero, la madurez, era para transmitir lo aprendido, el consejo y la dedicación a los demás. A pesar de que me quedaba mucho para sentirme maduro, sí sentía que tenía cosas que transmitir.

Me concebía como un privilegiado, porque pocos de los míos tendrían jamás la oportunidad de conocer la mitad de los lugares donde había estado. Las había pasado putas, pero había sobrevivido para contarlo y sentía que era mucho más fuerte por dentro y por fuera.

Al haber observado otras culturas y formas de vivir, me daba una perspectiva nueva de las cosas donde valoraba mi realidad  kaneira como la más verdadera, liberado de complejos y con un conocimiento más objetivo del mundo en que vivimos.

Siempre sentí mi país dentro de mí como algo importante, orgullo por haber nacido aquí, pero también que los kaneiros no éramos mejores que nadie. Tenía claro que, era como era, por ser kaneiro, por la educación recibida, por papá y mamá.

Ahora sabía lo que valían nuestras islas, cuán maravillosas eran, cuánto más interesante y benigna era la vida en Kaneira, y el hecho de ser aún una sociedad joven que escasamente cien años atrás seguía apegada a sus raíces y a la tierra, hacía que las personas fueran sencillas, y nos buscáramos para nuestros adentros, escarbando dentro de nosotros mismos, o al menos eso creía yo.

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