Las voladas de Cho Valentín Gallardo.

 

Las voladas de Cho Valentín Gallardo.

Carlos Darias

Muchas son las anécdotas que podríamos contar de Cho Valentín Gallardo, mago canario de principios del siglo XX. Aún hoy se le recuerda en su Pueblo de Güímar Alto donde recogí este relato por voz  de Pedro Benítez el alfarero.

Me contó de sus cosas, de su descarada libertad, de su sencilla pero profunda interpretación de la vida tan ligada a la tierra, a las tradiciones, a la Cultura Popular. También me  contó de aquella madrugada en la que salió la Virgen de Candelaria desde la Ermita de San Juan hasta la playa del Socorro, cuando el zigzagueante y estrecho sendero que conduce a la costa fue ocupado por los ventorrillos de las turroneras impidiendo el paso de devotos y guanches que  saltaban al estilo de los pastores entre vivas a la Virgen y toques de bucio.

Tras pedirles que se retirasen, pues estaban bloqueando el paso, una se negó alegando el madrugón que se había pegado para coger sitio – De aquí no me mueve ni la Virgen- se la oyó decir atravesada con su mesita llena de golosinas a la venta.
Cho Valentín que escuchó los refunfuños de la maga, clavó su astia y del primer brinco fue a parar justo sobre el tenderete de la turronera, y con el despegue lo aventó pa’casa el carajo, haciendo rodar las piñas, tortas, mantecados y turrones por la pendiente mientras gritaba aquello de – ¡El que no se ha escondido, tiempo ha tenido!

¡Tremendo personaje era Cho Valentín! ¿Usted sabe quién es? – me dijo - Es el guanche que sale en la portada del Tomo II de la  Historia del Pueblo Guanche. En todas las peloteras estaba metido, ya fuera en las riñas de gallos, en el arrastre, la lucha o cruzando algún palo Valentín siempre era protagonista.

 - Te voy a contar otra. – prosiguió el alfarero - Era Cho Valentín buen jugador de palo, no solo por sus habilidades, sino por su gallardía y paciencia. Un año durante las fiestas de Güímar llegó al pueblo un guapo de Los Realejos que revoloteaba por el gallinero sin permiso de Valentín. Este, no dispuesto a permitirle lindezas al confianzudo decide pararle los pies, y tras acecharlo durante un ratito, limpito, con buena ropa y aún mejores zapatos, peinadito y perfumado con aquel aroma inconfundible de la loción para caballeros Floyd, armado con su vara de almendrero bien engrasada, le dijo – ¡Échese, animal! - a lo que el norteño sintiéndose aludido, le respondió – ¿Eso es a mí? canchanchán - sin duda influenciado por el aspecto dejado y desaliñado que Cho Valentín lucía de lunes a domingo.

– Animal por aquí no veo a otro. 

El guapo con el despiste, acortó la distancia para lanzarle una morrada pero Valentín la esquivó bajando la cabeza y provocando que el daño se lo llevara el realejero. El guapo mellado y sorprendido tiró de palo al momento mandando varios palos largos que Valentín atajó con dificultad.
La bronca duró más de media hora, y tengo que reconocer – añadió el alfarero- que el guapo mandaba que jode, siempre en la distancia, sujetando el palo por la punta y con mandados largos al estilo de San Andrés que apuraban a Valentín impidiéndole hacer su juego más corto, y recibiendo más de un variscacillo, que a mí me hubiera mandado derechito p’al sanatorio, pero que Valentín encajó sin rechistar.

Los bravos estaban ya calentitos cuando Teo, el de Igueste de Candelaria, compañero de fatigas del güimarero, le gritó – ¡el guapo es cañoto! Haciéndole ver que el norteño no cumplía en las cuadras, y no se pasaba nunca a la diestra.
Fue entonces cuando Valentín le cambió el juego, se cambió de cuadra y empezó a jugar a la contra. Con sus maneras de trozo y punta, mandaba golpes secos dentro de la corta distancia, y revoliaba por debajo al estilo de Garimba complicándole los recogidos al norteño.

- ¡Oye! Valentín dio en la puncha. - me reiteró el artesano, haciendo una breve pausa para apurar el vaso de vino y realzar las palabras que venían a continuación, sabedor de que por aquel entonces ya había acaparado toda mi atención. – ¡Lo jodió bien jodido!  Pues a los diez minutos el guapo ya había dejado de serlo, despelujado por la traquina de Valentín. 

El mago que no era hombre de abusos, recomendó al realejero irse a coger fresco pa’l Valle, pero antes de marcharse le recordó que el gallo en Güímar Alto se llamaba Valentín.
El ex-guapo herido en lo más profundo de su amor propio y poco acostumbrado a salir mellado, decide denunciarlo ante el Juez de Paz de la zona, figura perdida en la Administración de Justicia en Canarias, pero hasta hace pocos años desempeñaba un papel fundamental en la resolución de conflictos entre ciudadanos. Realmente solo era una persona buena que mediaba para resolver los problemas antes de que llegaran a mayores.
En este caso, el Juez se llamaba Miguel Bello, quien acompañado por la pareja de picoletos fue a detener a Cho Valentín a la casa. Se conocían y habían compartido más de un litrito y una barajita en la venta de Filo.

 - ¿Qué hiciste Valentín? - preguntó don Miguel.

- Yo nada, Miguel. Él quería y yo cumplí - respondió el denunciado.

- ¡Ay, mi madre! Vamos a ver como arreglamos esto. - y llamó a María la gomera, la señora que se ocupaba de su casa, para decirle.

 – Vaya a casa y me trae unos pantalones de tergal del armario, camisa, chaleco y zapatos ¡Ah! Y calzoncillos y calcetines. No se olvide María ¡Venga, apúrese! Y tú Valentín, a bañarse y afeitarse que hoy toca. 

A lo que el mago, con semblante acojonado obedeció sin rechistar. Y no es por nada.  - comentó Pedro el alfarero con expresión seria, como si fuera a contarme algo que no pudiera creer – Valentín afeitadito, empaquetado, con el mostacho enroscado y la cadena del reloj enfundada en el chaleco, parecía otro.

Don Miguel el Juez habló con él y le hizo jurar que por nada del mundo abriría la boca, y le hizo prometer que iba a dejarlo en sus manos. El picoleto gallego que aguardaba órdenes también estaba aleccionado sobre todo el asunto y se mostró dispuesto a cooperar.
Con esta consigna arrancaron para el juzgado donde aguardaba el denunciante a la espera de celebrar la vista oral. Lo acompañaba otro sujeto que comparecía en calidad de testigo, seguramente amigo suyo.
Con un ademán de cabeza el Juez hizo pasar a denunciante, testigo y denunciado a un cuarto amueblado con bancos largos de madera, una mesa y la silla del Juez. Cada cual tomó su asiento y Don Miguel dijo aquello de ¡Qué comience la sesión!

 - ¿Usted sostiene que el detenido, aquí presente, le agredió sin motivo alguno armado con un palo provocándole distintas lesiones?

El norteño confuso por la apariencia de Valentín, miró a su amigo buscando corroboración, y respondió dudoso.

– Creo que sí, pero la verdad es que mirándolo ahora, no se me parece.

Don Miguel fingiendo enojo, dio un golpe sobre la mesa, y le dijo.

- ¿Pero cómo se atreve a denunciar a una persona, y a la vez afirmar que no se le parece? ¿Usted está seguro? Mire no vaya a pagar un inocente una falta ajena. Vamos a ver, si no se le parece ¿Por qué dice que es él?

 El realejero se fue achantando amilanado por el tono firme de Don Miguel e intimidado bajo la inquisidora mirada de los picoletos presentes, le dijo dubitativo.

 – No estoy seguro. - y el Juez dio por sobreseída la denuncia.

Así fue que Cho Valentín Gallardo escapó de la condena. Así fue y así me lo contó Pedro Benítez el alfarero, que aún recuerda cuando un gallo norteño revoleteaba sin permiso en gallinero ajeno durante  las fiestas de Güímar Alto.

Este relato pretende ser un sencillo homenaje a todos aquellos canarios, tan próximos y a la vez tan lejanos, que después de tanto tiempo, aún hoy, nos satisface recordar a estos personajes casi anónimos que con su hacer han construido nuestro acerbo, nuestra cultura popular, ese conjunto de invisibles que conforman la idiosincrasia de los Pueblos. 

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