Cinco Cartas en cinco siglos, una historia de mujeres... Eva María Baño Cuello
Cinco Cartas en cinco siglos, una historia de mujeres... Eva María Baño Cuello
Villa de San Sebastián de la Gomera, Isla de la Gomera, 1530.
<< Información. El Gobernador ordena hacer cabeza de proceso contra María Chinea con vecindad en las cuevas de Jagüe, que son término de Chipude, donde ha sido acusada de robar ganado a vecinos de Chipude y Arure, vivir apartada de vecindad y hacer ritos paganos, lo que obra contra las Ordenanzas de la Isla. Por ello debe ser presa para su traslado y posterior juicio. A continuación se refieren tres de las declaraciones recogidas a testigos del proceso.
Josefa Fuentes de Tomás: Manifiesta que María nunca hizo ofensas a nadie. Que si sus hijos han robado alguna vez lo han hecho por el hambre mala que han pasado. Que María ha sido una mujer maltratada por la vida, que después del asesinato de su esposo nunca estuvo con otro hombre, que la gente habla muchas veces de más. Sobre si ella rezaba a la luna o al sol y no a nuestro señor Jesucristo y hacía conjuros, que María tenía su forma de hacer pero que nunca hizo ninguna brujería, que de eso estaba segura. No firma por no saber.
Gabriel Medina Estupiñán García: De unos 46 años, dice que esa familia es ponzoñosa, ella amancebada con un pastor de Igualero, sus hijos son ladrones de ganado porque dicen que el ganado de la isla era de sus abuelos y por eso habían de tomarlo; que son diestros en ofender y peligrosos porque siempre portan varas largas de pastor. Que todos ellos viven de manera poco piadosa en cuevas y que no quieren venir a vivir a lugar poblado con iglesia, lo que va contra las Ordenanzas de la Isla. Que la tal María hace exorcismos en lo alto de la fortaleza que llaman Argodey, para rogar por bondades desconocidas para un buen cristiano.
Juan Camacho Felipe: Afirma no saber nada sobre la primera pregunta. Que él ha oído decir mucho de esta mujer, que la tal María es mujer seria y viuda de un pastor respetado en la vecindad. Que muchos de sus quebrantos le vienen de que su padre estuvo conjurado contra el Conde en la rebelión de 1488, que por eso algunos vecinos la quieren mal. Que sí ha escuchado que sus hijos roban el ganado al estilo de los antiguos, con extraordinario sigilo pero sin codicia. Sí sabe que María Chinea habla la lengua de sus abuelos y que la habla con algunos vecinos que la entienden, pero que es una persona mayor, que no sabe escribir ni firmar por ser mujer pobre y que habla malamente el castellano. Que también ha oído decir que María sabe de hierbas y rezados antiguos, pero que eso no la convierte en una mujer bruja.>>
San Pedro de Hermigüa, Isla de la Gomera 1619
<< Te escribo esta carta, para que entiendas las circunstancias que rodean a la desgracia que acaba de acontecer y en consecuencia, el favor que te pido. No se si recordarás a mi buen amigo, el doctor Don Luis de Guevara y Alarcó, del que te he hecho mención en otras misivas. Pues bien tristemente ha fallecido durante el ataque del pirata argelino, a fines del abril pasado. Te ruego tengas a bien atender a la muchacha que te envío, que es llamada Guadalupe Chinea y que, al parecer, era la única familia que don Luis tenía en la Gomera.
Guadalupe formaba parte del “equipaje” de Don Luis; esta joven huérfana de padres fue acogida por mi amigo siendo todavía una niña. Un día de invierno, la pequeña Guadalupe tocó a la puerta de una posada donde estaba alojado Don Luis para pedir limosna, e inmediatamente, la inteligencia de la niña consiguió deslumbrar al médico, que mostró un mayor interés por ella cuando supo que malvivía mas allá de la ermita de San Sebastián, en casa de una tía segunda de su madre, entre un enjambre de primos segundos y terceros, medio muertos de hambre.
Cuando Don Luis vino a darse cuenta, Guadalupe ya había llegado hasta tocar su corazón; de ojos achinados, melena desordenada y piel de aceituna, Guadalupe era una niña extraordinariamente perspicaz , disponía de un talento natural para entender la complejidad de los sentidos y sobre todo, para comunicarse con una naturaleza siempre bondadosa con ella.
Gracias a Don Luis de Guevara que Guadalupe aprendió rápidamente a leer, y lo hizo con tanto ahínco, que siendo ya adolescente había agotado todos los libros de la biblioteca de Don Luis. En aquella época mi amigo era el médico personal de los señores Condes de la Isla.
La joven Guadalupe se movía como pez en el agua en ambientes de cierto refinamiento, como en las fiestas que los Condes de La Gomera organizaban en su casa, a la que asistían extranjeros que estaban de paso, bucaneros de cierto renombre y el pequeño grupo de artistas que vivían al abrigo de los sueños de grandeza del Conde y de una pomposa presunción alimentada durante años. Hablaba con rapidez y sus comentarios eran tan afilados como inteligentes, de tal forma que, muchas veces, hacía sentir incómodos a los anfitriones. Pero aunque Guadalupe estaba despertando a un crecimiento intelectual inusitado, este paisaje social lo percibía mayormente como estéril, caduco, vacío. En las largas tardes de verano que pasaba junto a su padrino adoptivo en las fincas de su propiedad, en nuestro querido Valle de Hermigua, Guadalupe se refugiaba en largas conversaciones con un viejo que procedía de los altos, de las zonas que empezaban a roturarse mas allá de la raya del monte. Pancho Mesa, el viejo Pancho, trabajaba en el jardín de Don Luis por su gran conocimiento sobre hierbas y plantas. Sentado en una tablita por fuera de la taberna del portugués, el viejo Pancho miró por primera vez a la extraña pareja y entonó una canción de cuna tan antigua como su propia estirpe. Guadalupe que entonces era muy niña, giró la cabeza y sonrió a Pancho, y entonces, el viejo Pancho sintió compartir con ella un mismo misterio. Año tras año el viejo fue enseñando a la niña. Y después a la joven, un caudal de sabiduría estrechamente ligada a interpretar todas las huellas que el universo pone a nuestra disposición para poder preverlo, para adelantarnos a su voluntad, porque la naturaleza es un organismo vivo, y cada uno de sus miembros dispone de una personalidad, de un carácter, de un nacimiento y una muerte.
Como te digo, Guadalupe se ha convertido en una mujer sabia a pesar de su juventud. Te pido que cuides de ella y le des, en Las Palmas, una educación más cercana a la que Don Luis le hubiera dado. Te envío con ella las cepas de moral que me pediste en tu última carta. Tengo pensado viajar a Gran Canaria el próximo verano y tendremos ocasión de hablar allí con calma.
Esperando que te encuentres con salud, se despide de ti. Tu hermano,
San Cristóbal de La Laguna, Isla de Tenerife, 1780
<< … me descolgué lentamente, deslizándome por el tronco de un gran castañero que había detrás de la casa, hasta poder ver a través del ventanuco el interior de la morada. Era una noche sin luna, pero aún la cera tenía luz suficiente para verla, ahí, sentadita sobre un pequeño taburete. Recuerdo que su madre, mujer muy cuidadosa y fina, utilizaba la plancha de carbón sobre la mesa de madera para ultimar un vestido negro de faena. La mujer, Dios la tenga en su gloria, desprendía cierto aire de solemnidad en cada uno de sus movimientos. Manejaba aquel viejo tasto con una rapidez una precisión que cualquiera podría decir que la plancha era una extensión de su mano. Ella, a su lado, remendaba una estera renegrida por el paso del tiempo. Su madre, Pepa Chinea, era una persona muy respetada en el pueblo por ser mujer decidida y bien plantada. Decían de Pepa y su raza, que sus mayores habían sido santones mucho tiempo atrás, allá donde el tiempo perdía su sentido, y sobre todo, que las mujeres de la familia recibían en herencia un don especial. Sus bisabuelos fueron creyentes en la naturaleza y pastores como ella. Tengo clavada en mi memoria la imagen de Pepa, con ese caminar cansino y el negro de sus ropas. Presta a sonreír… siempre sonreía, y entonces toda su cara se convertía en un cálido recibimiento. Su pelo plateado por el tiempo, y un gesto muy característico de ordenárselo detrás de sus orejas, últimamente, con unas manos duras como sarmientos. Sus ojos, pequeños como ella, pero de una profundidad en el mirar, que inquietaba a aquellos de alma turbia.
Permanecí allí, sobre aquel árbol, envuelto en una jerga por horas, cuando desperté perdí el equilibrio y estuve a punto de caer. Días más tarde, fui a su casa para entregarle a su madre el encargo de unos cestos de mimbre y un poco de fruta. Desde que nos marchamos de la Villa, cuando mi padre murió en el ataque de los ingleses en 1744, su familia nos quiso bien. Su madre, me invitó a pasar, y yo, tímido, di dos pasos en aquella casa que ya conocía. La señora Pepa me puso la mano en el hombro y me dijo…:
“Tranquilo mijo, quita el juercan de la silla y siéntate, que hoy cenas aquí.”
Ella apareció de repente, sin tocar a la puerta, con una mortera en la mano. Cuando me vio, me saludó con naturalidad y me brindó una sonrisa que llevaría para siempre dentro de mí. Todavía recuerdo su altivez, su manera de mirar dulce y segura…, ay Rosita Chinea¡
Más tarde la boda…, …los hijos, …la vida me dio muchos tumbos…, el viaje a Tenerife,…la dura vida aquí y el regreso de tus padres a La Gomera. Pera esa historia ya la conoces. Bueno, esperando haber respondido a la pregunta sobre la primera vez que vi a tu abuela, querida nieta.
Te desea Salud y Felicidad, tu abuelo.
Factoría de la Cantera, Término de Alajeró, Isla de La Gomera, 1887
Querido marido:
Le mando estas letritas porque hace ya muchos meses que no sé nada de usted y me preocupa que haya caído en alguna desgracia o se encuentre usted enfermo hallándose en esas tierras tan lejanas. En estos días he estado soñando con usted, lo vi paseando por un campo de trigo y llevaba las manos llenas de sangre, tengo mucho miedo de lo que esto pueda barruntar.
La carta la escribe en su gran amabilidad la institutriz de los señores dueños de la Factoría, que se ha brindado a ayudarme.
Este año ha sido bueno en lluvias y hemos hecho una buena zafra del tomate. Los amos de la factoría son muy buenos con nosotros, sobre todo Don Mario, que permite que los niños se queden aquí mientras yo estoy en Antoncojo, atendiendo los animalitos. Domingo, el más viejo, ya cumplió los once y el señor ha dejado que empiece a salir a la mar con Pepito el de Justina, que le va enseñando el oficio. Me da pena porque el niño pasa frío en ese mar oscuro, pero no queda otro remedio si quieren comer todos los días. Ya sabe, aquí la situación es apretada; gracias a la manita que echan los vecinos de vez en cuando.
Aunque sé que usted no quiere oír hablar de esto, no me ha quedado otro remedio que ir a coger orchilla con Berta la “garrafona”. Nos vamos a esos riscos y ella es siempre la que se baja, Berta es más arriesgada que yo, esté tranquilo. Se sienta en una tablita y se descuelga un trecho largo en esas furnias peligrosas, y va cogiendo la Orchilla con un palito del monte. Yo le aguanto la soga acá arriba del risco. La pobre Berta todavía tiene el pesar de la mala vida que le da su marido, yo no sé cómo esa mujer aguanta tanta amargura, cuando la veo bajar por el acantilado para abajo, descalcita, me pregunto de donde saca las fuerzas para subir y no dejarse llevar por el viento de la costa.
Los niños están bien, Emérita se porta y atiende a los demás cuando yo no estoy y además le hace los recados a la señora. Juan de Dios sigue igual de travieso, pero el niño tiene buen corazón y además parece el más listo, con nueve añitos ya ayuda en las cocinas. Gonzalito y Mercedes están creciendo muy rápido y los gemelos se parecen cada día más con usted.
Marido, cuídese y escriba pronto para saber que usted se encuentra con salud.
Su esposa que lo quiere bien. Felisa Chinea.
Prisión de Fyffes, Santa Cruz de Tenerife, Isla de Tenerife, 1938
Queridísima hija,
Teniendo en consideración cómo está la situación en la prisión, he decidido enviarte unas últimas letras para despedirme en estos difíciles momentos en que me encuentro.
Desde hace mucho tiempo, más del que crees, las mujeres de nuestra familia han tenido una entereza especial, una capacidad para ver las cosas más allá de la realidad que nos rodea, una sensibilidad especial a sentidos que en el resto de las personas no se da. Tú también tienes este don antiguo; aprovéchalo. Pero hazlo sobre todo a favor de los más débiles, de los que tienen menos. Sé una mujer prudente y constante, planifica tu felicidad y se muy meticulosa para conseguirla. Comparte y recibirás. No tengas miedo, sé fuerte, ten valor para ser tú misma, tomar tus decisiones, marcar tu rumbo… No dejes nunca que ninguna soga te ate, ni siquiera la del amor; tienes una vida por delante, aprovéchala que eres joven.
Te confieso que tal vez no haya sido la mejor de las madres, el tiempo me juzgará, y me absolverá o condenará por todo lo que he hecho, pero ten por seguro que jamás dejo por hacer todo lo que estuvo en mi mano para conseguirte a ti y a tus hermanos un futuro mejor. Quizá ahora no se entiendan muy bien las razones que me motivaron a tomar las decisiones que tomé: Mi incorporación a la Federación, el partido, las reuniones en Vallehermoso…, Guillermo… todos fueron peldaños que conducían a un mundo con más justicia. El final de este sueño truncado es mi estancia en esta prisión, en este infierno donde la esperanza duerme ahogándose por la brutalidad de los carceleros. Habla con tu tía Amparito, ella los atenderá en todo lo que pueda, dile a Engracia que dejé todo arreglado por allá, que no se preocupe, y cuida de tus hermanos. Queridos míos, ya mañana no estaré entre ustedes, les mando un abrazo infinito y lleno de ternura. Recibiré la muerte, creyendo firmemente en los principios de la democracia, de la libertad y de la igualdad para todos. Tranquila y serena.
Tu madre, que te ama con locura.
Isabel Chinea.